jueves, 25 de febrero de 2016

EL SECRETO: CAPITULO 9






Pedro iba más despacio de lo habitual. Conocía el camino al pueblo, pero la gruesa capa de nieve caída lo obligaba a ir con cuidado.


¿En qué demonios pensaba ella para salir así cuando cabía la posibilidad de que se perdiera?


Trató de avanzar lo más rápidamente posible buscando al mismo tiempo a alguien que tuviera problemas o que fuera a paso de tortuga mientras trataba de orientarse.


Nada.


Las pistas estaban prácticamente vacías. La temporada alta había acabado y la nieve caída había evitado que muchos esquiadores salieran.


Al cabo de veinte minutos divisó el pueblo, un conjunto de tiendas, restaurantes, bares y cafés.


No había pensado en ir allí, sino en dedicarse a esquiar y proteger su intimidad. Era un pueblo pequeño y él era su visitante más rico.


Maldiciendo en voz baja, ya que no sabía qué había ido ella a comprar cuando en la casa había comida suficiente para sobrevivir a una guerra nuclear, se resignó a buscarla de puerta en puerta.


Lo reconocieron en cuanto entró en la primera tienda y fueron parándolo mientras recorría el pueblo.


En algún sitio habría alguien con una cámara. El lugar era un imán para los paparazis.


La encontró en el último café, sentada frente a una taza de chocolate mientras contemplaba la tormenta de nieve, más fresca que una lechuga mientras él llevaba una hora buscándola.


Al entrar en el café, el dueño lo reconoció de inmediato. Ella también lo vio y frunció el ceño ante la deferencia del dueño del local, que prácticamente le hizo una reverencia al alejarse.


Pedro no le prestó atención y se dirigió hacia ella a grandes zancadas.


–¿Qué demonios haces?


–Tomarme una taza de chocolate.


–¿Eres idiota? –le espetó él, lleno de ira–. ¿No te has dado cuenta de lo que pasa ahí fuera? Vámonos ahora mismo.


–¡Ni se te ocurra darme órdenes!


Pedro se inclinó hacia ella apoyando las manos en la mesa.


El café estaba medio vacío, pero los escasos clientes habían comenzado a susurrar mientras los miraban.


¿Cómo se atrevía a darle órdenes? ¿Y aquel era el tipo que la había escuchado mientras le contaba su vida?, ¿el que le había dado pocos pero valiosos consejos?, ¿el que la había ayudado a poner en perspectiva la ruptura de su compromiso?


¿Dónde estaba aquel hombre? En su lugar, un desconocido trataba de mangonearla al tiempo que la avergonzaba ante el resto de la clientela.


–No te estoy dando órdenes, sino pidiéndote educada pero firmemente que te acabes el chocolate y que nos vayamos, a no ser que quieras pasar la noche en un hotel.


–¡No te he pedido que vinieras a rescatarme! –replicó ella, aunque sabía que Pedro tenía razón.


No se había dado cuenta de cómo había empeorado el ti9731.y debería haberlo hecho, pues sabía lo que significaba por haberse criado en Escocia. Pero había estado absorta en sus pensamientos.


–Y, para que lo sepas, no estaba así cuando he salido.


Él no contestó. Se separó de la mesa creyendo que ella lo seguiría. Y fue lo que hizo.


–No he pagado.


–No hace falta –dijo el dueño.


Paula se quedó atónita.

–¿Cómo dice?


–El señor Alfonso es un cliente muy especial.


–¿Un cliente muy especial?


Paula estuvo a punto de soltar una carcajada mientras se preguntaba qué habría hecho un simple monitor de esquí para que lo calificaran así.


–¡Basta, Jacques! –Pedro sonrió forzadamente al tiempo que sentía la curiosidad que emanaba de ella–. Se te pagará, como es natural –se volvió hacia Paula–. ¿Has tomado algo más? ¿No? En ese caso, ponlo en mi cuenta, Jacques.


Ella salió del café detrás de él.


–Discúlpame porque hayas tenido que venir a toda prisa a buscarme –dijo ella de mala gana mientras comenzaban a subir por la colina–. Ya te he dicho que el tiempo era mucho mejor cuando he salido.


–Y cuando empeora, te quedas tan tranquila tomando un chocolate –Pedro se volvió hacia ella con las mandíbulas apretadas–. No me dedico a rescatar a personas, así que, si quieres arriesgar la vida, haz el favor de esperar a que me vaya. Entonces, podrás hacer con ella lo que quieras.


No era un comentario justo, pero no estaba dispuesto a retractarse. Cuando se esquiaba, había que estar alerta. Un movimiento en falso y se podía poner en peligro no solo la propia vida, sino también la de otros.


–No soy responsable de ti cuando sales –observó él con frialdad.


–¡No te he pedido que lo seas! –exclamó ella enfadada.


Pero Pedro tenía razón. Debería haber estado más atenta. 


Se había disculpado, pero él no había aceptado sus disculpas.


¿Qué le pasaba que no entendía a los hombres? Pedro le había mostrado su lado encantador y divertido y la había cautivado y desarmado. Creía que su reciente experiencia la había endurecido y la había hecho más precavida a la hora de creerse los motivos ajenos, pero no era así.


Parecía que todo iba bien cuando ella cocinaba y limpiaba como una criada. Y cuando hablaba de sí misma, él la escuchaba, aunque, ¿qué otra posibilidad tenía cuando estaban en la misma habitación? Pero pobre de ella si creía que eso implicaba que a Pedro le caía bien.


Ella se fiaba de la gente. Siempre lo había hecho. Haberse criado en un pueblo perdido de Escocia donde todos se conocían no la había preparado para estar en guardia.


 ¿Cuántos desengaños se necesitaban para aprender que ser de naturaleza confiada conducía a la decepción, sobre todo con el sexo opuesto?


De vuelta al chalé, Paula fue a ducharse. Después se puso unos vaqueros y un jersey y se recogió el cabello en una trenza.


Se miró al espejo durante unos segundos.


No recordaba haber envidiado a ninguna de sus amigas de la adolescencia ni había tenido sus mismos intereses: los chicos, la ropa y el maquillaje. Le divertía la cantidad de tiempo que dedicaban a ponerse guapas y a atraer a los chicos. Le parecía una pérdida de tiempo. Sin embargo, estaba segura de que se habrían convertido en mujeres espabiladas que habrían detectado que los tipos como Roberto eran mentirosos y que los tipos como Pedro eran arrogantes y creían que podían hacer lo que quisieran con el sexo opuesto.


Pedro no era celoso ni rescataba a nadie, y habría otro montón de cosas que no sería ni haría. En realidad, hacía lo que le daba la gana sin importarle los sentimientos ajenos.


No era aún la hora de comer y nevaba copiosamente. 


Cuando Paula bajó, Pedro estaba en la cocina tomándose un café.


Durante el trayecto de vuelta se había refugiado en un silencio obstinado, sin mirar a Paula, mientras el funicular los transportaba a la cima de la colina. Ella no había tratado de entablar conversación ni de hacerle abandonar su mal humor.


–Tal vez debería haber sido menos… insistente –dijo mientras ella evitaba mirarlo–. Pero no conoces la zona ni lo rápidas y peligrosas que son aquí las tormentas de nieve.


Era lo más cercano a una disculpa que estaba dispuesto a ofrecerle, mucho más de lo que le hubiera ofrecido a nadie.


–¿Consideras eso una disculpa? –preguntó ella volviéndose a mirarlo.


Él también se había duchado y cambiado de ropa, pero no se había afeitado.


Tenía un aspecto magnífico, lo que hizo que se sintiera aún más estúpida al haber pensado que era un tipo agradable. 


¿Desde cuándo los hombres guapos eran agradables?


–Porque, si es así –prosiguió ella al tiempo que se cruzaba de brazos–, resulta lamentable. Te he dicho que sentía no haber estado atenta al tiempo, pero he salido muy pronto para poder esquiar antes de bajar al pueblo. Y, sí, nevaba, pero no como ahora.


–No voy a discutir si debías o no esquiar con mal tiempo.


–Y… –añadió ella.


–¿Todavía hay más?


–No tenías derecho a irrumpir en el café y empezar a darme órdenes como si fueras mi amo y señor.


–No he dicho que lo fuera.


–Mi ex me tomó por una idiota y no he venido hasta aquí para que un completo desconocido prosiga donde él lo dejó.


De acuerdo, era una afirmación algo exagerada, pero cuanto más pensaba en que había creído que Pedro era un buen tipo, más crecía su irritación, sobre todo al recordar que él le había dicho que lo siguiera o que se buscara un hotel.


Pedro, por su parte, esperaba una disculpa, después de haberse preocupado porque estuviera perdida en la nieve, y, en lugar de eso, ella tenía la desfachatez de compararlo con un exnovio que se había liado con su mejor amiga.


–¿Así que ahora soy igual que el tipo que te estuvo dando falsas esperanzas antes de que lo pillaras en la cama con tu mejor amiga?


–Solo es una comparación –afirmó ella al tiempo que se servía un café.


¡Qué típico! Él era un encanto cuando ella obedecía sus normas, pero, en cuanto expresaba una opinión que no coincidía con la suya, en cuanto se plantaba y se negaba a que la tratara como a una niña, era incapaz de comprender su punto de vista.


–Es una comparación ridícula y no quiero seguir hablando de eso. Las líneas telefónicas no funcionan. Parece que me tendré que quedar algo más de lo que había previsto, por lo que podrías abandonar el malhumor, ya que el ambiente puede cargarse demasiado.


¿De verdad se había planteado acostarse con aquella mujer? ¿Había una candidata menos apropiada?


La miró con exasperación. ¿Había un ser humano más falto de lógica y más temperamental? Estaba tan contenta hablando de su vida largo y tendido y, de pronto, explotaba como si la hubiera ofendido por haber salido amablemente a buscarla.


–Supongo que eres así con todas las que caen rendidas a tus pies –le espetó Paula sentándose a la mesa, con la taza en la mano.


–¿Quieres seguir con esta inútil discusión? ¿Cómo soy?


Se preguntó por qué seguía discutiendo cuando nada le impedía levantarse y marcharse.


–¿Cómo soy con todas esas mujeres que caen rendidas a mis pies?


No le gustaban las escenas histriónicas. De hecho, que una mujer tuviera un ataque de nervios le parecía inaceptable. 


Las mujeres debían ser sumisas, complacientes, una fuente de placer sin contrapartidas para descansar de la ferocidad y el estrés de la vida laboral.


Se dijo que el único motivo por el que soportaba a Paula en ese momento era porque no era su novia.


Por otra parte, tampoco tenía elección, ya que los dos estaban bajo el mismo techo.


«Pero podrías marcharte», le susurró una vocecita en su interior. Pedro no le prestó atención. No era el momento idóneo para irse.


–¡Prepotente e irritante!


–¿Me estás diciendo que te parezco irritante?


–Crees que puedes hacer lo que te dé la gana por tu aspecto.


Pedro sonrió lentamente y a ella se le aceleró el pulso.


–¿Es un cumplido?


–No. Estoy segura de que engatusas a las mujeres porque puedes.


Pedro reprimió un gemido.


–Eres como un perro royendo un hueso.


–¿Es un cumplido? –Paula lo imitó y él volvió a sonreír.


¿Cómo iba a seguir enfadada con él cuando le sonreía así? ¿Cómo iba a recordar lo arrogante y estúpido que podía ser?


Pedro ladeó la cabeza como si estuviera reflexionando sobre la pregunta.


–Posiblemente. Me sorprende que duraras en un empleo en el que recibías órdenes.


Paula lo fulminó con la mirada. Se había tenido que morder la lengua muchas veces para trabajar en una cocina calurosa, con poco personal y en la que nunca le habían dado la oportunidad de crear algo.


–Todo tiene sus ventajas –afirmó él como si le hubiera leído el pensamiento–. Puedes malgastar el tiempo compadeciéndote de ti misma y lamentando el trabajo perdido…


–¡No me he lamentado!


–Claro que sí. O puedes considerarlo algo bueno: ya no tienes que recibir órdenes de alguien que no te cae especialmente bien en un trabajo que, de todos modos, no te iba a llevar a ninguna parte. Y volviendo a tu generalización de que engatuso a las mujeres porque puedo, creo que lo más sensato será que refute ese mito antes de que se convierta en otro motivo de discusión.


–No me interesa que…


–Pues más vale que empiece a interesarte porque, sinceramente, a mí no me interesaba oírte cuando me has comparado con el miserable que te ha abandonado.


Paula se sonrojó porque sabía que había sido injusta.


–Te has comportado de forma prepotente… –comenzó a decir con voz débil en su defensa. Pero la frialdad de la mirada masculina aumentó y se calló.


–Ya te he dicho que no me acostaría con una mujer que tuviera una relación sentimental con otro. Del mismo modo, tampoco lo haría si fuera yo el que la tuviera. La sola idea me repugna, por lo que no puedo ser más diferente del canalla con el que te ibas a casar. Cuando salgo con una mujer, ella sabe perfectamente que no voy a irme con otra ni a mirar a otra.


Paula sintió un escalofrío ante el tono posesivo de su voz. Se preguntó cómo sería que ella fuera el objeto de ese sentimiento de posesión, que aquel hombre poderoso centrase la atención exclusivamente en ella.


Sintió un cosquilleo en todo el cuerpo y la invadió una oleada de deseo.


–Y no eres celoso.


–No he tenido motivos.


–¿Porque a todas esas mujeres que corren hacia ti en cuanto chasqueas los dedos no se les ocurriría dártelos?


Pensó en cómo lo habían mirado todos en el café y en la calle.


–No, porque tengo que conocer a una que me interese lo suficiente –contestó él sin rodeos.


Agarró el móvil buscando la señal que podría aparecer en cualquier momento. Esperaba que las líneas telefónicas no tardaran en funcionar de nuevo.


Era lo que siempre afirmaban quienes eludían el compromiso, pensó Paula. A los hombres que podían tener a las mujeres que quisieran no les interesaba sentar la cabeza con una. ¿Por qué iban a elegir un solo tipo de caramelo cuando había tantas cajas de donde escoger?


Ni siquiera quería hablar con ella del asunto. Examinaba el teléfono para ver si había señal. Estaba desesperado por conectarse con el mundo real.


–¿Te aburro?


Pedro la miró.


–Eres la mujer más exigente que conozco.


Ella se enfureció.


–¿Qué quieres decir?


–¿Sigues enfadada porque he ido a rescatarte?


–Deja de considerarte un caballero de brillante armadura –le espetó ella


Él la observó con expresión divertida.


–Veo que sigues enfadada. ¿Qué ha sido de la risueña Paula?


De repente, Paula vio con claridad lo que pensaba de ella. 


Mientras había hablado por los codos, confiando en él, emocionada por estar en compañía de un hombre que la escuchaba y que la hechizaba con su oscura belleza, él no había estado igual de embelesado, sino todo lo contrario. 


Ella solo lo había divertido con su alegre personalidad.


Dolida, apartó la vista.


–Disculpa –dijo él con aspereza–. Además de ser arrogante, a veces me comporto como un hombre de las cavernas.


Como ella no decía nada, le puso un dedo en la barbilla y la obligó a mirarlo.


Paula abrió mucho los ojos y sintió que se derretía. Apenas podía respirar. Separó los labios, los pezones se le endurecieron y sintió humedad entre las piernas.


–Vaya, ten cuidado al mirar así a un hombre –afirmó él con brusquedad. Pero no retiró el dedo.


Hacía tiempo que el deseo se le había batido en retirada. La historia con su ex le había dejado un amargo sabor de boca y se había sumergido en el trabajo porque le suponía un alivio ante las quejas y exigencias de una mujer que no quería dejarlo en paz.


Paula, en su cándida ignorancia de su verdadera identidad, con su naturaleza abierta y confiada y su risa fácil, había despertado su interés, a pesar de que se habían producido situaciones que hubieran hecho retroceder a cualquier otro.


–Olvídalo. No me interesa.


Se apartó y se puso de pie.


–Solo por curiosidad, ¿cuándo vas a marcharte?


Pedro oyó el zumbido del móvil, lo que indicaba que las líneas se habían recuperado. La normalidad se restablecería en veinticuatro horas. Aquel interludio acabaría y volvería a su vida controlada y predecible.


De todos modos, ¿desde cuándo le gustaban las sorpresas?, ¿desde cuándo le interesaba explorar algo que no se le presentara de forma predecible?


¿No había estado ya antes en aquella situación? ¿No había salido escaldado?


–Me lo estoy pensando.


–Entonces, sugiero que cada uno vaya a lo suyo. Si salgo a esquiar, espero que no mandes un equipo de rescate a buscarme si me retraso un par de horas.


Pedro negó con la cabeza al tiempo que cerraba los ojos.


–Exigente y cabezota.


–¿No será porque no me hace gracia que me pongas en ridículo en público?


Iba a seguir haciéndole reproches, pero el móvil le comenzó a pitar con la llegada de todo tipo de mensajes.




EL SECRETO: CAPITULO 8





Pedro no pensaba estar más de dos días allí.


Era todo el tiempo que podía permitirse, ya que en su vida no había sitio para vacaciones improvisadas.


La inesperada presencia de Paula, su frescura y sinceridad, lo estaban ayudando a recargar las pilas.


Al llegar el segundo día, ya había decidido quedarse otros dos más. La verdad era que se estaba divirtiendo, incluso le estaba gustando la norma que se había impuesto de mirar y no tocar. Le gustaba la represión que ejercía sobre sí mismo, ya que, cuanto más veía a Paula, más quería verla. Le gustaban su sinceridad y su forma de confiar en él.


Pero se podía saltar en cualquier momento la norma de reprimirse.


Él le gustaba. Lo había detectado por la forma en que le lanzaba miradas sensuales cuando creía que él no se daba cuenta; por la forma en que se quedaba inmóvil cuando él se le aproximaba demasiado, como si ordenara a su cuerpo que no revelara lo que sentía.


Era una situación estimulante.


Le hacía pensar que llevaba mucho tiempo sin enfrentarse a un desafío.


Su determinación de tener en cuenta que a ella le habían hecho daño y su deseo de no hacérselo también él comenzaban a flaquear.


En aquel momento, ella estaba preparando algo de comer y se estaría desplazando por la cocina con una ropa que realzaría su cuerpo, que ella no tenía en mucha estimación, a pesar de que ningún hombre con sangre en las venas dejaría de apreciar los generosos senos, la estrecha cintura y las anchas caderas.


¿No le vendría bien que un hombre, un hombre de verdad, no un pelele como su ex, le dijera lo sexy que era?
¿No aumentaría su autoestima al saber lo que era sentirse deseada? Por lo que ella había dado a entender, ella y su ex iban al cine, a pasear y a comer fuera. Un cortejo la mar de aburrido, que la mayor parte de las mujeres habrían rechazado al cabo de unos días.


Pero no Paula. Y puesto que el destino los había unido por unos días, ¿no le estaría haciendo un favor al demostrarle que era deseable?, ¿que podía tener al hombre que quisiera?


Pedro hizo una lista de las razones para acostarse con ella.
Bajó, pero la cocina estaba vacía. Había una nota en la encimera en la que Paula le decía que había ido al pueblo a comprar.


Él miró por la ventana. Estaba nevando mucho y parecía que se acercaba una tormenta de nieve. La línea que separaba el esquí seguro del peligroso era muy fina, pero ella esquiaba muy bien. Era la mejor compañera que había tenido. Esperaría a que regresara y, mientras, se pondría al día con el trabajo.


Pero no había conexión a Internet. Tampoco el móvil emitía señal alguna.


Esperó veinte minutos más y decidió ir a buscarla.


Lo más probable era que estuviera bien, pero cabía la posibilidad de que la repentina caída de nieve la hubiera desorientado, como solía ocurrirles a quienes no conocían aquellas montañas.


La experiencia no le servía de nada a un esquiador desorientado, que no conociera el terreno y reaccionara sin pensar inducido por el pánico.


Pedro dejó todo lo que estaba haciendo, se puso los esquís y salió.


Aquello era algo más que un poco de diversión durante un par de días. Deseaba a Paula. Cuando pensaba en que podía desaparecer sin que se hubiera acostado con ella…


Desechó todos los escrúpulos que lo habían retenido porque era un hombre habituado a conseguir lo que deseaba. ¿Y por qué iba a saltarse los hábitos de toda una vida?




EL SECRETO: CAPITULO 7




Horas después, al volver al chalé, el rostro de Paula estaba sofocado de felicidad.


El día esquiando había sido agotador, pero maravilloso. 


Hacía más de un año que no esquiaba de verdad. Lo había hecho con nieve artificial, pero nada era comparable a la sensación de euforia que se experimentaba en la cima de una montaña al contemplar aquella belleza blanca y desnuda.


Habían echado carreras. Ella era buena, pero, comparada con Pedro, que conocía aquellas montañas como la palma de la mano, parecía una novata.


Vestido totalmente de negro, gorro y gafas incluidas, estaba increíblemente sexy, y ella no había podido evitar mirarlo con frecuencia.


Habían hecho una pausa para comer en un café de la ciudad, lejos del barullo del centro, lleno de gente rica y famosa comprando en las caras tiendas que habían surgido para satisfacer sus necesidades.


Paula lo estaba pasando muy bien. Se sentía muy relajada tomándose un café y hablando a Pedro de su infancia, su amor por el deporte y su equipo de fútbol preferido. Le dijo que la había criado su abuela.


Era extraño, pero sabía que, de haberlo conocido en circunstancias normales, no se hubiera acercado a él. Pero allí, las cosas eran distintas. Se estaba recuperando de la humillación infligida y él era un oyente objetivo, ya que no la conocía.


–Las situaciones difíciles te fortalecen –había dicho él cuando ella le mencionó lo difícil que le sería volver a Londres, encontrar trabajo y otro inquilino para el piso ya que, de otro modo, no podría pagarlo.


Todo en él era sexy y, al final del día, Paula dejó de preguntarse cómo podía tener el corazón partido y, al mismo tiempo, estar abierta al alucinante magnetismo animal de Pedro.


El amor que ambos compartían por el esquí la había tranquilizado. Esquiando no se sentía inferior a las modelos que a los hombres les resultaban atractivas. Rebosaba seguridad en sí misma.




miércoles, 24 de febrero de 2016

EL SECRETO: CAPITULO 6





A la mañana siguiente, nevaba cuando se despertó. No había corrido las cortinas, por lo que pudo contemplar el paisaje. Se moría de ganas de salir y ponerse los esquís.


Lo primero que hizo fue llamar a su abuela para decirle que había llegado bien y que se había producido un ligero cambio de planes, lo cual le permitió no tener que mentirle sobre sus nuevas circunstancias. Después mandó un SMS a sus amigos para informarles de su llegada. Nada más.


Cuando bajó, fue recorriendo la casa hasta encontrar a Pedro sentado frente a un escritorio en una espaciosa habitación. Se detuvo en el umbral y lo miró. Había papeles esparcidos a su alrededor y miraba la pantalla de un ordenador portátil con el ceño fruncido.


–Vas a decirme que no te gusta que esté sentado aquí sin que lo sepa el dueño, ¿verdad? –dijo él sin apartar la vista de la pantalla.


Había tenido tiempo de preguntarse los motivos por los que había ofrecido a Paula que se quedara. Era una joven que trataba de recuperarse de la ruptura de una relación; en otras palabras, era vulnerable. Y él no se relacionaba ni con mujeres casadas ni con mujeres vulnerables.


¿Se debía a que su presencia suponía un cambio? Era una mujer estimulante y, además, no sabía quién era él ni lo que poseía. Pero ¿era eso suficiente para divertirse con ella?


Las palabras «vulnerable» y «sufrimiento» iban juntas.


Él era inmune, pero ella no. Él controlaba totalmente su vida emocional; ella no.


Y sin embargo, le atraía la idea de pasar dos días con ella. 


La miraría sin tocarla. Se reprimiría, algo que no había hecho nunca, pero que estaba seguro de poder controlar.


Necesitaba olvidarse de su madre y de una exnovia que no dejaba de importunarlo hasta rayar en el acoso.


Necesitaba olvidarse de Pedro Alfonso. Llevaba toda la vida ocupando una elevada posición social. No sabía en qué consistía ser una persona normal.


–¿Cómo lo sabes? –preguntó ella.


Seguía pareciéndole tan guapo como la noche anterior.


–Porque me parece que tienes el sentimiento de culpa muy desarrollado.


Pedro se levantó y la miró a la cara.


Paula llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta negra de manga larga que se ajustaba a cada curva de su pequeño y atractivo cuerpo.


–¿Qué haces?


Él apagó el ordenador.


–Trabajo.


–Ah. ¿Qué clase de trabajo? Ya me acuerdo. Esto y aquello. No fuiste muy específico. ¿Cuánto hace que te has levantado?


Aún no eran las nueve, pero él parecía fresco.


–Suelo levantarme a las seis.


–¿En serio? ¿Por qué?


Él se acercó hasta situarse frente a ella, por lo que tuvo que alzar la cabeza para mirarlo.


–¿Cómo que por qué?


–¿Por qué madrugas tanto si no es necesario? Yo me quedo en la cama todo lo que puedo.


–Me gusta estar despierto el máximo tiempo posible –explicó él mientras se dirigían a la cocina. Ni siquiera se quedaba en la cama cuando estaba acompañado de una mujer, a menos que estuvieran haciendo el amor. Lo consideraba una pérdida de tiempo.


La cocina estaba como la habían dejado. Paula miró a su alrededor, consternada.


–Te has levantado a las seis, has hecho café y no te has molestado en recoger.


–¿Qué le pasa a la cocina?


–Hay que guardar los platos, pasar una bayeta a las encimeras, no has metido la leche en la nevera…


Él se encogió de hombros.


–No entiendo que haya que guardar algo que después vamos a utilizar. ¿Y para qué vamos a fregar las encimeras? Salvo que hoy no vayamos a comer…


–¿Cómo te puede traer sin cuidado la propiedad ajena? Deberías respetar lo que no te pertenece.


–Te pones muy guapa cuando adoptas ese tono de superioridad moral.


Ella se cruzó de brazos.


–Puede que creas que eres el mejor tipo del mundo y que te aburras porque no estás trabajando con la familia Ramos, pero eso no te da derecho a flirtear conmigo simplemente porque estoy aquí.


–¿Quién flirtea? Es un hecho objetivo.


–No pienso ir limpiando detrás de ti como si fuera tu criada. Voy a relajarme y a tratar de olvidar lo que me ha pasado. No quiero ponerme en estado de alerta cada vez que apareces.


–No entiendo lo que dices. ¿Qué crees que voy a hacer?


–Creo que deberíamos establecer ciertos límites.


–De acuerdo. ¿Desayunamos antes de salir a esquiar? Hace muy buen tiempo. Podemos dejar esta conversación para después.


Él observó que vacilaba, pero, al final, la idea de esquiar pudo más y sonrió. Había recuperado el buen humor.


No tenía experiencia.


Era vulnerable.


Pedro pensó que era él quien debería establecer ciertos límites y prevenirla. En lo que se refería a las mujeres, era un depredador y, por mucho que ella lo divirtiera, no quería que lo tomara por un sustituto de su exprometido. Era una peligrosa posibilidad y una complicación de la que prefería prescindir.





EL SECRETO: CAPITULO 5





Se me acaba de ocurrir una cosa.


Paula  había lavado los platos mientras Pedro se encargaba de la cafetera, de la que consiguió extraer dos tazas de café. 


Ella pensó que, si se bebía la suya, estaría despierta toda la noche. Pero a él le había costado tanto prepararlo que no se atrevió a rechazarlo.


En la vida había conocido a alguien tan incompetente en la cocina. O tan falto de interés.


Habían vuelto al sofá. Ella se sentía menos incómoda, ya que tenía permiso para estar en la casa.


–Y supongo que es algo que me quieres contar.


Paula ya lo había reprendido por no ayudar en la cocina y, después, le había soltado un sermón sobre las maravillas del hombre moderno, que compartía las tareas domésticas, cocinaba, limpiaba y daba masajes en los pies a su amada.


Él le había dicho con toda sinceridad que no se le ocurría nada peor que hacer.


–Tendría que habértelo preguntado antes, pero tenía muchas cosas en la cabeza. Debería haberte preguntado si tienes una relación con alguien.


–¿Una relación?


–¿Estás casado? –le espetó ella–. No es que vaya a cambiar nada, porque los dos somos empleados en la misma casa. Pero no quisiera que tu esposa se preocupara.


–Te refieres a que no quieres que se ponga celosa.


–Bueno, ansiosa.


Así que estaba casado, a pesar de no llevar anillo. Muchos hombres no lo llevaban. Se sintió decepcionada. Pero ¿por qué no iba a estar casado? Era tremendamente sexy y de él emanaba una seguridad en sí mismo y una arrogancia que volvía locas a las mujeres.


–Es una idea interesante. Una esposa celosa y ansiosa que se preocupa porque su amado marido está en una casa con una completa desconocida –afirmó él conteniendo la risa.


En lo que se refería a comprometerse con una mujer, Pedro era el candidato menos adecuado. Había aprendido la lección.


Había sucedido quince años antes, cuando tenía diecinueve y ya mucha experiencia, pero no la suficiente para reconocer que se la estaban jugando. Era joven y arrogante y creía que las cazafortunas eran todas iguales: con melena, tacones altos y encantos evidentes.


Pero Betina Crew, de veintisiete años, casi ocho más que él, era todo lo contrario.


Había sido una niña rebelde que acudía a manifestaciones y pretendía cambiar el mundo. Lo había seducido por completo hasta que trató de engañarlo con un falso embarazo que él se tragó. Estuvo a punto de llevarla al altar.


Fue una casualidad que hallara la caja de píldoras anticonceptivas en el fondo de un cajón, y cuando se enfrentó a ella, las cosas acabaron mal.


Desde entonces, había dejado de creer que existiera el verdadero amor desinteresado, sobre todo cuando se sabía el saldo de su cuenta bancaria.


Tal vez sus padres se quisieran de verdad, pero habían empezado desde cero hasta llegar a amasar una fortuna. Su madre seguía creyendo en el amor verdadero y no quería desilusionarla, aunque sabía que cuando decidiera casarse no lo haría porque le hubieran herido las flechas de Cupido, sino después de haber llegado a un acuerdo de separación de bienes ante un abogado.


–No, no me espera en casa una esposa celosa ni ansiosa.


–¿Y una novia?


–¿A qué viene tanto interés? ¿Me estás diciendo que hay algo por lo que una mujer debería sentirse celosa?


–¡No! –a Paula casi se le atragantó el café–. Por si lo has olvidado, he venido aquí para escapar y olvidar. Lo último que se me ocurriría es tener una aventura con alguien. Lo que pasa es que no me gustaría pensar que alguien te espera y que podría alarmarse al saber que estamos aquí los dos solos, aunque no por culpa nuestra.


–En ese caso, puedes estar tranquila: no tengo novia y, aunque la tuviera, no soy celoso ni provoco celos en las mujeres con las que salgo.


–¿Qué haces para que no tengan celos?


Ella no los había tenido de Roberto, tal vez porque lo conocía desde hacía mucho tiempo y uno no sentía celos de la gente que le era familiar. Ni siquiera había pensado en Roberto y Emilia estando a solas. Sin embargo, estaba segura de que los celos atacaban al azar y no podía descartarse su existencia.


–Nunca he tenido problemas. Las mujeres conocen mis criterios y los respetan.


–Eres el tipo más arrogante que conozco –afirmó ella asombrada.


–Creo que ya me lo has dicho.


Se bebió el resto del café, dejó la taza en la mesita de centro y se levantó. Ella hizo lo propio e inmediatamente extendió la mano hacia la taza para recogerla.


Él estuvo a punto de decirle que la dejara, que alguien vendría a limpiar por la mañana, aunque luego recordó que nadie vendría.


–Voy a enseñarte tu habitación.


–Es raro estar aquí sin que esté el dueño.


Pedro se sonrojo, pero no dijo nada. Agarró la bolsa de viaje de ella y subió por una escalera de caracol que conducía al piso de arriba, donde también había enormes ventanales con vistas a las montañas nevadas.


Paula se detuvo unos segundos a contemplar la vista, que era muy hermosa. Cuando dejó de mirarla, vio que él tenía los ojos clavados en su rostro.


Se hallaba allí con un hombre al que no conocía, pero se sentía a salvo. Había algo en él que le provocaba esa sensación. Le parecía que, si una banda de malhechores, navaja en mano, entraban en la casa, los echaría sin problemas.


–No sé qué habitación te habían asignado los Ramos, pero espero que esta sirva.


Abrió la puerta y ella reprimió un grito. Era la más espléndida que había visto en la vida. Casi no quería estropear su perfección entrando. Él lo hizo y dejó la bolsa en una elegante chaise longue situada al lado de la ventana.


–¿Y bien?


Pedro normalmente no se fijaba en lo que había a su alrededor, pero esa vez lo hizo al ver la expresión del rostro femenino.


Él no había decorado la casa. Se lo había encargado a un famoso diseñador de interiores. La había usado unas cuantas veces, en temporada alta, cuando las condiciones para esquiar eran perfectas.


La habitación era hermosa, con el mobiliario blanco de madera de calidad y la alfombra persa. Nada desentonaba.


En el sótano había una zona de spa y sauna que había usado una sola vez.


–Es increíble –afirmó Paula desde el umbral–. ¿No te parece? Supongo que tú estás acostumbrado, pero yo no. Mi piso cabría en esta habitación. ¿Es eso un cuarto de baño?


Pedro empujó la puerta y desde luego que era un cuarto de baño, casi tan grande como la habitación, que, además, tenía un pequeño cuarto de estar. Él se preguntó cómo se le habría ocurrido al decorador meter muebles allí.


–¡Vaya! –Paula entró de puntillas–. Se podría celebrar una fiesta aquí.


–Dudo que nadie lo hiciera.


–¿Cómo te muestras tan indiferente ante todo esto? ¿Es que das clases a mucha gente rica y por eso estás acostumbrado?


–He estado en muchos sitios parecidos.


Paula se echó a reír con esa risa que hacía que a él le entraran ganas de sonreír.


–Debe de ser terrible volver a tu casa cuando acaba la temporada.


–Me las arreglo.


De repente, se sintió agotada después de las emociones del día y bostezó.


–Llevo toda la noche hablando de mí –afirmó con voz soñolienta–. Mañana puedes hablarme de ti y de la emocionante vida que llevas con los ricos y famosos.


Él salió de la habitación y ella se preparó un baño. La bañera era casi del tamaño de una piscina.


Estaba teniendo una increíble aventura y reconoció que 
Pedro la había hechizado de tal modo que no había tenido tiempo de compadecerse de sí misma.


Se preguntó qué haría él cuando no daba clases de esquí. 


Era lo bastante guapo como para ser un gigoló, pero desechó la idea en cuanto se le ocurrió.


Él le había dicho que no se acostaba con mujeres casadas, y Paula lo había creído. Le pareció que la sola idea le repugnaba. Pero se veía que era un hombre con experiencia.


Pensó en sus propias circunstancias.


En lo que se refería a su experiencia con el sexo opuesto, era prácticamente novata. No había sido una adolescente que se fijara mucho en los chicos ni que le gustara maquillarse, ponerse minifalda e ir a fiestas. Tal vez si la hubiera criado su madre, en vez de su abuela… Adoraba a su abuela, pero la diferencia de edad entre ambas no había propiciado que se hicieran confidencias y experimentaran con el maquillaje.


Su abuela era una mujer enérgica y sensata a la que le encantaba la vida al aire libre. Viuda a los cuarenta y cinco años, había tenido que sobrevivir a los duros inviernos escoceses. Le había transmitido su amor por los espacios abiertos, y a Paula, desde niña, le encantaban los deportes. 


Había practicado tantos como cabían en su horario escolar.


Había ido a fiestas, desde luego, pero el jockey, el tenis e incluso el fútbol, y más tarde el esquí, siempre habían sido su prioridad.


Por eso, no había conocido el enamoramiento, la angustia y la decepción adolescentes ni le habían destrozado el corazón.


¿Era esa la razón de que se hubiera enamorado de Roberto? ¿Acaso su falta de experiencia en halagos y cumplidos la había cegado ante la realidad de una relación sin base alguna? Y después, ¿se había aferrado a él porque quería estar con alguien?


A Roberto ni siquiera le había interesado mucho la parte física de la relación. Y ella no lo había presionado, lo cual debería haberla puesto en guardia.


Se durmió con imágenes del rostro sexy de Pedro. Este no iba a ser una terapia sustitutiva, pero al menos la distraería. 


Tal vez eso fuera lo que necesitaba: una distracción inofensiva