miércoles, 10 de junio de 2015

LA PRINCESA: CAPITULO 8





Frente a la ventana, Paula se abrazó a sí misma mientras miraba las cimas cubiertas de nieve blanca que el último sol de la tarde convertía en color rosa chicle, suave melocotón y azul turquesa. Las montañas parecían llamarla, pero era una invitación que no podía aceptar. No podría seguir escalando ni haciendo paracaidismo o rafting si estaba embarazada.


Todas las actividades que usaba para olvidar su soledad estaban prohibidas a partir de ese momento.


Por enésima vez, se llevó una mano al abdomen, maravillándose ante la idea de tener una vida dentro de ella.
¿Podría estar equivocado el médico?


Se encontraba bien, solo un poco mareada. Pero no sentía que estuviese esperando un hijo.


Iría a la ciudad para hacerse otra prueba. Después de todo, podría haber sido un falso positivo. Había oído que a veces ocurría.


No sabía si esperar que fuese un error o lo contrario. Estaba demasiado sorprendida para saber lo que sentía.


Pero una cosa era segura: no iba a criar a su hijo en el palacio real de Bengaria. Lo protegería como una leona a su cachorro.


–Perdone, señora –una sonriente empleada la miraba desde la puerta de la terraza–. Le he traído un té. Y el chef le ha hecho unas galletitas de sésamo –la mujer levantó la bandeja que llevaba en las manos y Paula esbozó una sonrisa. No había comido nada desde el desayuno, temiendo que volviesen las náuseas.


–Yo no he pedido nada.


–Es un detalle del hotel, señora –la mujer vaciló un momento antes de dejar la bandeja sobre la mesa.


–Gracias, muy amable –Paula miró las galletas, sorprendida. El médico debía haberlas pedido en la cocina.


Suspirando, se sentó frente a la mesa y, un momento después, la empleada volvió con una manta.


–Hace fresco aquí.


Paula asintió con la cabeza, sintiéndose ridículamente emocionada. ¿Cuándo fue la última vez que alguien la atendió tan cariñosamente? Incluso Stefano, que la adoraba, jamás se había preocupado tanto por ella.


Paula parpadeó, intentando sonreír mientras la empleada servía el aromático té.


–¿Necesita algo más, señora?


–Nada, gracias –respondió Paula, con voz ronca–. Por favor, dele las gracias al chef de mi parte.


Sola de nuevo, tomó un sorbo de té y mordió una galleta. 


Afortunadamente, su estómago no se rebeló.


Tenía que hacer planes. Primero, un viaje a Lima para hacerse otra prueba. Luego… no se le ocurría qué hacer después.


No podría soportar volver a su villa en Bengaria. Los recuerdos de Stefano le romperían el corazón y, además, la villa pertenecía a la Corona. Stefano ya no estaba, todo era de su tío y ella se negaba a vivir como una pensionista. Su tío le exigiría que residiese en palacio, donde podría vigilarla…


Habían discutido sobre eso cuando Stefano acababa de morir.


Paula se envolvió en la manta. Tendría que encontrar un nuevo hogar. ¿Pero dónde?


Bengaria estaba fuera de la cuestión porque allí sus movimientos eran espiados. Había vivido en Francia, en Estados Unidos y Suiza mientras era estudiante, pero ninguno de esos sitios era su hogar.


Paula tomó un sorbo de té y mordió otra galleta, asustada. 


Ella no sabía nada sobre ser madre y, si no tenía cuidado, la prensa podría convertir el embarazo en un circo.


En fin, lidiaría con el asunto cuando tuviese que hacerlo, esperando tener más éxito que en el pasado.


–¿Paula?


Ella levantó la cabeza al escuchar la voz que no había esperado volver a escuchar en toda su vida.


Era él, Pedro Alfonso, sus facciones tan serias que parecían esculpidas en bronce. El pelo negro caía sobre su frente, pero eso no conseguía suavizarlas.


–¿Qué haces aquí? –le espetó, dejando la taza sobre la mesa–. ¿Cómo has entrado en mi habitación?


–He llamado, pero no he recibido respuesta.


–Normalmente, eso quiere decir que la persona que está dentro no quiere ver a nadie –replicó ella, haciendo un esfuerzo para levantarse sin perder el equilibrio–. Lo repito, señor Alfonso: ¿qué hace aquí? –Paula se cruzó de brazos.


 Podía sacarle una cabeza, pero no iba a dejarse asustar.


–¿Señor Alfonso? –Pedro frunció el ceño, mirándola como un dios inca–. Es un poco tarde para esas formalidades, ¿no te parece?


–Lo que sé –Paula dio un paso adelante, furiosa– es que estás invadiendo mi privacidad.


Se le revolvía el estómago al recordar cómo la había tratado. 


Aunque debería estar acostumbrada después de toda una vida sintiendo que no estaba a la altura. Pero aquel hombre la había herido más profundamente que nadie porque había sido tan tonta como para creer que era diferente.


Él la miraba, imperturbable.


–¿Y bien? –Paula golpeó el suelo con el pie, airada. Pero, por enfadada que estuviera, no podía negar que Pedro Alfonso era un hombre extraordinariamente atractivo. Y como amante… no quería ni pensar en eso–. A ver si lo adivino: has descubierto que estaba en el hotel y has pensado hacerme una visita por los viejos tiempos. Pues me temo que no estoy interesada en retomar lo que dejamos –su amor propio no le permitiría volver con un hombre que la había tratado como él–. Y ahora, si me perdonas, me gustaría estar sola.


Iba a entrar en la habitación, pero Pedro le impedía el paso. Cuando sus ojos oscuros se clavaron en ella sintió que se le encogía el estómago, pero no tenía nada que ver con las náuseas. Ella sabía que era una reacción a su potente sexualidad.


Pero una mujer embarazada no podía responder de manera tan lujuriosa, ¿no?


La noticia había puesto su mundo patas arriba, dejándola frágil y asustada. ¿Qué sabía ella de embarazos?


–¿Te encuentras bien?


Paula levantó la cabeza.


–Lo estaré cuando te vayas de mi suite. Nadie te ha invitado a venir.


Entró en el salón intentando no mirarlo, pero el aroma de su colonia masculina parecía invadir todo el espacio.


–Tenemos que hablar.


Paula siguió caminando.


–Si no recuerdo mal, la última vez dejaste claro que no teníamos nada que decirnos –replicó, intentando mostrarse serena, aunque la humillación que había sentido era como un puñal en su corazón.


–¿Intentas decirme que tú querías algo más?


Ella se detuvo. Si no le hubiese afectado tanto su rechazo no la habría disgustado su regreso. O al menos no se le notaría tanto, pero no era capaz de fingir.


Necesitaba perderlo de vista para poder concentrarse en la noticia que acababa de recibir: que probablemente estaba embarazada de su hijo.


Paula cerró los ojos, intentando reunir fuerzas. Hablaría con él más tarde si tenía que hacerlo. Por el momento, necesitaba estar sola.


–No quería nada, Pedro –respondió, pronunciando su nombre con desdeñoso énfasis–. Lo que hubo entre nosotros se terminó.


Abrió la puerta, pero antes de que pudiese decir nada una mano grande la cerró. El calor del cuerpo de Pedro la envolvía.


–¿No ibas a decirme que estás esperando un hijo mío?


Ella parpadeó, atónita. ¿Cómo podía saberlo?


Miró la mano grande, de tendones marcados, los largos dedos de uñas bien cuidadas.


Recordaba esas manos sobre sus pechos, el placer que le habían dado, cómo durante unas horas creía haber encontrado a un hombre que la valoraba por sí misma. Y lo traicionada que se había sentido después.


–¿Paula?


Ella se volvió para mirarlo, levantando la barbilla en un gesto orgulloso.


–No tienes derecho a entrar aquí sin haber sido invitado. Márchate o llamaré a la dirección del hotel para que te echen.


Pedro miró los ojos azules y sintió algo en el pecho. Solo con mirarla a los ojos sentía una descarga de adrenalina.


Lo tentaba incluso mirándolo con desdén, pero no era solo desdén lo que había en sus ojos, ni en los labios entreabiertos, ni en el pulso que latía en su cuello. Las sombras en sus ojos la delataban.


Estaba excitaba y, seguramente, ella reconocía los mismos síntomas en él. No había logrado olvidarla.


Sin pensar, levantó su barbilla con un dedo. Era igual de maravillosa que recordaba, mejor aún. La discusión podía esperar.


Cuando iba a inclinar la cabeza sintió un repentino dolor en el brazo y, atónito, vio que Paula se lo retorcía en un movimiento de defensa personal. Tuvo que hacer un esfuerzo para contener el deseo de protegerse. Él no sabía pelear con reglas. Donde había crecido la violencia era endémica, brutal y a menudo mortal. En unos segundos podría hacer que se rindiera, pero hizo un esfuerzo para relajarse, ignorando el dolor en el brazo.


–Voy a llamar a la dirección del hotel –le advirtió Paula, respirando agitadamente.


–Yo soy la dirección del hotel, pequenina.


–¿Perdona? –exclamó ella, incrédula.


–Soy el propietario del resort –le explicó Pedro, intentando mover los dedos–. Suéltame –añadió, entre dientes–. Prometo no tocarte.


–¿Eres el dueño del hotel? –Paula lo soltó y él movió el brazo para restaurar la circulación. Parecía una experta en técnicas de defensa personal.


–Así es. Mi equipo de arquitectos lo diseñó y mis constructores lo levantaron.


–Ah, claro, eso explica muchas cosas –Paula apretó los labios–. Pero no entiendo por qué el médico ha ido a darte la noticia, por mucho que seas el propietario. ¿Qué ha sido de la confidencialidad? –no había levantado la voz, pero su tono, como si estuviera mordiendo cristales, lo decía todo.


Pedro negó con la cabeza.


–El médico no me ha dicho una palabra. Yo estaba aquí, en la suite, cuando confirmó el resultado de la prueba.


Paula lo fulminó con la mirada y Pedro sintió que le ardía la cara. Pero la vergüenza era un lujo negado a los que habían tenido que sobrevivir robando lo que otros tiraban. Nada lo asustaba, nada lo avergonzaba, ni siquiera el brillo acusador en sus ojos. Le daba igual lo que pensasen los demás.


Sin embargo, él fue el primero en apartar la mirada.


–Me había enterado de que te encontrabas mal y vine a verte.


–Ah, qué considerado –dijo ella, burlona, tirando hacia abajo de su camiseta.


Pedro miró su estómago plano. Allí estaba su hijo y la sorpresa le dejó la boca seca. Le gustaría tocarla, poner la mano en el suave abdomen…


El chasquido de dos dedos frente a su cara lo sacó de ese extraño estupor.


–Que seas el dueño del hotel no te da derecho a inmiscuirte en mi vida privada.


–No fue intencionado, te lo aseguro. Solo venía a verte.


–Esa no es excusa para espiarme.


–No estaba espiando. Y este asunto nos afecta a los dos.


Paula se puso colorada, el rubor dándole un aspecto joven y vulnerable.


–Tenemos que hablar –insistió Pedro.


Ella negó con la cabeza, su pelo rubio brillando como el oro cuando se dio la vuelta hacia el ventanal. Rígida, como si su presencia le hiciese daño.


–Un mes y un día, ¿recuerdas? Este asunto me concierne a mí tanto como a ti.


–Yo no estoy de acuerdo.


–¿Cuándo pensabas contármelo? ¿O no ibas a decirme nada? ¿Ibas a librarte del bebé sin decirle nada a nadie?
¿Había pensado librarse de su hijo?


¡Su hijo!


La noticia de que iba a ser padre lo había dejado atónito. 


Había tardado horas en asimilar que iba a tener un hijo, carne de su carne, sangre de su sangre.


Por primera vez en su vida tendría una familia


La idea lo asombraba y lo asustaba a la vez. Él jamás había esperado tener una familia propia y, sin embargo, estaba emocionado.


No sabía cómo iban a solucionar la situación, pero una cosa estaba absolutamente clara: ningún hijo suyo sería abandonado como lo había sido él.


Ningún hijo suyo crecería solo y desamparado.


Conocería a su padre y recibiría los mejores cuidados, todo lo que necesitase.


Él, Pedro Alfonso, se aseguraría de ello personalmente. Su determinación era más fuerte que nada.


–¡Di algo! –Pedro no estaba acostumbrado a ser ignorado, especialmente por mujeres a las que conocía íntimamente. Y más cuando se trataba de algo tan importante.


–¿Qué quieres que diga? –cuando se volvió, los ojos de Paula brillaban más que antes–. ¿Que no pensaba abortar? ¿Que no sabía cuándo iba a decírtelo o si iba a decírtelo? Aún no he tenido tiempo para hacerme a la idea de que estoy embarazada –Paula clavó un dedo en su esternón–. No creo que esto sea asunto tuyo. Soy yo quien está embarazada, soy yo quien llevará dentro a este bebé durante nueve meses, cuyo cuerpo y cuya vida cambiará irrevocablemente a partir de ahora, no tú.


Pedro intentó tomar su mano, pero ella se apartó como si su roce la contaminase.


«Demasiado tarde para eso, Alteza».


Paula vio que esbozaba una sonrisa burlona. Tenía un aspecto peligroso e impredecible y el brillo de sus ojos hacía que deseara dar un paso atrás, pero plantó los pies firmemente en el suelo.


No iba a dejarse amedrentar.


¿Cómo le había dado la vuelta a la situación lanzando una letanía de acusaciones contra ella? Ya estaba bien. Estaba cansada de ser juzgada por los demás.


–Evidentemente, tú has tenido tiempo para sacar todo tipo de conclusiones sobre este embarazo… si de verdad estoy embarazada –Paula clavó en él una mirada helada.


–¿Lo niegas?


–Quiero una segunda opinión, pero parece que tú ya estás convencido.


–Así es. Y solo hay una solución sensata a esta situación.


–¿Ah, sí?


–Por supuesto –Pedro la miró con un brillo de determinación en los ojos oscuros–. Tenemos que casarnos.






LA PRINCESA: CAPITULO 7




No! –exclamó Paula, estupefacta, mirando al médico–. No estoy embarazada.


¿Ella, embarazada? ¿Por qué iba a traer un niño al mundo cuando no era capaz de poner su propia vida en orden?


Podía imaginar la cara horrorizada de su tío. La impulsiva e irresponsable Paula, que desperdiciaba su vida en intereses absurdos en lugar de hacer el papel para el que había nacido. Aunque no tenía fe en que pudiese hacer ese papel.


–¿Está segura? –la mirada del médico era tan penetrante que Paula sintió que le ardía la cara.


–En fin, supongo que es posible –murmuró–. Pero solo fue una noche.


–Solo hace falta una noche –dijo el médico.


Paula sacudió la cabeza.


–No, no puede ser. Usamos preservativos –el rubor en sus mejillas se extendió al resto de su cuerpo. No por admitir que había estado con un hombre. Después de todo, tenía veinticinco años, no era una niña.


No, el rubor era por el recuerdo de cuántos preservativos habían usado, de lo insaciables que habían sido. Hasta que Pedro dijo que no quería saber nada de ella.


–Los preservativos no son efectivos al cien por cien –le recordó el médico–. ¿No usa otro método anticonceptivo?


–No –Paula hizo una mueca. Todos esos años tomando la píldora mientras entrenaba y de repente… tal vez debería haber seguido tomándola.


–Perdone que le pregunte, ¿pero cuándo fue esa noche de la que habla?


–Hace un mes. Un mes y un día exactamente –su voz sonaba ridículamente ronca y tuvo que aclararse la garganta. Sus periodos no eran regulares, de modo que podría ser un error–. Tiene que ser el mal de altura, eso es lo que ha pensado el guía.


–No lo creo –dijo el médico.


Paula abrió la boca para discutir, pero estaba demasiado cansada. Cuanto antes demostrase que estaba equivocado, antes le daría algo para el mareo.


A regañadientes, tomó la prueba que le ofrecía y se dirigió al baño… pero tuvo que agarrarse al quicio de la puerta porque de repente la habitación empezó a dar vueltas.


Pedro no sabía qué le sorprendía más, la posibilidad de que Paula estuviese embarazada o que él hubiera sido su único amante en el último mes. Si había que creer lo que decían las revistas del corazón, Paula no tenía escrúpulos para saltar de cama en cama.


Por eso se quedó donde estaba, escuchando la conversación. Espiar no era su estilo, pero no era tonto y sabía que su dinero lo convertía en objetivo para muchas buscavidas. Una demanda de paternidad podía ser muy lucrativa y él no era la presa de nadie.


Pero entonces recordó el tono sorprendido de Paula. No estaba fingiendo. Incluso había un temblor en su voz ante la idea de un embarazo no deseado.


Un mes y un día, había dicho. Eso significaba que el bebé que esperaba era hijo suyo.


Él siempre había tomado precauciones y era inconcebible pensar que hubiesen fallado. Y más inconcebible aún que fuese a tener un hijo.


Solo casi desde su nacimiento, Pedro había convertido lo que debería ser una debilidad en su mayor fortaleza: la autosuficiencia. No tenía a nadie y no necesitaba a nadie.


Siempre había sido así y no pensaba cambiar.


Nervioso, se pasó una mano por el pelo. Debería habérselo cortado el mes anterior, pero se había lanzado al trabajo con tal dedicación que no había tenido tiempo para nada más.


«Un mes y un día».


Se le encogía el estómago al pensarlo.


Un murmullo de voces hizo que volviese a mirar hacia la puerta de la habitación, pero, cuando estaba a punto de entrar, la voz masculina confirmó sus sospechas:
–Ah, esto lo confirma, Alteza. Está esperando un hijo.






LA PRINCESA: CAPITULO 6






Una empleada del hotel llamó a la puerta de la sala de juntas y asomó la cabeza con gesto de preocupación.


–Lamento interrumpir –se disculpó, mirando de unos a otros–. Una de las clientes se ha puesto enferma en las pistas de esquí. Están a punto de llegar.


–¿Se ha puesto enferma o se ha caído? –le preguntó el gerente, con tono preocupado. Enfermar era una cosa, tener un accidente en las pistas del hotel, otra muy diferente.


–Parece que es un mareo. Se trata de la princesa Paula de Bengaria, por eso he venido a avisarlo.


–¿Ha llamado al médico? –Pedro se levantó de un salto.


–No se preocupe, tenemos un médico en el hotel –se apresuró a decir el gerente–. Lo mejor para nuestros clientes, como usted sabe bien.


Por supuesto que lo sabía. Eso era lo que diferenciaba sus hoteles de los demás hoteles de lujo, la atención al detalle y el mejor de los servicios.


–El médico la examinará en cuanto llegue –dijo el gerente, haciéndole un gesto a la empleada para que saliera de la sala de juntas.


Pedro volvió a sentarse, pero había perdido la concentración. Durante la siguiente media hora tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse en los beneficios, proyectos y problemas hasta que, por fin, decidió rendirse.


–Tengo algo urgente que hacer –se disculpó mientras se levantaba de la silla–. Sigan ustedes.


Sabía que estaba portándose de una forma inexplicable.


 ¿Desde cuándo Pedro Alfonso delegaba en nadie algo que podía hacer él mismo? Especialmente después de haber cruzado el continente para acudir en persona a esa reunión.


Quince minutos después recorría el silencioso pasillo siguiendo a una nerviosa empleada.


–Esta es la suite de la princesa –la mujer llamó a una puerta con intricados picaportes de cristal tallado a mano, pero no hubo respuesta y Pedro la empujó. Estaba abierta.


–Soy amigo de la princesa –pasando por alto la mirada suspicaz de la mujer, entró en la suite y cerró la puerta tras él.


«Amigo» no describía su relación con Paula. Ellos no tenían una relación, pero, curiosamente, no era capaz de concentrarse en el asunto que lo había llevado allí hasta que comprobase por sí mismo que estaba bien.


El salón estaba desierto, pero la puerta que lo conectaba con el dormitorio estaba entreabierta y al otro lado escuchó el murmullo de una voz femenina, seguida de la voz de un hombre:
–¿Es posible que esté embarazada?










martes, 9 de junio de 2015

LA PRINCESA: CAPITULO 5





–Es un placer volver a verlo, señor Alfonso –el gerente del hotel sonreía mientras Pedro miraba con gesto de aprobación el amplio vestíbulo, la mezcla de piedra local, madera y cristal que daba al hotel de montaña un aire de lujo moderno y refinado.


Había hecho bien en financiarlo, a pesar de los problemas de construir en aquel sitio. Seis meses después de la inauguración se había convertido en una meca para viajeros de lujo que querían experimentar algo diferente.


Tras los enormes ventanales, la vista era fabulosa. El sol iluminaba los picos de los Andes, con su blanco manto. Y debajo, la superficie turquesa del glaciar recibía los últimos rayos del sol.


–Su suite está por aquí –el gerente hizo un gesto para que lo precediese.


–La encontraré yo mismo, gracias –Pedro no dejaba de mirar el impresionante paisaje.


–Muy bien, como quiera. Ya habrán subido su equipaje.


Pedro asintió con la cabeza, distraído. Algo en aquel sitio, tal vez la sensación de estar tan arriba, sobre el resto del mundo, lo atraía. No era sorprendente, ya que había trabajado como un demonio durante el último mes.


Pero por frenéticos que fueran sus días y cortas sus noches, Pedro no encontraba el acostumbrado placer en dirigir y levantar su imperio.


Algo daba vueltas en su cabeza; una insatisfacción que no tenía ni tiempo ni inclinación para identificar.


Tal vez podría tomar una copa antes de cenar, pensó. Tenía toda una noche por delante con su ordenador antes de la inspección y las reuniones del día siguiente.


Pero cuando entró en el bar fue recibido por una risa contagiosa y atractiva que lo dejó sin aliento.


Su pulso se aceleró de repente.


Conocía esa risa.


Paula.


Allí estaba, con el pelo dorado cayendo sobre los hombros, su sonrisa una pura invitación para los hombres que la rodeaban. Sus ojos bailaban mientras se inclinaba hacia ellos, como haciéndoles confidencias. Pedro no podía oír lo que estaba diciendo porque su pulso acelerado lo ensordecía.


Pero a sus ojos no les pasaba nada y admiró el vestido negro que abrazaba sus curvas. El contraste entre la tela negra y las bien torneadas piernas haría que cualquier hombre babease.


Él lo sabía bien porque había pasado horas explorando esas piernas… y cada centímetro de su hermoso cuerpo. Todo en ella lo excitaba, incluso su espalda le parecía deliciosa. Ella le parecía deliciosa.


Antes de que su cerebro volviese a funcionar con normalidad se encontró dando un paso adelante. ¿Qué iba a hacer, tomarla del brazo y apartarla de sus fans? ¿Echársela al hombro para llevarla a su habitación?


Un sonoro «sí» resonó en todo su ser.


Y eso lo detuvo.


Había habido una razón de peso para dejarla tan abruptamente un mes antes.


¿Dejarla? Prácticamente había salido corriendo.


No tenía nada que ver con reuniones de trabajo y sí con lo que lo hacía sentir; no solo deseo sino algo mucho más grande, algo sin precedentes.


Se había levantado de la cama con la intención de volver a ella, pero entonces se había dado cuenta de que por primera vez en su vida no había ningún otro sitio en el que quisiera estar.


Y esa idea era tan extraña para él, tan aterradora.


Fue entonces cuando decidió pedir el helicóptero para volver a la ciudad. No había sido su mejor momento, debía reconocerlo. Incluso con su reputación de donjuán, normalmente solía ser más fino dejando a una amante.


Una parte de él lamentaba haberla dejado después de una sola noche porque lo que había ocurrido entre ellos había sido asombroso.


La risa de Paula llegó de nuevo a sus oídos y Pedro se dio la vuelta para salir del bar.


Una vez era suficiente con cualquier mujer. Aquella reacción a la princesa Paula de Bengaria era una anomalía que debía controlar. Él no mantenía relaciones, no podía hacerlo y nada cambiaría eso.


Paula no era nada para él, solo otra mujer.


¿Se habría ido a casa después de las vacaciones en la selva? Seguro que no. Debía vivir en hoteles exclusivos a expensas de las arcas de su país, con amantes nuevos en todas partes.


Pedro apretó los dientes, acelerando el paso.







LA PRINCESA: CAPITULO 4





–Maldiçao! Lo que me haces… –Pedro besaba ardientemente su cuello, la ronca voz masculina llegándole hasta los huesos.


Paula sintió un escalofrío.


Nunca se había sentido tan vulnerable, tan desnuda. Como si estar con Pedro le hubiera arrancado el escudo protector que había erigido entre ella y el mundo hostil.


Y, sin embargo, eso no la asustaba. Con Pedro no tenía miedo.


Paula apretó su espalda desnuda, húmeda de sudor, mientras intentaba recuperar el aliento. Le gustaba sentir el peso de su cuerpo, el roce de las fuertes y peludas piernas que la aprisionaban.


Pedro se había tomado su tiempo para seducirla. Era un amante generoso, incluso paciente cuando un nerviosismo inesperado hizo que se quedase rígida entre sus brazos.


Paula se había sentido mortificada, convencida de que él lo interpretaría como un rechazo cuando no lo era. En lugar de eso, Pedro la había mirado a los ojos en silencio, sonriendo antes de explorar cada zona erógena de su cuerpo.


Estar entre sus brazos era…


–Peso demasiado. Lo siento –se disculpó.


Antes de que Paula pudiese protestar se tumbó de espaldas, llevándola con él. Y ella no se apartó ni un centímetro. 


Necesitaba el contacto piel con piel al que se había hecho adicta durante la noche.


Paula sonrió, medio dormida. Había tenido razón, Pedro era diferente. La hacía sentir como una mujer nueva, llena de vida.


–¿Estás bien?


Le encantaba su voz, como rico chocolate. Nunca había conocido a un hombre con una voz tan sensual.


–Nunca he estado mejor –Paula sonrió de nuevo, besando su ancho torso. Sabía a sal y a algo indefinible que era simplemente Pedro.


Él contuvo el aliento y eso la hizo sonreír de nuevo. Podría quedarse allí para siempre.


–¡Bruja!


Riendo, empujó sus hombros hacia atrás. Después de haber estado pegada al horno que era su cuerpo, el aire fresco del amanecer le parecía helado y abrió la boca para protestar, pero Pedro ya estaba levantándose de la cama.


Movió una mano para llamarlo, pero la dejó caer sobre la sábana. Volvería cuando hubiese tirado el preservativo y luego podrían dormir uno en brazos de otro.


Paula se abrazó a una almohada para compensar la pérdida y, enterrando en ella la nariz, respiró su aroma.


Aún tenían una semana de vacaciones. Una semana para conocerse mejor. La potente atracción que había entre ellos los había llevado directamente a la cama, saltándose los pasos normales de una relación.


La promesa del placer que estaba por llegar era increíble. 


¿Quién hubiera imaginado que podría sentirse tan bien cuando el día anterior…?


Paula sacudió la cabeza, decidida a disfrutar del optimismo que la embargaba después de tanto tiempo hundida en un pozo negro de tristeza.


Estaba deseando saber más cosas de Pedro: qué lo hacía reír, qué hacía cuando no estaba dedicado a amasar lo que alguien del grupo había llamado «la fortuna más grande de Sudamérica».


Un ruido hizo que levantase la cabeza. Pedro estaba en el quicio de la puerta, mirándola, iluminado por las primeras luces del alba.


Alto, de hombros anchos, abdomen duro como una piedra y muslos como columnas, el vello oscuro que cubría su torso se perdía entre sus piernas. Paula lo miraba con los ojos entrecerrados. Estaba increíblemente bien dotado y parecía listo para…


–Duerme, querida –la voz de Pedro interrumpió sus pensamientos– ha sido una noche muy larga.


Paula pasó una mano por el sitio vacío a su lado.


–Cuando vuelvas a la cama.


Dormiría mejor con él allí, abrazándola como antes. No era sexo lo que quería sino su compañía, la rara sensación de bienestar que él había creado.


Pero Pedro se quedó donde estaba, inmóvil, y Paula empezó a asustarse. Incluso estuvo a punto de taparse con la sábana. No se había avergonzado de su desnudez cuando la miraba con un brillo de admiración en los ojos, de adoración incluso. Pero aquello era diferente. Su mirada era impenetrable y tenía el ceño fruncido…


El silencio se alargó y Paula tuvo que apretar los puños para no cubrirse con la sábana.


Por fin, respirando profundamente, Pedro se inclinó para tomar algo del suelo. Sus vaqueros.


–Te marchas –murmuró, casi sin voz.


Sentía como si le estuvieran arrancando el corazón.


Sus miradas se encontraron, la de él impenetrable. El brillo de admiración había desaparecido. En sus ojos no había nada.


–Está amaneciendo –Pedro miró hacia la ventana.


–Aún faltan un par de horas para que los demás despierten.


No sabía cómo podía hablar con tanta calma cuando lo que quería era levantarse de la cama y echarse en sus brazos, suplicarle que se quedase.


Suplicarle… ella, que no había suplicado en toda su vida.


El orgullo había sido uno de sus mejores aliados. Después de años soportando la desaprobación de su familia y las acusaciones de la prensa solo le quedaba el orgullo, pero en aquel momento sentía la tentación de olvidarse incluso de eso para retenerlo.


–Por eso deberías dormir un rato.


Ella parpadeó, desconcertada ante el tono de advertencia. 


Sentía como si hubiese nadado mar adentro y, de repente, se encontrase a kilómetros de la playa.


Sentía que le ardía la cara mientras Pedro la miraba. ¿Había un brillo de pesar en sus ojos?


–Es mejor que me vaya.


Ella iba a protestar, pero no lo hizo. Quizá estaba intentando protegerla de los cotilleos… pero como no habían acudido a la cena la noche anterior, seguramente era demasiado tarde para eso.


–Entonces, nos veremos durante el desayuno –Paula se sentó en la cama, intentando sonreír. Habría tiempo suficiente para estar juntos durante la siguiente semana.


–No, eso no será posible –Pedro terminó de abrochar los botones de su camisa y se acercó a la mesilla.


–¿No?


–Mira, Paula –empezó a decir él, mientras se ponía el reloj– lo de anoche fue fabuloso. Tú eres fabulosa, pero nunca te prometí flores y corazoncitos.


Indignada, ella irguió los hombros.


–No creo que desayunar juntos tenga nada que ver con flores y corazoncitos –le espetó, cubriéndose con la sábana. 


Al menos así no estaría tan desnuda.


–Tú sabes lo que quiero decir –Pedro apartó la mirada y Paula se alegró de haber roto esa fachada de suprema seguridad.


–No, no lo sé –respondió con aparente despreocupación, aunque por dentro estaba derrumbándose.


–No tenemos ningún compromiso –Pedro hizo una mueca en cuanto pronunció esas palabras. Como despedida, era la peor posible.


–Yo no te he pedido ninguno –se apresuró a replicar ella.


–Claro que no. Tú no eres ese tipo de mujer, por eso lo de anoche fue perfecto.


–¿A qué tipo de mujer te refieres?


–El tipo de mujer que cree que una noche significa toda una vida juntos.


Sus ojos se encontraron de nuevo y Paula sintió la fuerza del deseo como un golpe en el pecho. Aunque estaba rechazándola, había chispas en el aire. No podía estar imaginándolo. Sin embargo, su expresión seria le decía que estaba dispuesto a ignorarlo.


Y ella soñando que aquella noche era el principio de algo especial, que después de una vida entera besando ranas y encontrando solo ranas, por fin había un hombre que la apreciaba por sí misma.


Debería haber imaginado que no sería así. Porque tal hombre no existía.


–¿Qué ha significado para ti, Pedro? –le preguntó.


–¿Perdona?


Parecía perplejo, como si ninguna mujer se hubiese atrevido a plantarle cara, pero Pedro Alfonso era un hombre inteligente y sabía muy bien lo que estaba preguntando.


–En fin, da igual. Está claro que no te interesa –Paula contuvo el aliento, esperando estar equivocada, esperando que no solo hubiera sido sexo.


Lo deseaba tanto que, sin darse cuenta, estaba apretando los puños, clavándose las uñas en las palmas.


–Esto no puede ir a ningún sitio. No tiene sentido complicar más las cosas.


¿Complicar las cosas? Eso era lo que decían los hombres para denigrar algo que los hacía sentir incómodos.


–Entonces, por curiosidad: ¿qué fue lo de anoche para ti? ¿Hiciste una apuesta con los otros para llevarme a la cama?


–¡Claro que no! ¿Qué clase de hombre crees que soy?


Paula enarcó una ceja.


–No lo sé, esa es la cuestión.


Lamentaba el impulso que la hizo acostarse con él. Había estado tan segura de haber encontrado a un hombre que no tenía una agenda oculta. ¿Cuántas veces tendría que aprender esa lección?, se preguntó, con una amargura que la ahogaba.


–Es porque soy una princesa, ¿verdad? ¿Nunca te habías acostado con alguien de sangre real y te parecía un reto?


–¿Por qué estás siendo deliberadamente insultante?


¿Y no era insultante que la apartase de su lado después de haber conseguido lo que quería sin darle los buenos días siquiera?


Paula tuvo que tragar saliva para calmarse. No iba a darle la satisfacción de ver cuánto le dolía aquello. Por fin había confiado en un hombre y…


Por eso vaciló cuando le ofreció su mano. Si hubiera hecho caso de su instinto, si no lo hubiera tocado…


–Solo quería aclarar las cosas –dijo, levántandose, envuelta en la sábana.


–Ha sido sexo, solo eso –de repente, en sus ojos había un brillo de furiosa energía–. ¿Es lo que querías escuchar?


–Muy bien, ya ha quedado bastante claro.


Paula se preguntó por qué le daba tanta importancia a lo que solo era una atracción física.


¿Porque estaba necesitada?


¿Porque estaba sola?


Qué patética era. Tal vez su tío tenía razón después de todo.


–¿Paula?


Cuando levantó la mirada vio un brillo de preocupación en las facciones masculinas. Incluso había dado un paso adelante, como para tomarla del brazo.


Pero ella no necesitaba la compasión de nadie, especialmente la de aquel hombre, que la había visto perfecta solo para una noche. Sin duda habría pensado que no le importaría acostarse con él y luego decirle adiós como si no hubiera pasado nada.


Paula sintió un dolor entre las costillas y tuvo que hacer un esfuerzo para no llevarse la mano al costado, doblándose por la fuerza del golpe.


–Si has terminado, puedes marcharte. Yo necesito darme una larga ducha caliente –Paula miró la puerta del baño. Ojalá borrar el dolor fuese tan fácil como borrar el olor de Pedro de su piel–. Y no te preocupes, no te buscaré durante el desayuno.


–No estaré aquí. Me marcho.


Paula parpadeó, sorprendida. De modo que nunca había habido una oportunidad para ellos. Pedro pensaba irse al día siguiente y no había tenido la decencia de decírselo. Eso dejaba bien claros sus sentimientos.


Nunca se había sentido tan dolida, tan desdeñada… desde que Andreas admitió haber apostado con sus amigos que era capaz de llevársela a la cama.


Paula se detuvo en la puerta del baño, agarrándose al picaporte para buscar apoyo, y miró por encima de su hombro.


Pedro no se había movido y la miraba con el ceño fruncido, aunque eso no disminuía el magnetismo de sus hermosas facciones.


Pero cuando abrió la boca para decir algo, Paula supo que no podría soportar otro rechazo.


–Me pregunto si esto ha sido una muesca más en tu cabecero o en el mío –dijo con voz ronca.


Y luego, arrastrando la sábana como solo podía hacerlo alguien acostumbrado a llevar largos vestidos de noche, entró en el baño y cerró la puerta tras ella.