martes, 19 de diciembre de 2017

LA VIDA QUE NO SOÑE: CAPITULO 7




El confeti apenas se había asentado en el suelo cuando Pedro dio las gracias a los Webster por su hospitalidad y se marchó.


Esperó hasta que el aparcacoches le llevara su vehículo y salió de allí rápidamente, deseando dejar atrás su preocupación respecto a Paula Chaves.


Tres kilómetros después, redujo la velocidad y se preguntó qué lo había inquietado tanto de ella. No podía haberle dejado más claro su deseo de quedarse a solas. Pero aun así, él había sido incapaz de marcharse de la terraza. Se sentía como si todo se hubiera revuelto en su interior tras las pocas palabras que habían mantenido; revuelto hasta el punto de que las distintas partes que componían su yo habían dejado de encajar en su sitio.


Había sido la mirada de sus ojos. Una mirada que había visto demasiadas veces en los ojos de gente que había perdido a un ser amado por causa de un sin sentido. Un destello del alma de una persona rota.


Sin embargo, le extrañaba que fuera el caso de Paula Chaves. Se pasó la mano por el rostro, ordenándose olvidar la cuestión.


Desde esa noche, por decisión propia, empezaba una carrera nueva que podía aceptar. No habría más cruzadas. 


Ni más familias pidiéndole justicia. No más intentos de arreglar algo que nunca tendría solución.


Paula Chaves estaba casada con uno de los hombres más ricos de Georgia. Probablemente, cualquier mujer envidiaría su vida.


Giró en el camino de entrada a su casa y pulsó el control remoto de la puerta del garaje.


Algo salió corriendo, buscando el refugio del seto que separaba su jardín del de su vecino. El foco del garaje iluminaba el centro del camino, pero los arbustos estaban en sombras y no veía nada.


Bajó la ventanilla y apagó el motor. Oyó un tenue gemido bajo el seto.


Pedro salió del coche y se arrodilló junto a los arbustos. Un par de ojos lo miraron fijamente.


El perro, negro como la noche, no llevaba collar e intentó alejarse más, gimiendo.


Pedro suspiró. Estaba deseando irse a la cama y dormir al menos doce horas. Alzó las ramas inferiores del arbusto.


—Eh —dijo—. ¿Estás herido? Sal. Deja que te vea.


Pero el perro no se movió.


Comida. Necesitaba tentarlo con algo, pero en el coche sólo tenía un paquete de chicle. Sacó las llaves, entró en la casa y fue a la cocina. Parecía un monumento a la pizza de encargo; había cuatro cajas vacías sobre la mesa. El fregadero estaba lleno de tazas.


Los lunes un servicio de limpieza se deshacía de las cajas y fregaba los cacharros. Era como vivir en un hotel. Un lugar donde comer y dormir. Temporal.


Sacó dos rebanadas de una bolsa de pan de molde y volvió fuera. Se arrodilló y ofreció el pan al perro, que olisqueó, pero siguió inmóvil. Pedro agitó el pan; el perro no parecía interesado. Esperó un par de minutos, sin resultado.


Por fin, se puso en pie. No podía hacer más. Lo había intentado y tenía la conciencia tranquila.


—De acuerdo, me rindo. Voy adentro.


Sólo había dado un par de pasos cuando triunfó la comida. 


El perro se asomó lo suficiente para alcanzar el pan y se lo tragó de un bocado.


Era de tamaño mediano y no debía de tener más de ocho centímetros de grosor en su parte más ancha. A la luz, vio que tenía manchas blancas en las patas y en el pecho. El pelaje era escaso y sin brillo, quizá por efecto de la desnutrición o los parásitos.


El perro lo miró y se encogió. A Pedro le dio un vuelco el corazón. Se arrodilló de nuevo.


—No pasa nada. Sólo quería comprobar que estabas bien.


Desconfiado, el perro se puso en pie y trotó hacia la calle.


Hubo un destello de faros en el cruce de la esquina. El perro, nervioso, miró hacia atrás. El coche se acercaba. Pedro corrió a su lado y se lanzó sobre él. El perro se aplastó contra el suelo, como si quisiera que se lo tragara la tierra.


—Eh, tranquilo. No quería que salieras a la carretera —acarició su cabeza y el animal se estremeció.


Había una clínica veterinaria con servicio de veinticuatro horas a unos kilómetros de allí. Podía llevar al perro y ellos decidirían qué hacer con él. Lo alzó en brazos, lo colocó en el asiento delantero del coche y cerró la puerta.


Cinco minutos después aparcaba ante la clínica, que tenía la luz encendida. Salió del coche y llamó al timbre. Una joven abrió treinta segundos después.


—¿Puedo ayudarlo?


—Sí. Tengo un perro fuera. Está herido —dijo él.


—¿Necesita ayuda para traerlo?


—No, vuelvo ahora mismo —fue al coche y abrió la puerta con cuidado. El perro estaba hecho un ovillo en el asiento delantero. Le acarició la espalda y lo levantó con delicadeza—. Perdona —susurró.


La joven le sujetó la puerta y lo guió a través de la sala de espera a la sala de consulta.


—Soy la doctora Filmore, la veterinaria de guardia.


Pedro Alfonso.


Contra las paredes había grandes jaulas en las que dormían algunos perros. Un cocker spaniel marrón oscuro alzó la cabeza y gimió.


—Está bien, Bo —dijo la doctora Filmore—. Duérmete. Póngalo en la mesa —le indicó a Pedro.


Él colocó el perro en la superficie de acero con tanta gentileza como pudo.


—Lo encontré fuera de mi casa.


—La encontró —dijo la veterinaria, tras echar un vistazo al animal—. Es una perra.


—Ah —Pedro asintió.


—Está muerta de hambre —la veterinaria era joven, pero le hablaba a la perra con voz suave mientras la palpaba como si supiera muy bien lo que hacía—. Creo que tiene rota la pata trasera izquierda. Y parece que también tiene un par de costillas rotas. Tendré que hacerle unas radiografías.


—¿Podría haberla golpeado un coche?


—Es posible. Pero más probable que la hayan pateado, juzgando por su comportamiento —dijo la veterinaria con voz plana.


—¿Ve cosas así a menudo? —preguntó Pedro, con el corazón encogido.


—Demasiado a menudo.


Él no supo qué decir. No sabía qué clase de persona daría de patadas a un animal indefenso.


—¿No le afecta? —preguntó.


—Sí, claro —ella suspiró—. Pero la única alternativa es dimitir.


En otro tiempo, él había dicho lo mismo de su propia profesión. Admiró su dedicación y deseó por un momento que el fuego que alimentaba sus propias convicciones no se hubiera extinguido.


—Entonces, ¿la curará?


—Lo mejor que pueda —asintió ella—. Puede esperar o irse a casa; lo llamaré cuando sepa algo.


—No es mía.


—¿Está diciendo que no quiere que la cure? —la doctora frunció el ceño.


—No. Es decir, sí, cúrela. Pero no puedo llevármela a casa conmigo.


—¿Quiere que la curemos antes y que después llamemos a la perrera? —preguntó la joven, tensa.


Él percibió la desaprobación de su voz, pero aceptaba la implicación de que él era responsable por haberse encontrado con el perro.



—No puede tener un animal —dijo—. Trabajo muchas horas. No estoy preparado para…


—Deje sus datos a la recepcionista —lo interrumpió ella; luego le dio la espalda.


Pedro echó un vistazo a la perra. Estaba estirada con la cabeza entre las patas, los ojos cerrados como si deseara olvidar el mundo que la rodeaba. Salió a recepción y rellenó los formularios a toda prisa. Estaba deseando volver a su coche.


Pero una vez allí, pensó: «La perrera».


Dio un manotazo al volante y salió de nuevo. La recepcionista abrió y señaló la consulta.


—Entre directamente.


La veterinaria seguía examinando a la perra. No alzó la cabeza cuando Pedro entró.


—¿Sí, señor Alfonso?


—Llámeme cuando esté lista.


La joven alzó la cabeza y, con una sonrisa radiante, lo borró de su lista de indeseables.


—¿Ha dejado su teléfono?


—Sí.


—Entonces, buenas noches.



lunes, 18 de diciembre de 2017

LA VIDA QUE NO SOÑE: CAPITULO 6




La destreza social de Pedro era, en el mejor de los casos, pobre, y cuando aún faltaba media hora para medianoche, salió por uno de los ventanales de la parte trasera de la casa, buscando unos minutos de soledad. Gran parte del jardín estaba ocupado por una terraza de suelo de pizarra. 


Había varias mesas redondas y blancas, con sombrillas en el centro, y sillas a juego. Unos anchos escalones de piedra partían de la casa iluminada.


Cuando había bajado tres cuartas partes de ellos, la vio. 


Tenía el pelo rubio claro, liso y con la raya al centro. 


Acariciaba la curva de su hombro. Unos pendientes de diamantes hacían juego con el anillo que llevaba en la mano izquierda.


Comparado con los escotes que lucían la mayoría de las mujeres, su vestido era bastante conservador. Aun así, no conseguía ocultar las curvas de su cuerpo. Emanaba una elegancia sutil y muy atractiva.


Entonces la reconoció. Había visto su foto en el periódico, en algún acto benéfico.


Chaves. Paula Chaves.


Debería volver a entrar. Pedro siempre había confiado en su intuición. Casi nunca se equivocaba.


Pero decidió ignorar la voz de la razón. Una fuerza mayor lo llevó a cruzar la terraza, como atraído por un campo magnético.


Ella alzó la vista y dio un paso atrás.


—Lo siento —dijo él—. No prendía asustarla.


—No lo había oído —contestó ella, con una mano en el cuello.


—Empezaba a hacer calor ahí dentro —se pasó el dedo por el cuello de la camisa—. El aire fresco sienta muy bien.


—Sí, así es —corroboró ella unos segundos después. Lo observó un momento—. Disculpe —dijo y se encaminó hacia los escalones que llevaban a la casa.


—Es la esposa de Jorge Chaves, ¿verdad? —preguntó él, ignorando de nuevo la voz que le decía que la dejase marchar.


Ella se detuvo en el tercer escalón, y se volvió hacia él, en silencio.


—Soy Pedro Alfonso —añadió él—. Ramiro acaba de contratarme. Trabajaré con su marido.


Ella lo miró un momento y él percibió algo en sus ojos que no supo identificar. Desaprobación, quizá. Tras tomar aire, el rostro se volvió inexpresivo. Él pensó que casi prefería la desaprobación, pero sintió una intensa curiosidad. Interesante.


—Felicidades, señor Alfonso —reemprendió su camino—. Tengo que marcharme.


Pedro había creído que no quedaba mucho en el mundo que pudiera molestarle. Durante nueve años había visto a todo tipo de locos pasar por su despacho, lanzándole insultos que erizarían el vello a la mayoría de la gente. No entendía por qué le molestaba el tono de voz de esa mujer. Tal vez porque parecía haberlo enjuiciado, y quería saber la razón.


—¿He dicho algo que la ofendiera, señora Chaves?


La pregunta hizo que se detuviera de nuevo. Giró lentamente y desanduvo parte del camino. Echó un vistazo rápido hacia la casa, por encima del hombro.


—No sé qué lo ha llevado a pensar eso.


—¿Por qué no empezamos de nuevo? —él le ofreció la mano—. Soy Pedro Alfonso.


—Paula Chaves —con desgana, ella la aceptó.


En su voz se captaba la suavidad sureña. Pero incluso en la penumbra, fueron sus ojos los que lo atraparon. Ojos heridos. Como si ocultaran cicatrices muy profundas.


Ella lanzó otra ojeada hacia la puerta y luego avanzó más hacia la oscuridad, junto al muro de roca que tenían a sus espaldas.


—Toda esa gente… llega a ser agobiante.


Sin saber por qué, aparte de que era la esposa del cliente más importante de su nueva empresa, se sentía intranquilo estando allí con ella. Hacía mucho que no le incomodaba la presencia de una mujer.


—Sí —admitió por fin—. Esa gente puede ser un poco… —se interrumpió, decidiendo que ella no era la persona adecuada para revelarle sus verdaderos sentimientos respecto a la fiesta.


—¿Presuntuosa? —ofreció ella, sorprendiéndolo.


—Usted lo ha dicho —ladeó la cabeza un poco.


—Sí. Lo he dicho yo.


—Pero la música es buena —la música les llegaba por los altavoces de la parte de atrás de la casa. La orquesta debía de estar tomándose un descanso.


Ella volvió a mirar la puerta.


—Veamos —él apoyó la cadera en el muro y cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Tiene alguna resolución para el Año Nuevo?


—Sólo una —contestó ella, tras un largo silencio.


—Yo he hecho una o dos, a pesar de mi cinismo —ofreció él, al ver que no le devolvía la pregunta—. ¿Cree que cumplirá la suya?


—Sí —replicó ella con el rostro serio y tenso.


Se abrió una puerta. Las risas de la fiesta se oyeron en la noche. Paula, sobresaltada, avanzó más hacia las sombras.


Un hombre cruzó la terraza, se detuvo bajo una farola y encendió un cigarrillo.


—¿Está bien? —preguntó Pedro.


—Sí, gracias. Pero debo irme.


Él no pudo explicarse la decepción que sintió. No había nada lógico en la inmediata conexión que había sentido con esa mujer. No sabía nada de ella; sin embargo, inexplicablemente, deseaba saberlo todo.


Rodeándolo, ella corrió escaleras arriba.


—¡Espere! —alzó una mano.


Ella siguió. Y no volvió la vista atrás.



*****


El viaje de vuelta a casa fue silencioso.


En el asiento trasero de la limusina, la atmósfera era pesada como una tarde de verano en Georgia, antes de una tormenta. Paula ocultaba el rostro mirando por la ventanilla.


Sería muy fácil abrir la puerta y lanzarse a la carretera. Y muy cobarde. Eso sólo pondría fin a su sufrimiento. Si fuera tan sencillo, tal vez lo habría hecho mucho tiempo atrás.


Pero estaba Santy.


Cuando el coche se detuvo ante la casa, el conductor les abrió la puerta. Jorge bajó y esperó a que Paula lo siguiera.


—Buenas noches, Thomas —dijo Jorge.


—Buenas noches, señor Chaves. Señora Chaves.


—Buenas noches —Paula fue hacia la puerta de entrada sin esperar a Jorge. Intentaba introducir la llave en la cerradura cuando él se la arrancó de la mano, la clavó en el agujero y abrió con un empujón.


Marsha Lynch, la niñera, apareció en el vestíbulo, llevándose la mano al cuello.


—Ah. Hola, señor y señora Chaves. Al principio temí que no fueran ustedes.


—¿Todo bien, Marsha? —Paula forzó una sonrisa.


—Perfecto. Lleva horas dormido.


Jorge sacó la cartera, pagó a la chica y la despidió con un brusco «buenas noches».


—Llámenme cuando quieran —dijo Marsha, con incertidumbre. Salió y cerró la puerta a su espalda.


Jorge dejó caer su llavero en la consola de la entrada, y el ruido reverberó por toda la casa.


—Jorge, por favor… —musitó ella—. Santy…


—¡Santy! —clamó él—. ¿Es que sólo puedes pensar en Santy? —pronunció el nombre del niño con desdén. Siempre había insistido en que lo llamara Santiago. Le airaba que Paula, por desliz, utilizara el nombre que ella prefería. Fue hacia el salón, se quitó la chaqueta, y la lanzó sobre el respaldo del sofá de cuero.


Paula se quedó en el vestíbulo unos segundos, con los ojos cerrados y un nudo en el estómago. Después fue hacia la escalera. Todavía podía evitarlo. Si lo dejaba en paz, quizá se calmaría. Siempre hacía el mismo razonamiento, aunque los episodios eran como una tormenta que viniera del mar. 


No podía hacer otra cosa que esperar su llegada.


—¿Adonde crees que vas? —dijo él, con voz más alta. Si corría arriba, la seguiría, tiraría la puerta abajo, si fuera necesario. Y Santy se despertaría…


Se detuvo con una mano en la barandilla, giró y se obligó a volver al salón, utilizando toda su fuerza de voluntad.


—Jorge, vamos a la cama. Estoy cansada, y… —le sugirió desde la puerta.


—¿Tan agotadora resultó tu pequeña reunión en la terraza? —preguntó él, sirviéndose whisky escocés en un vaso. Su voz tenía un inquietante tono tranquilo.


—No sé de qué estás hablando.


Él tomó un sorbo de licor, se sirvió un poco más y cruzó la habitación. Sus zapatos resonaron amenazadores en el suelo de madera.


—No estoy de humor para juegos, Paula.


—Salí a tomar un poco de aire fresco. Nada más.


—Aire fresco —repitió él con sarcasmo—. Y el nuevo socio de Webster apareció allí por casualidad.


Paula titubeó, buscando una respuesta que la salvara. Pero no había respuesta. Daría igual lo que dijera. Intentó razonar.


—Salió un par de minutos. Se presentó y me dijo que trabajaría contigo. Eso es todo.


—Sé muy bien cuánto tiempo estuviste allí fuera —Jorge se acercó, entrecerrando los ojos.


Ella se enfrentó a la dura mirada de sus ojos, deseando retarlo. Preguntar si la había visto desde el dormitorio de Lorena. Se mordió los labios para no hacerlo.


—¿Acaso creíste que iba a fijarse en ti? —la miró de arriba abajo—. Me avergonzó que me vieran contigo. No había una sola mujer que no tuviera mejor aspecto que tú esta noche. ¿Cuándo vas a desarrollar algo de gusto? Ya no vives con esa palurda familia tuya.


Ella empezó a recordarle que él había elegido el vestido, pero él la agarró del brazo y pegó un tirón.


—¡Jorge, para! —suplicó ella, tragándose un gemido; casi le había desencajado el hombro.


—Pararé cuando yo quiera —con el dorso de la mano, la golpeó en el cuello. Ella sintió un latigazo de dolor insoportable. Gimió. Antes de que pudiera erguirse, la tiró hacia el sofá. Ella cayó al suelo de medio lado; el hombro, ya dolorido, soportó todo el golpe. Se mordió el labio para no gritar.


Santy. Tenía que pensar en Santy. Estaba arriba. «Por favor, no bajes. Por favor», pensó.


Jorge la levantó de un tirón y la lanzó contra la pared, que ella golpeó con el mismo hombro. Pero esa vez no pudo contener el grito de dolor. Se derrumbó en el suelo, colocó la cabeza entre las piernas y rodeó su cuerpo con los brazos, rezando para no sentir más.


—Esto no ocurriría si me escucharas. ¿Cuántas veces te lo he dicho? Y Santiago. Es igual que tú. Ninguno de los dos escucháis lo que digo.


Para su vergüenza, Paula estaba llorando. Se había jurado no hacerlo más. Llorar era una debilidad. Era lo que él pretendía.


Entonces él le dio una patada en la cadera izquierda. Ella mantuvo los brazos alrededor del cuerpo y la cabeza entre las rodillas, rezando para que acabase pronto. «Puedo soportarlo. Una vez más. Oh, Dios, Dios, por favor haz que pare. Por favor, no me obligues a dejar solo a mi hijo».


«Por faavoooor».


La palabra resonó una vez en su cabeza, y luego se hizo la oscuridad




LA VIDA QUE NO SOÑE: CAPITULO 5




Lorena Webster estaba en medio de su dormitorio de infancia, bebiendo su segunda copa de vino. Era ridículo, pero la habitación seguía pintada de rosa y blanco, y sus viejos juguetes estaban ordenados en estanterías, junto a la cama.


Miró su reloj. Él se retrasaba. Habían acordado verse a las diez y media. De eso hacía casi una hora.


La paciencia nunca había sido una de sus virtudes. Lorena odiaba que la hiciesen esperar. En su condición de hija única, hasta ese momento la gratificación inmediata había sido una constante en su vida, y no sabía conformarse con menos. Sus padres solían desvivirse para cumplir todos sus caprichos.


Y tenía muchos. El más reciente, su gusto por la ropa de Prada, que había satisfecho en viaje de fin de semana a Manhattan, agotando su visa platino.


Era obvio que su padre aún no había recibido la factura. No le había estallado ninguna vena.


En realidad sus padres eran felices dándole cosas. Eran ellos los que habían instaurado el sistema. «No, Lorena, no podremos ir a verte en la exhibición de salto este fin de semana; pero si lo haces bien, hablaremos de ese nuevo pony que querías».


Había aprendido el valor del soborno a muy corta edad. Y siempre había sido buena estudiante.


Fue al tocador y se pasó una brocha de pelo de marta por la nariz y la barbilla. Se examinó en el espejo y le gustó lo que vio. Nariz pequeña, boca llena, pelo oscuro hasta la barbilla, con sutiles reflejos, cortesía del mejor peluquero de la avenida Madison. Los hombres la admiraban al verla pasar. 


Habría sido muy fácil tener una cita esa noche, y sin embargo allí estaba, esperando.


Llamaron a la puerta.


—Adelante —Lorena alzó la copa de vino y borró de su rostro toda expresión, excepto la indiferencia.


La puerta se abrió. Vio a Jorge en el umbral, silueteado por la luz del pasillo. Él entró y cerró la puerta.


—Ya no contaba con verte.


—Lo siento —dijo él, pero no parecía arrepentido.


Ella controló su irritación, negándose a mostrarla. Llevaba deseándolo desde los dieciséis años. Había empezado a flirtear con él en las fiestas de sus padres, rozándolo con un brazo, captando su mirada. Incitarlo había sido como tirar una cerilla a un charco de gasolina, deseando que prendiera pero sin saber cómo apagar el fuego una vez que se iniciara.


Había tardado seis años en conseguir que prendiera la llama. A veces no estaba segura de controlar lo que había provocado. Pero le gustaba intentarlo.


Cruzó la habitación e introdujo la mano bajo su camisa blanca.


—No tengo mucho tiempo —dijo él, mirándola con un destello de pasión en los ojos.


A Lorena le gustaba eso.


Deslizó las tiras que sujetaban su vestido, que cayó al suelo. 


Debajo estaba desnuda.


La boca de Jorge encontró la curva de su cuello y lo mordisqueó, detrás de la oreja.


No había mucha luz en la habitación, pero las cortinas estaban abiertas y se oía el ruido de la fiesta. Él la llevó hacia la ventana, besándola con tanta fuerza que ella notó el principio de un cardenal en los labios.


Cualquiera que alzase la vista desde fuera los vería con toda claridad.


A Lorena también le gustaba eso.




LA VIDA QUE NO SOÑE: CAPITULO 4




Pedro, aislado en la fiesta de los Webster, se recordó que debía socializar. Como nuevo socio de Webster & Asociados, había sido invitado para relacionarse con posibles nuevos clientes.


Pero se sentía fuera de su elemento. Y mucho. Estaba rodeado por la élite de la sociedad de Atlanta. Directores ejecutivos quejándose de la Bolsa. Abogados jactándose de cuánto hacían trabajar a sus nuevos ayudantes. Una actriz luciendo su última operación estética.


Tras la fiesta sorpresa había ido a casa a cambiarse. Echó un vistazo a su recién estrenado esmoquin, preguntándose si le quedaba tan mal como le hacía sentir. Nunca había sido hombre de esmoquin, pero tampoco se había imaginado trabajando para uno de los bufetes más importantes de la ciudad. Las cosas cambiaban. Las personas cambiaban.


Dejó que su mirada vagara por el salón, fijándose en dos mujeres que, como él, estaban alejadas de la gente, charlando. A la izquierda, Silvia Webster, a quien había conocido unos días antes en la oficina de Ramiro. Agradable, pero demasiado ansiosa por complacer a su marido en todo.


La mujer que había con ella le resultaba familiar, pero no sabía por qué. Bellísima. Pero su rostro denotaba algo más, que le intrigó. Daba la impresión de, al igual que él, tolerar la fiesta más que disfrutarla.


Miró su mano izquierda. Llevaba alianza.


—Aquí estás, Pedro —Ramiro Webster se acercó entre la gente, seguido por un hombre—. Quiero que conozcas a unos de nuestros clientes más importantes. Jorge Chaves, este es Pedro Alfonso, nuestro socio más reciente en W&A.


Chaves extendió el brazo y le dio un apretón de manos firme, autoritario. Medía casi un metro ochenta y daba la impresión de ser un hombre acostumbrado a que le prestaran atención. A Pedro le recordó a un semental que había visto con un grupo de yeguas cuando era niño. Con una sola mirada, ese semental dejaba clara su posición a cualquiera que lo amenazara. Retándolos a atreverse.


—Encantado de conocerte, Pedro —dijo, con voz suave y receptiva.


—Es un placer, señor Chaves. Estoy deseando trabajar con usted.


—Jorge, por favor. Supongo que será un gran cambio después de dedicarse a crímenes y delitos.


—Cuento con ello —replicó Pedro.


—Tendremos más que suficiente trabajo para mantenerte ocupado —Chaves sostuvo su mirada un instante, después sonrió y mencionó algunas de las cosas que tenían en marcha: un juicio con una compañía de Savannah y otro par de casos igual de inofensivos. Pero eso era precisamente lo que buscaba Pedro.


Casos inofensivos.



****


Paula estaba en un extremo de la enorme sala de los Webster, donde sonaba una canción de Colé Porter que irritaba sus ya sensibilizados nervios.


Silvia se había excusado y había ido a comprobar cómo iban las existencias de champaña. Paula había agradecido liberarse de su inquisitiva mirada.


Miró a su alrededor buscando a Jorge. Unos minutos antes lo había visto junto al bar, charlando con Ramiro y un hombre más joven a quien no conocía.


Vio a Jorge a los pies de la curva escalera de mármol. Él se ajustó la pajarita y subió los escalones de dos en dos.


A Paula se le contrajeron los pulmones por falta de aire. Fue hacia la parte trasera de la casa y salió a disfrutar del aire nocturno





domingo, 17 de diciembre de 2017

LA VIDA QUE NO SOÑE: CAPITULO 3





Paula y Jorge llegaron a casa de los Webster poco después de las nueve. Ella sólo podía pensar que Jorge pretendía llevar lejos a Santy y anhelaba el fin de la velada, para poder quedarse a solas con sus pensamientos y convencerse de que su plan funcionaría.


Una fila de coches de altos vuelos, Bentleys, BMWs, Ferraris, ocupaba la calzada. Los focos iluminaban la enorme mansión. Tomas detuvo el coche ante la entrada y abrió la puerta trasera de la limusina Mercedes. Jorge bajó y le ofreció una mano. Ella la ignoró. Él frunció el ceño un milisegundo y luego sonrió.


—Te llamaré al móvil cuando estemos listos para volver a casa, Tomas —dijo.


—Sí, señor —asintió Tomas.


Jorge rodeó la cintura de Paula con un brazo y, posesivo, la atrajo hacia así, obligándola a caminar junto a él. Era una representación que había perfeccionado. Los Chaves: pareja felizmente casada. Marido amantísimo. Esposa mimada.


Ramiro y Silvia Webster estaban en el umbral. Ramiro un ex levantador de pesas que había dejado que se le ablandaran los músculos, solía llevar trajes un poco apretados como si fuera incapaz de admitir que ya necesitaba una talla mas. Silvia, cinco centímetros más alta que su marido, era la viva imagen de la elegancia; llevaba el pelo oscuro recogido con un pasador de diamantes y un vestido rojo de seda que acariciaba cada una de sus ejercitadas curvas.


La casa de los Webster, una de las mejores de Atlanta, tenía piscina interior, pista de frontón y un inmenso salón de baile, donde se celebraba la fiesta. Una prueba de que la discreción era muy lucrativa.


—Hola, Jorge, Paula —Ramiro le dio la mano a Jorge y luego se inclinó para rozar la mejilla de Paula con los labios. Sus ojos se encontraron, pero él movió la cabeza, evitando su mirada, mientras saludaba a Silvia.


Riendo por algo que Jorge le había susurrado al oído, Silvia se volvió hacia Paula.


—Vamos a por algo de beber y te hablaré del fabuloso modisto que he descubierto. Opino que sus creaciones te quedarían perfectas.


—Luego te buscaré —dio Jorge, con voz grave.


Paula siguió a la otra mujer por el vestíbulo. La escalera estaba decorada con poinsetias rojas. De la barandilla colgaban guirnaldas de hojas de magnolia, que también adornaban la entrada al salón de baile. Las lámparas de araña creaban destellos en las botellas de Dom Perignon y las copas de cristal. Un cantante, vestido de esmoquin, entonaba una melodía de Sinatra, situado ante una pequeña orquesta.


—Me encanta el abrigo —comentó Silvia, acariciando la manga del visón de Paula.


—Gracias —Paula se lo entregó a un mayordomo. Ella lo odiaba. Y se despreciaba a sí misma por llevarlo puesto, cuando siempre le había repugnado la idea de que mataran animales por su piel. Pero, sobre todo, odiaba el abrigo porque había sido una de las extravagantes disculpas de Jorge. Una de muchas.


—Te eché de menos en el desfile de modas de ayer —Silvia le pasó una copa de champaña—. Algunos de los modelos náuticos eran para morirse.


—¿No me digas? —Paula tomó un sorbo, sin mirarla.


—Ojalá pudiera permitirme tu indiferencia —Silvia emitió un ruidito de desagrado—. Pero tú estarías fantástica aunque te pusieras un saco encima.


Paula se preguntó qué habría dicho Silvia si le contara lo que ella veía al mirarse al espejo.


—¿Encontraste algo para tu crucero a St. Barts? —preguntó, obligándose a hacer conversación.


—Unas cuantas cosas —Silvia se animó—. Pero ahora estoy penando en la gala del Hospicio Martin, el día dos. Sigues pensando en ir, ¿verdad?


Lo cierto era que ella lo había olvidado. Jorge le había llevado la invitación y sugerido que fuese con Silvia. Era bueno dejarse ver en ese tipo de eventos. Paula habría preferido hacer una donación anónima, pero él no quería que desperdiciase la oportunidad de obtener el reconocimiento público.


—Yo… sí —contestó.


—Es una gala benéfica, claro, pero tengo entendido que Neiman ha reservado parte de su colección de primavera para donarla.


—Que generoso —comentó Paula.


Silvia procedió a contarle cómo Carol Estings virtualmente le había arrancado de la mano un bañador de Dolce & Gabbana la semana anterior, cuando estaban de compras en Saks.


Paula emitió los ruiditos de interés apropiados, mientras deseaba poder acelerar el paso del tiempo. Dejar atrás el inevitable desenlace de la noche. Incluso si se quedaba sola en una esquina, algo serviría de detonante. Un camarero que le sonriera al pasar, un hombre casado que le preguntase dónde quedaba el cuarto de baño.


No tenía por qué tener sentido. Rara vez lo tenía. El desenlace era inevitable.