sábado, 9 de mayo de 2015

EXOTICA COMPAÑIA: CAPITULO 8





Paula estaba tan cansada cuando regresó del trabajo, que le costaba poner un pie delante del otro. Gracias a la bromita de Pedro el Diablo, se había dormido en la oficina. Teresa, devota empleada que era, la obligó a marcharse para descansar, diciendo que ella se ocuparía de lo que quedaba.


Y eso era precisamente lo que iba a hacer, después de atender a los animales y dar unas vueltas con la podadora de césped. Un vistazo al cielo ominoso le indicó que se avecinaba un fin de semana húmedo. Los meteorólogos predecían el fin de la sequía, lo que sin duda representaría una buena prueba para la zanja que había cavado.


Como de costumbre, el ganso guardián la siguió como una sombra. Después de llenar de combustible la podadora, la puso al máximo de su potencia. Casi había oscurecido cuando pudo sentarse, apoyar los pies en la mesita y juguetear con la cena que había calentado en el microondas.


De repente llamaron a la puerta. Con el ceño fruncido, dejó a un lado la bandeja de plástico y fue a abrir, para encontrarse con Pedro Alfonso vestido con una camisa vaquera almidonada, unos vaqueros ceñidos y botas resplandecientes. Se quedó boquiabierta y lo miró como una idiota.


Santo cielo, ningún hombre tenía derecho a estar tan arrebatador, y menos ese. Cuando le regaló una sonrisa que tenía suficientes vatios para iluminar una ciudad, la recorrió una descarga de atracción no deseada. En una mano bronceada y carente de anillos, sostenía un ramo de rosas.


«¿Para mí? No puede ser. Es evidente que me odia», reflexionó. No se hallaba ni mental, ni física ni emocionalmente preparada para enfrentarse a ese truhán atractivo.


—He traído las rosas para… —comenzó él.


Paula hizo lo único que podía hacer para evitar verse dominada por la tentación del diablo. Le cerró la puerta en la cara.


Las rosas que él había alargado quedaron atrapadas dentro de la jamba de la puerta, que les cercenó sus delicados capullos. Paula las observó caídas sobre las botas que usaba para trabajar en el granero y realizó un rápido inventario de su atuendo. Dios, parecía una huérfana abandonada con su camiseta de motivos selváticos y los vaqueros agujereados metidos dentro de las botas. La coleta le colgaba a un lado del hombro y había hierba enredada en el pelo. No llevaba nada de maquillaje para ocultar las ojeras.


Bueno, ya había estropeado cualquier posibilidad de reconciliación, aunque no era el momento más oportuno para ello con su aspecto impresentable.


Frustrada y exasperada por su reacción puramente femenina ante un hombre al que querría odiar, atravesó la estancia para dejarse caer en el sofá, con la esperanza de que Pedro se rindiera y se marchara.




****


Pedro contempló los tallos que sostenía en la mano y se obligó a no perder los nervios. Logró sonreír al recordar el aspecto desaseado de Paula y su expresión aturdida. No se parecía en nada a la mujer sofisticada que había conocido la semana anterior. Le gustaba su nueva apariencia, parecía más trabajadora y abierta.


Con esa imagen en la mente, volvió a llamar a la puerta.


—Chaves, he venido a invitarla a cenar —llamó con educación.


—Ya he cenado —respondió ella.


—Bueno, ¿qué le parece mañana por la noche?


—No me interesa —gritó.


«Esto no va bien», pensó él. «¿Y ahora qué?»


Cansado de hablar con la puerta, cruzó con cuidado un lecho floral y llamó a la ventana del salón. Podía verla sentada rígida en el sofá de piel, con la vista clavada en la pared de enfrente.


—¿Y qué le parece si el domingo vamos a tomar un helado? —preguntó con tono cortés.


—Preferiría comer grava —miró en su dirección—, pero gracias por invitarme. Y ahora márchese.


Cuando ella se puso de pie y se dirigió a la cocina con lo que parecía una bandeja de plástico de comida precocinada, Pedro rodeó la casa… y se topó con el ganso guardián, que graznó su objeción a su presencia. Lo rodeó.


Se pegó a la ventana de la cocina para llamar la atención de Paula. Se había convencido de mostrarse amable con esa mujer y no pensaba abandonar hasta que aceptara hablar con él de un modo civilizado, racional y maduro.


En el momento en que ella lo vio allí de pie, jadeó sorprendida y se llevó una mano al pecho como si el corazón estuviera a punto de salírsele.


Antes de que pudiera gritarle, él volvió a esbozar esa sonrisa de alto voltaje y preguntó:
—De acuerdo, ¿qué le parece si el sábado vamos al cine?


Lo miró furiosa mientras se apartaba de la ventana.


—Me divertiría más saliendo con un cadáver —manifestó, para dar media vuelta y marcharse de la cocina.


Luchando por mantener la serenidad, y decidido a no dar rienda suelta a su temperamento, Pedro la vio dirigirse hacia la escalera. Observó la celosía desvencijada y el balcón de la primera planta. Que su hermano no dijera jamás que no se había esforzado para hacer las paces con la tigresa.


Soltó los tallos de las rosas, puso un pie sobre la viga de apoyo del enrejado y subió. Se aferró a la barandilla del balcón, la saltó, se acercó a la puerta combada y llamó con un golpe ligero. Paula soltó un grito alarmado.


—¿Intenta espiarme mientras me desnudo, pervertido? Le advierto que el sheriff Osborn se va a enterar de esto.


—Tranquilícese, Rubita —dijo antes de que agarrara el teléfono—. Solo intento ser un buen vecino y compensar lo de la música. Aunque únicamente intentaba ahogar los sonidos selváticos para que mi ganado no volviera a asustarse y huir. Y gracias por abrir la zanja en el estanque. Mi hermano y yo se lo agradecemos de verdad —intentó otra de sus sonrisas encantadoras—. Si me deja entrar para que podamos sentarnos y limar nuestras diferencias…


—No —cortó.


Pedro llegó a la conclusión de que Paula era una persona decidida. No se tomó tiempo para analizar la oferta. Él, sin embargo, no pensaba marcharse hasta no haber negociado una especie de tregua.


—Quiero hablar con usted, Chaves. Será mejor que acepte el hecho de que no va a deshacerse de mí con tanta facilidad.


—¡Entonces voy a llamar a la policía, mirón! —amenazó.


Al ver que se dirigía hacia el teléfono, Pedro intentó abrir la puerta. Por desgracia, el pie se le enganchó con un tablón podrido del suelo del balcón y trastabilló para recuperar el equilibrio. Gritó alarmado cuando la barandilla cedió a su espalda.


Giró por el techo inclinado mientras buscaba con desesperación un asidero, sin encontrar ninguno. Al caer de cabeza, trató de darse la vuelta en el aire para aterrizar sobre las piernas.


Una pérdida de tiempo. El mirto que daba sombra al porche trasero se dirigió hacia él a velocidad de vértigo.


—¡Ayyy! —cayó con los brazos y las piernas extendidos sobre el arbusto, haciéndose un agujero en el codo de la camisa nueva. Maldiciendo, intentó liberarse de las ramas.


—¿Se encuentra bien?


Se puso de costado para verla de pie en el balcón roto, observándolo con una mezcla de diversión y preocupación. 


Cuando ella no pudo contener la sonrisa, la frustración abandonó a Pedro. Tenía una sonrisa cautivadora.


Permaneció en el suelo, aturdido por el efecto de esa sonrisa, al tiempo que deseaba que su torpeza no fuera la única causa que la provocaba. A pesar de su postura embarazosa, le sonrió, con la intención de indicarle que era capaz de reírse de su propia tontería.


Durante unos momentos sus ojos se encontraron y se sonrieron con relajación.


Luego, para absoluto desconcierto de él, la expresión de Paula se borró, puso la espalda rígida y se apartó de la barandilla rota.


—Me gustaría que se fuera, Alfonso. Quiero darme un baño sin que me espíe y meterme en la cama para descansar


De pronto él también deseó meterse en la cama, aunque descansar era lo último de su lista. No pudo creer la celeridad con que lo golpeó el deseo. Había surgido de la nada para inmovilizarlo en cuanto vio la sonrisa deslumbrante de ella.


—Espero que esta noche no nos regale una serenata de música country. Creo que no podría soportar otra noche sin dormir —giró en redondo y entró en la casa.


Pedro oyó la puerta al cerrarse a su espalda. El terreno que había creído ganar en esa fracción de segundo se perdió para siempre. Maldijo a esa mujer temperamental y el atractivo que ejercía sobre él, salió de los arbustos y se quitó el polvo de la ropa.


—Al infierno con esto —gruñó mientras rodeaba la casa cojeando para regresar a su furgoneta—. La pelota ahora está en su tejado. Hice todo lo que pude para establecer una tregua.


Impulsado por la irritación, se subió al vehículo y se marchó, pero recordó que no había desenchufado los altavoces. Pisó el freno, dio la vuelta y condujo hasta la puerta que daba a los pastizales. En cinco minutos había desconectado los cables del poste eléctrico y puesto rumbo a su rancho.


Había probado el enfoque directo y agresivo, luego el encantador y con tacto. La única opción que le quedaba era suplicar perdón. Pero siete años atrás había jurado que jamás le suplicaría nada a una mujer, no después del modo en que Sandi lo había herido y avergonzado, dejándolo en una ciudad pequeña para enfrentarse a los chismes mientras ella se iba a una gran ciudad del brazo de su nuevo amante.


En cuanto a Paula Chaves, podía esperar en sus cuarenta acres hasta el día del juicio final







EXOTICA COMPAÑIA: CAPITULO 7




—¿Hiciste qué? —inquirió Pablo incrédulo.


—Ya me has oído —comentó mientras desayunaba cereales y zumo de naranja—. Conecté el estéreo y acallé el alboroto causado por esos animales.


—¿Esa es la idea que tienes tú de llegar a un compromiso? —lo miró furioso.


—Con el sheriff no llegué a ninguna parte —gruñó—. Chaves lo tiene tan cautivado que Reed cree que ella es un regalo de Dios a la humanidad. Aunque consiguió convencerla de que abriera el embalse de su estanque para que no tengamos que traer agua de otras fuentes. Excavó la zanja anoche.


—Y para devolverle el favor, le rompes los tímpanos.


—Bueno —Pedro se movió incómodo en la silla—, ¿cómo iba a saber que iba a hacerlo?


Pablo aporreó el puño sobre la mesa. Los cubiertos y los cuencos dieron botes.


—Ha sido un acto juvenil, Pepe. Vas a convertir esto en una competición de agravios si no tienes cuidado. Insisto en que vayas a verla esta noche y te esfuerces al máximo en hacer las paces. Si Paula ayuda tanto a la comunidad y es tan generosa como afirma el sheriff, entonces vas a ser tú el que termine mal parado a ojos de la gente… lo cual se reflejará en mí, porque pensarán que participo de esta tontería, lo cual no es así.


—¿Vas a quedarte ahí sentado y decirme que no te importa salir a reagrupar al ganado por la noche? —miró furioso a su hermano.


—Claro que no, pero repararé vallas si es lo que hace falta para mantener la paz. Prefiero centrar mi tiempo libre en Cathy Dixon. Al ser una mujer, sin duda tomará partido por Paula en esta enemistad —lo miró con gesto aplacador—. Por favor, Pepe, entierra el hacha de guerra. Invítala a salir y conócela antes de juzgarla. Averigua por qué se ha metido en esta cruzada, hazle entender que las vacas y las ovejas son nuestro medio de vida y que los rancheros pasan por momentos duros. Intenta volver a ser el gran tipo que eras antes de que Sandi Saxon te fastidiara al dejarte por aquel abogado de éxito y se fuera a Oklahoma City. Deja de ser tan cauto y estar a la defensiva cuando se trata de mujeres —se levantó y llevó el cuenco y el vaso al fregadero—. Esta mañana voy a cambiar el aceite y las mangueras hidráulicas de los tractores, mientras tu limpias la sembradora mecánica y cargas el aceite de trigo en los camiones —miró por la ventana—. Hay algunas nubes en el horizonte, de modo que quizá al fin llueva antes de que plantemos el trigo.


—Sería estupendo si algo saliera bien —musitó.


—Oh, antes de que lo olvide, esta noche no estaré para preparar la cena. Cathy me invitó a su cafetería para cenar con ella. Te quedas solo, hermano.


Cuando Pablo se marchó, Pedro se encorvó sobre la mesa y analizó la crítica de su hermano. La verdad era que le gustaba pelear con su vivaz vecina. Tenía un ingenio agudo y era insolente, y lo divertía de un modo rayano en la frustración. Además, le gustaba el hecho de que le plantara cara.


Llegó a la conclusión de que quizá fuera hora de probar una táctica diferente, enterrar el hacha de guerra en otra parte que no fuera la espalda de Chaves. Pedro podía ser amable y caballeroso si le apetecía, y era verdad que tenía la tendencia a proyectar su fracaso con Sandi Saxon en otras mujeres desde que aquella le pisoteó el orgullo. La experiencia lo había desilusionado y amargado, y seguía en guardia para no dejar que lo volvieran a herir.


Se dijo que lo consideraría una prueba para su temperamento, paciencia y disposición. Era un desafío. Si podía tratar con la tigresa y conseguir que comiera de su mano, entonces sería capaz de manejar a cualquier mujer.


Sabía que Pablo tenía razón. Había dejado que su decepción con Sandi destruyera cualquier relación potencial. 


Pero Sandi era un capítulo cerrado de su vida.


Decidido a establecer una tregua, levantó la mesa y fue a ocuparse de las tareas que lo esperaban. Después de la cena se arreglaría e iría a su casa. Desempolvaría los modales que llevaba algunos años sin usar. Esa mujer no tendría ni una oportunidad cuando exhibiera su encanto. 


Debería mostrarse amable, galante y cortés para conseguir que olvidara por qué estaba enfadada con él.







EXOTICA COMPAÑIA: CAPITULO 6




Paula se secó el sudor de la frente y contempló la zanja que había excavado en el embalse del estanque. Gracias a su irritante vecino, el sheriff insistió en que dejara correr el agua del estanque hacia el arroyo que surcaba los pastizales de Pedro. Se sentía avergonzada por no haber pensado que inadvertidamente había reducido su suministro de agua, por lo que se había visto obligado a transportarla desde otra fuente. Había sido un acto poco considerado por su parte.


Mientras sacaba más tierra con la pala, pensó que quizá había sido muy dura con él. No era culpa de Pedro que su gran atractivo y su físico musculoso le recordara a su ex novio y que ello la hubiera impulsado a transferir su frustración al vaquero.


No era un enfoque maduro. ¿Cuántas veces ella misma le había aconsejado a Teresa no comparar a su agresivo ex marido con los hombres que conociera en Buzzard’s Grove? 


Teresa comenzaba a seguir adelante con su vida y ya le gustaba el sheriff Osborn. Ocho meses después de su humillante relación con Raul, Paula aún temía confiar en un hombre.


—No estás siendo justa —se dijo.


Mientras el agua fluía por la V que había excavado en el embalse, llevó rocas por la marcada pendiente para asegurar que las futuras lluvias no erosionaran el canal y vaciaran el estanque. Con una sonrisa, observó a la pareja de coyotes y sus cachorros, a los zorros rojos y a tres caballos beber del estanque. Gratificaba ver que los animales habían aprendido a cohabitar en ese refugio.


Se preguntó por qué ella no iba a poder llevarse bien con Pedro Alfonso.


Recordó la petición del sheriff de que solventaran sus diferencias y juró hacer un esfuerzo para mostrarse educada.


Cansada de excavar en la tierra reseca, se dirigió a la casa para darse un baño. Al terminar, abrió la nevera para elegir una cena congelada para el microondas.


Había pensado pasar por el restaurante nuevo del final de la calle Principal para comprar comida para llevar, pero había salido tarde de la oficina y tenía que alimentar a los animales antes de que anocheciera.


Sonrió al recordar sus titubeantes comienzos en la vida, sus difíciles años de adolescencia y el esfuerzo para conseguir una licenciatura universitaria. La chica a la que nadie quería, en particular sus irresponsables y hedonistas padres, había conseguido labrarse un futuro. De hecho, podría vivir de los intereses del dinero que había ganado al vender la propiedad de Tulsa. En secreto anhelaba encajar en un sitio, sentir una conexión, ser aceptada y respetada en Buzzard’s Grove.


Hasta el momento todo iba bien, salvo por su enfrentamiento con Pedro Alfonso. Era la espina en el costado y el sheriff Osborn prácticamente le había ordenado que fuera amable con ese ranchero temperamental.


Decidió que se disculparía por haberlo insultado. Si lo intentaba, sabía que podía ser agradable con ese hombre. 


Asimismo, podía trasladar las jaulas de los felinos grandes y de los osos más al oeste, junto al bosque, para que la frondosidad ayudara a mitigar sus ruidos. «Sí», concluyó, lo haría ese fin de semana. Los corrales estaban construidos sobre trineos, de modo que podría engancharlos con una cadena al coche y trasladarlos.


Suspiró con un poco de sueño y se tumbó en el sofá. Había sido una semana larga, y todavía no había terminado. No le sentaría mal una buena noche de reposo para encarar con buen ánimo las tareas que la esperaban ese fin de semana.


Daba cabezadas cuando el estruendo de una música country que sacudió las ventanas la obligó a sentarse. Los coyotes y los lobos aullaban al son de la canción.


—¿Qué demonios es eso? —se levantó y con pasos aturdidos se acercó a una ventana. La oscuridad se había asentado sobre las colinas de Oklahoma. Apenas podía distinguir el resplandor de unas diminutas luces rojas más allá de las alambradas, que separaban su propiedad del Rancho Rocking C.


Tardó un momento en darse cuenta de que Pedro había conectado su equipo de música a unos altavoces exteriores para contrarrestar el sonido de sus animales. Con una maldición, fue a la puerta trasera para comprobar cómo reaccionaban estos a la música ensordecedora. Se movían inquietos en sus jaulas. Los tucanes y las cacatúas se arrojaban contra los alambres en un intento por escapar. Los caballos galopaban hacia el refugio de los árboles.


Abrió la agenda y marcó el número del Rocking C. Con impaciencia, esperó que Pedro contestara.


—Hola —dijo una voz ronca y aterciopelada que irradiaba sensualidad.


Paula se negó a verse afectaba por ella, porque sabía lo idiota que era su dueño.


Pedro Alfonso, yo…


—Aguarde un segundo.


Un momento más tarde se puso la misma voz, pero hizo caso omiso del hormigueo que la recorrió. Estaba furiosa y no iba a permitir que ese hombre la sedujera con su voz sexy de dormitorio.


—Alfonso, soy Chaves —espetó—. Desenchufe de una maldita vez esa música atronadora. ¡Ahora!


—Lo siento, encanto —repuso—, pero estoy demasiado cansado para levantarme de la cama. Tuve que levantarme antes del amanecer para reagrupar mi ganado.


—Qué pena —soltó enfadada—. ¡Su música está asustando a mis animales!


—Ahora saben cómo se sienten mis vacas y mis ovejas —indicó sin un ápice de simpatía.


—Mire, Alfonso, quiero comunicarle que dediqué la tarde a excavar una zanja para que su ganado disponga de agua. Estoy agotada y necesito dormir.


—Gracias, ha sido una buena vecina, Chaves. Ojalá lo hubiera hecho hace un par de meses para que no me hubiera visto obligado a traer agua para mi ganado sediento.


—Lo habría hecho si me lo hubiera dicho —respondió—. No sabía que le estaba causando ese problema.


—Cielos, supongo que también se le pasó por alto que su zoo asustaba a mis reses, que las vacas que esta mañana vio pastando junto a la carretera de camino al trabajo tendrían que haber estado en los pastizales. ¿Sabe lo que pasa cuando un motorista choca contra una vaca, Rubita? No solo la susodicha vaca alcanza el sueño eterno, sino que su becerro se muere de hambre. Luego me veo obligado a poner dinero para reabastecer mi rebaño, por no mencionar la amenaza potencial de que me demanden por lesiones.


—Bueno, yo… —pero no consiguió decir una palabra más.


—Pero supongo que está tan inmersa en sí misma y en su cruzada de protección de la fauna salvaje que jamás se ha detenido a pensar cómo afecta eso a su vecino inmediato. ¿Lo ha pensado? ¿No? Ya me lo parecía. En cuanto a la música country, Chaves, a mi ganado le encanta. Y mitiga el alboroto de su rancho. Si alguno de sus animales se asusta y huye, llámeme. Iré con mi rifle y lo aturdiré por usted.


—Sí, aunque no me extrañaría que empleara munición de verdad. Es usted un imbécil, Alfonso, ¿lo sabía? Y yo que me había convencido de que había sido demasiado dura con usted. Incluso pensaba apiadarme…


—Eh, encanto, lo último que quiero es su piedad —gruñó.


—Confórmese con lo que reciba.


—Si consiguiera que se marchara de aquí, sería el hombre más feliz del mundo. Este era un sitio tranquilo para trabajar y vivir hasta que aparecieron usted y sus animales de la selva.


—¡Ya está, Alfonso! ¡Ha logrado enfurecerme! —estalló Paula.


—¿Y qué va a hacer, encanto? ¿Venir a darme una paliza? —se mofó.


—¡No, voy a llamar al sheriff y él lo multará por alterar la paz! —gritó.


—El sheriff se niega a verse involucrado. Lo sé porque le pedí que la multara por alterar mi paz. Tendremos que solucionarlo entre nosotros. Pero no se preocupe, Rubita. Dele una semana a la música country y estoy seguro de que tanto a usted como a sus animales terminará por gustarles, como a mis vacas y a mis ovejas.


Antes de que Paula pudiera demostrarle su frustración, él le colgó. Miró el auricular indignada. Odiaba que ese maldito vaquero tuviera la última palabra, aunque supuso que era lo justo, ya que el día anterior le había cerrado la puerta en la cara.


Colgó, subió a su dormitorio, se desvistió, se metió bajo el edredón y se tapó las orejas con la almohada. No ayudó. La música hizo vibrar las ventanas hasta que creyó que iba a ponerse a gritar.


—¡Maldito sea! —le gritó al mundo.







viernes, 8 de mayo de 2015

EXOTICA COMPAÑIA: CAPITULO 5




Ciertamente, en ese momento Pedro le exponía sus quejas al sheriff, aunque sin beneficio alguno, tal como había predicho ella.


—Comprendo que estés cansado y molesto, ya que tuviste que levantarte antes de las cinco de la mañana para ir a reagrupar a tu ganado —se compadeció el sheriff Osborn—. Pero la tierra de la señorita Chaves está catalogada como refugio y posee una licencia expedida por la Coordinadora Nacional de Protección de los Animales. El santuario de Chaves tiene buena fama y hace un par de meses la Coordinadora dejó a dos felinos a su cuidado.


—¿Dos felinos? —espetó Pedro—. ¿Cómo leones y tigres? ¡No me extraña que mi ganado se asuste y huya! Maldita sea, Reed, he de plantar trigo para el forraje. Pablo y yo necesitamos ocuparnos de los tractores, no de dedicar un tiempo valioso a recorrer los pastizales en busca de las vacas y ovejas fugadas. ¡Esto tiene que parar! No logro descansar y las facturas por el alambre de espino y los postes de acero van creciendo.


—Te entiendo, Pepe, no creas que no —Reed se encogió de hombros y suspiró—. Pero no hay mucho que yo pueda hacer. Ninguno de sus animales ha escapado para poner en peligro al ganado o a los habitantes de la zona. ¿Por qué no trasladas tus reses a otros pastizales y estableces más distancia con su fauna salvaje?


—¿Esperas que sacrifique ochenta acres de hierba estival cuando mis reses y ovejas están hambrientas? El año próximo podré cambiar la rotación de los pastizales, pero si me llevo el ganado ahora a otra zona árida debido a la sequía, Pablo y yo tendremos que pagar el forraje. Y otra cosa —se apresuró a añadir—, esa mujer embalsó la corriente cuando construyó su estanque a principios del verano. Su fauna puede nadar mientras mis vacas se mueren de sed. Llevo un mes teniendo que transportar agua. No debería permitírsele que bloqueara el agua de esa manera.


Reed Osborn asintió con su cabeza rubia.


—Ahí la tienes, Pepe. No creo que la Coordinadora la apoye en eso. ¿Quieres que hable con ella para que reabra el flujo de agua a tus tierras?


—Nada me haría más feliz —repuso con suprema satisfacción—. Si no es necesario, preferiría no tener que volver a hablar con ella, juro que me ha lanzado una especie de maldición. Desde que se trasladó aquí hace unos seis meses y embalsó el arroyo, no hemos tenido ni una lluvia decente. La hierba se seca y las reparaciones de las vallas nos están comiendo los beneficios. Desde que ella llegó todo ha empezado a ir mal.


—¿Le achacas a ella la sequía de dos meses y esta inusitada ola de calor? —Reed soltó una risita divertida.


—No me sorprendería nada si tuviera que ver algo en el asunto —bufó Pedro—. La llamaría bruja, pero lo más probable es que me demandara por difamación, se quedara con el Rocking C y convirtiera todo el rancho en un santuario para pumas, osos y solo Dios sabe qué más.


—¿Paula Chaves una bruja? —Reed enarcó las cejas—. ¿Estamos hablando de la misma mujer dulce y encantadora? La Paula que conozco yo es una ciudadana modelo. No creerías el dinero que ha donado a asociaciones benéficas desde que llegó. Contribuye a todo lo que beneficie a jóvenes y niños con pocos recursos de la comunidad.


—¿Dulce y encantadora? —Pedro parpadeó, aturdido por los seguidores que tenía esa tigresa. Estiró el brazo para indicar el edificio que había frente al Good Grub Diner—. ¿Hablamos de la Paula Chaves que tiene la oficina allí? ¿De la mujer con la lengua más afilada del condado, a pesar de que tiene un cuerpo de Miss Septiembre?


—Sí, de la misma —Reed rio ante la expresión atónita de la cara de Pedro—. También ha contratado a una mujer que huía de un ex marido que la maltrataba. Paula se presentó en mi despacho para solicitar una orden de restricción, por si el tipo se presentaba para aterrorizar a Teresa. Deberías ver los cambios positivos que ha experimentado esa mujer desde que Paula la tomó bajo su protección.


—¿Sí? ¿Ha convertido a la pobre en una bruja? —preguntó con sarcasmo.


—¡Diablos, no! —exclamó Reed—. Te digo que la mujer es una santa. Incluso pagó el depósito y el primer mes del alquiler de Teresa, la vistió con ropa elegante y le compró algunos muebles de segunda mano en la subasta de la oficina del sheriff para amueblarle el apartamento.


Pedro parpadeó. Quizá era él quien sacaba lo peor de la Ciudadana del Año. Por todos los indicios, Chaves solo tenía problemas para llevarse bien con su vecino más cercano… él.


—Sugiero que tú y el resto del club de fans de Paula Chaves acampéis en el Rocking C a ver si os gusta —gruñó—. Después de una noche de escuchar a la orquesta del zoológico, te garantizo que cambiaréis de parecer. Esa mujer es un incordio que está poniendo a prueba mi temple.


—Hablaré con ella acerca de liberar el agua, pero te lo digo abiertamente, Pepe, Pau y tú tendréis que alcanzar algún tipo de reconciliación y entendimiento. Es una orden —lo miró fijamente—. Ya tengo suficientes situaciones que resolver como para ocuparme de vecinos enfadados. Utiliza un poco de ese encanto de los Alfonso en vez de tu malhumor.


Apretó los dientes con fuerza. Era la segunda vez en menos de veinticuatro horas que recibía la orden de emplear su encanto… o lo que quedaba de él después del bochornoso incidente que le rompió el corazón siete años atrás. No estaba seguro de tener suficiente para ocuparse de la tigresa.


—Hablo en serio, Pepe —el sheriff lo observó con su expresión de agente de la ley—. Muéstrate especialmente amable con esa mujer, ¿me oyes? Ha hecho muchas cosas buenas en Buzzard’s Grove. Todo el mundo aquí la respeta.


—¿Y qué me dices de mi paz rota? —se quejó indignado.


—Oh, por el amor del cielo, Pepe, a lo largo de los años hemos visto a muchos pumas por la zona, y hay abundancia de coyotes libres. Los animales de Paula están enjaulados y representan una amenaza mucho menor. ¿Qué vas a hacer? ¿Intentar demandar a la Coordinadora Nacional de Protección de los Animales? Claro que no. Sería una pérdida de tiempo. Y ahora haz el esfuerzo de arreglar tus vallas.


—Ya me he esforzado mucho —repuso.


—Era una manera de hablar —comentó el sheriff, y luego sonrió—. El hecho de que te hayan roto el corazón hace unos años no significa que debas descargar tu frustración sobre cada mujer que te encuentras, y menos con la señorita Chaves.


—¿Es que mi vida personal es noticia en esta ciudad? —alzó las manos exasperado—. Diablos, es como vivir en una pecera.


—Cosas típicas de ciudades pequeñas —Reed se encogió de hombros—. Además, tu hermano y tú siempre habéis estado sometidos a los rumores. Sois atractivos, tenéis éxito y estáis solteros. Ojalá yo tuviera tus problemas.


—Tú habla con Chaves sobre el maldito estanque —ordenó y giró hacia la furgoneta.


—De acuerdo, pero practica la sonrisa y pule tu encanto —indicó el sheriff—. Arregla tus diferencias con Paula o los dos responderéis ante mí. ¿Entendido?


Musitó un juramento, se subió a la furgoneta y puso rumbo al rancho. Miró por encima del hombro hacia la parte de atrás del vehículo, repleto con nuevos postes de acero y alambre de espino. Si pudiera idear algo para ahogar esos malditos ruidos no tendría que arreglar sus vallas.


Se le ocurrió una idea y sonrió por primera vez en el día. 


Realizó un giro en U y fue a la tienda de suministros rancheros para comprar cable. Quizá la música ahogara los aullidos, gruñidos y graznidos.


Una vez adquirido todo lo necesario, fue a su casa. 


Comprobaría si a Chaves le gustaba escuchar música atronadora toda la noche. Pudiera ser que ya se hubiera acostumbrado a las serenatas de su zoo, pero una música country la sacaría de la cama. En cuanto probara su propia medicina, vería cómo reaccionaba Pedro a los aullidos.







EXOTICA COMPAÑIA: CAPITULO 4





—Buenos días, jefa —saludó Teresa Harper entusiasmada cuando Paula entró en su despacho de Buzzard’s Grove.


—Buenos días —dejó el maletín en el escritorio y le sonrió a su pelirroja secretaria. Aún le costaba creer que Teresa fuera la misma mujer desesperada y retraída que había entrado en la oficina tres meses atrás suplicando un trabajo y jurando que haría lo que hiciera falta.


Entre sollozos le había contado su dura historia: había escapado de un marido que abusaba de ella y pedido el divorcio, para trasladarse a Buzzard’s Grove con el fin de establecer distancia con él.


La mujer necesitaba un nuevo comienzo y Paula se sintió impulsada a ayudarla, porque sabía lo que era estar sola y asustada, sin saber de dónde saldría el siguiente plato de comida. La había contratado de inmediato, a pesar de que a Teresa le faltaban algunas aptitudes para ser secretaria.


Decidida a que iniciara una nueva vida y tuviera una autoimagen positiva, le había localizado un apartamento en la ciudad, pagado el depósito de su bolsillo, ofrecido algo de ropa de su propio vestuario y se había ganado una amiga y una empleada devota.


Para devolverle la amabilidad, Teresa había trabajado horas extra en la oficina para mejorar sus conocimientos. Una vez que se familiarizó con los procedimientos profesionales, se ocupó de las llamadas para que Paula pudiera sumergirse en cuadrar las cuentas. Al ser la única contable diplomada de la ciudad tenía más trabajo del que quería, razón por la que las reparaciones en la casa iban tan lentas.


—El día de ayer fue terrible, ¿verdad? —comentó al pasarle una taza de café caliente y un bollo casero de canela—. Estuve a punto de perder la calma cuando ese energúmeno irrumpió aquí con ganas de comérsela por no querer manipular su declaración de la renta. Durante un momento me recordó a mi ex marido. Si no hubieras entrado para plantarle cara a Edgar Stokes, habría terminado amilanada en un rincón, reducida a lágrimas —Teresa sonrió—. Admiro el modo en que te enfrentas a los hombres.


—Gracias por el cumplido —dio un mordisco al delicioso bollo—. He tenido mucha práctica con los chulos del mundo. Edgar Stokes fue un aperitivo comparado con el tipo molesto que ayer se presentó en mi casa.


—¡Santo cielo! —exclamó alarmada—. No habrá intentado atacarte, ¿verdad? ¿He de notificárselo al sheriff Osborn? ¿Puedes identificarlo?


—Sí, es mi vecino; fue a verme para plantear sus quejas por mis animales. No es necesario llamar al sheriff.


—¿No le gustan tus animales? —inquirió al rodear la mesa para tomar su taza de café—. Espero que lo pusieras firme.


—De hecho, los dos nos pusimos firmes —repuso, dando otro mordisco—. El vaquero afirmó que mis animales inquietaban a su ganado y exigió que le pagara por el tiempo y el dinero que dedicaba a reagrupar a sus vacas y ovejas y a reparar sus vallas.


—¿Quién es el personaje? —quiso saber Teresa.


Pedro Alfonso.


—Nunca he oído hablar de él, aunque solo llevo unos meses en la ciudad. Es evidente que no se trata de uno de tus clientes, si no habría reconocido su nombre.


Paula se negaría a llevar la contabilidad del Rancho Rocking C, aunque Pedro se lo pidiera con amabilidad; sin embargo, dudaba de que fuera capaz de expresarse con cortesía. Cuanto menos tuviera que tratar con ese Alfonso, mejor.


—¡Mira! Ahí va el amable sheriff Osborn —señaló con un dedo terminado en rojo por la ventana—. Está en el aparcamiento del Good Grub Diner. ¿Quieres que vaya a presentar una queja en tu nombre? Sabes que no me importaría.


Paula giró en redondo y estuvo a punto de atragantarse. 


Pedro Alfonso bajó de su furgoneta y se dirigió hacia el sheriff. Sin duda ese monstruo de ojos negros pensaba hacer caso de su sugerencia y formular una queja contra ella.


A regañadientes, estudió su atractivo perfil. Tuvo que reconocer que era condenadamente atractivo. Si la vida fuera justa, el aspecto de Pedro sería tan ofensivo como su personalidad. No sabía por qué había reaccionado de manera tan desfavorable contra él. Irradiaba algo que ponía en alerta roja todos sus sentidos femeninos.


Quizá se hubiera pasado en su intento por demostrarle que le desagradaba. La reacción empeoró en su respuesta visceral de rechazo de su temperamento explosivo. La irritaba y su respuesta natural era devolverle el favor.


—Vaya, ¿quién es el tipo que habla con el sheriff? —preguntó Teresa con la nariz pegada a la ventana—. Parece una estrella de cine. Es atractivo, ¿eh, jefa?


—Es Alfonso —respondió—. No te dejes engañar por su postura. Puede ser un dragón que escupe fuego. 
Probablemente ahora mismo esté tratando de convencer al sheriff Osborn de que me obligue a trasladar a mis animales, porque el todopoderoso Alfonso no soporta que perturbe su reino ganadero.












EXOTICA COMPAÑIA: CAPITULO 3




Pablo Alfonso se sirvió tres hamburguesas con salsa de champiñones en el plato y luego miró por encima del hombro al oír los pasos que anunciaban la llegada de su hermano.


—Ya era hora. Decidí no esperar más. Esta noche tengo una cita y no pienso retrasarme porque tú seas incapaz de trasladar tu lamentable trasero a tu casa a tiempo.


—¿Cita? ¿En mitad de la semana? —preguntó mientras recogía un plato e iba a servirse unas hamburguesas.


—¿Sí, y qué? —desafió Pablo—. ¿Qué problema hay? ¿Sabes?, la gente sale los días entre semana.


—Solo si van en serio —se acercó a la bandeja con patatas fritas—. ¿La dueña de la nueva cafetería y tú vais en serio?


—Tal vez —murmuró con indiferencia, luego se dirigió hacia la mesa oblonga de roble que había en el centro del amplio comedor. Utilizó la mano libre para apartar unas cartas y se sentó—. ¿Cómo ha ido tu encuentro con la vecina?


Quizá Pedro no fuera una lumbrera, pero reconocía una táctica de distracción. Su hermano no quería hablar de lo que sentía por Cathy Dixon, la vivaz morena de cuya cafetería no dejaba de hablarse en la ciudad. El hecho de que quisiera mantenerle en secreto su relación, cuando era el único pariente vivo que tenía, sugería que estaba loco por ella.Pedro no culpaba a su hermano. Cathy Dixon tenía clase, estilo y personalidad… a diferencia de la loca a la que había ido a ver ese día.


—¿Y bien? —instó Pablo.


—¿Y bien qué? —Pedro alzó la vista de su plato lleno.


—¿Convenciste a nuestra vecina para que trasladara el zoo y no molestara a nuestro ganado?


—No, me cerró la puerta en las narices después de llenarme de insultos —gruñó mientras alzaba el tenedor—. Tiene un cerebro más duro que la roca. Es imposible llegar a ella, no sin emplear un martillo neumático o dinamita.


Pablo puso los ojos en blanco y miró a su hermano.


—En otras palabras, empleaste tu enfoque habitual de carga frontal. Si no recuerdo mal, te dije que emplearas la diplomacia.


—No habría servido para nada.


—No entiendo por qué no recurriste a tu sonrisa y encanto devastadores —movió la cabeza y suspiró—. No hay una sola mujer soltera en el condado de Buzzard que pueda resistir tu encanto cuando decides usarlo. No tendrías que haber ido a verla estando aún furioso. Intenté convencerte de que esperaras y te calmaras. Pero, no, tuviste que montar en el caballo y partir al galope. Sé cómo funcionas, Pepe.
Cuando dudas, empiezas a gritar, como si eso solucionara alguna vez un problema. Prácticamente jamás triunfa con las mujeres. La próxima vez, intenta mostrar tacto.


Lo último que necesitaba era un discurso de su hermano, que por lo general dejaba las situaciones difíciles para que él las solucionara. ¿Diplomacia? ¡Y un cuerno!


—No habrá una próxima vez —musitó—. Si crees que el enfoque encantador y caballeroso funcionará, entonces ve a tratar de razonar tú con ella. Después de todo, tienes la misma sonrisa que yo, y más encanto.


—¿Yo? —Pablo alzó las manos como un policía de tráfico—. No. El hecho de que seamos gemelos no significa que vaya a verla después de que tú la hayas fastidiado. Me mirará y pensará que soy tú. No conseguiré nada.


Miró furioso a su hermano. Pensó que el inconveniente de ser gemelos era que jamás sentía que tenía su propia individualidad, menos todavía cuando cenaba con su reflejo cada noche y por el día trabajaban hombro con hombro. Y lo peor era que a Pedro le encantaba dar consejos por el hecho de haber nacido tres minutos antes y considerarse el doble de listo.


—Te juro, Pepe, que te avinagraste después de volverte loco por aquella pelirroja hace unos años.


—No me lo recuerdes —gruñó—. Mientras a mí me pisoteaban el corazón tú ibas feliz de una mujer a otra… hasta que apareció Cathy Dixon en la ciudad y te licuó el cerebro.


Pablo frunció el ceño.


—De acuerdo, a mí no me rompieron el corazón a la tierna edad de veinticinco años.


—Exacto. Tú no estás quemado ni eres cínico. Estás mejor preparado que yo para tratar con Paula Chaves y su zoo. Es una mujer atractiva, algo que sé que apreciarás. Debes ir a verla y hacer que recupere la cordura antes de que sus animales enloquezcan a nuestras reses.


—¿Nuestra vecina es atractiva?


—Un bombón —confirmó Pedro, llevándose unas patatas a la boca—. Lo más probable es que tú no abras los labios para soltar lo menos apropiado. Podrás convencerla de que se muestre razonable, aunque te tome por mí. De hecho, puede que os gustéis…


—Oh, no —objetó Pablo—. Es lo último que necesito ahora mismo. Tengo algo estupendo con Cathy y no pienso estropearlo. No voy a acercarme ni a un kilómetro de la casa de nuestra vecina, para que Cathy no saque la conclusión equivocada.


—Dile a Cathy que era yo —sugirió—. No sabrá reconocer la diferencia.


—Absoluta y decididamente no —se negó Pablo—. Fuiste tú quien estropeó las negociaciones con Chaves, y serás tú quien las arregle —tragó el último bocado de hamburguesa y se puso de pie—. Mientras tú lavas los platos, iré a ducharme. He quedado con Cathy para ver una película en su casa. Puedes dedicar la noche a practicar tu encanto, cortesía y diplomacia. Mañana por la noche podrás bailar en torno a la vecina, llevarle regalos y flores y hacer las paces.


—¿Quieres que coquetee con el peligro? —gruñó—. ¡Ni lo sueñes!


—Es tu pelea, hermano. Tú la empezaste y eres tú quien puede ponerle fin. Yo pienso quedarme al margen —lo observó con el ceño fruncido—. Arregla el problema, ¿me oyes?


Pedro lanzó puñales por los ojos a la espalda de su hermano. El único modo de solucionar la situación era encerrar a Paula Chaves en una jaula con sus animales, para luego fletarla a un hábitat protegido que estuviera muy lejos del Rancho Rocking C.


Una hora más tarde, se relajaba en la hamaca del porche leyendo la edición del periódico local. De pronto oyó un chillido sobrenatural que le puso los pelos de la nuca de punta. «Un puma», pensó, y apretó los dientes cuando un gato salvaje gruñó en la distancia.


Más o menos a la misma hora todas las noches, la orquesta del zoo de Chaves iniciaba un alboroto que acababa con la quietud de la noche. Por la mañana supo lo que Pablo y él harían… ir a agrupar a su ganado asustado.


—¿Conquistar a la tigresa? —se preguntó en voz alta—. ¿Fingir que me gusta? Jamás.


Un inquietante rugido estalló en el crepúsculo. Pedro tiró el diario y entró en la casa. Se dijo que tenía que haber una ley en contra de perturbar la tranquilidad. Se juró que llevaría a rastras al sheriff Osborn para que escuchara esa alharaca. 


Quizá entonces consiguiera algunos resultados.