miércoles, 16 de agosto de 2017

LA CHICA QUE EL NUNCA NOTO: CAPITULO 5




Pedro la dejó en su casa y esperó a que ella entrara antes de irse.


Observándola desde el coche, reparó en que sus piernas eran tan largas y bonitas como las de Portia. De hecho, aunque no fuera tan voluptuosa como Portia, era alta, de hombros rectos y de estrecha cintura. En conjunto, tenía una figura esbelta y elegante… ¿cómo no se había dado cuenta antes?


Tal vez, porque ella se había ocultado tras esas gafas de pasta, atuendos austeros y con cierto toque militar y el pelo siempre recogido en un moño apretado…


Con una mueca, Pedro tuvo que admitir para sus adentros que, tras su apariencia distante de dama de hielo había una verdadera rompecorazones. Otra cosa de la que se había percatado era que Paula parecía sentir algo hacia él, le gustara a ella o no.


En cualquier caso, en poco menos de dos semanas dejaría el trabajo, pensó él. A menos…


A la mañana siguiente, Paula le sirvió a su hija un huevo pasado por agua con una cara dibujada. Sol aplaudió encantada.


–Debiste de llegar tarde anoche, Paula. No te oí llegar –comentó Maria Chaves.


Había sido una suerte que su madre no la hubiera visto, pensó Paula, sin muchas ganas de compartir con ella lo que le había pasado la noche anterior. Sobre todo, lo relacionado con su aspecto desarreglado, con el vestido rasgado, la herida en la rodilla y un zapato empapado.


En ese momento, le ofreció a su madre una versión abreviada de la noche.


Maria se incorporó en la silla con excitación.


–Una vez diseñé un vestido para Narelle Hastings. ¿Dices que es la tía abuela de Pedro Alfonso?


–Eso me dijo él –respondió Paula sonriendo, mientras le quitaba la cáscara al huevo de su hija.


Su madre era una ferviente seguidora de la escena social.


–Veamos… –meditó Maria un momento–. Creo que Narelle era tía de su madre… es decir, su tía abuela. ¡Eso es! Me alegro de que esté bien. La verdad es que el clan Hastings Alfonso ha sufrido un par de tragedias.


Paula le limpió la carita a su hija y le dio un beso en la nariz.


–Buena chica. ¡Te lo has comido muy bien! ¿Qué tragedias? –le preguntó a su madre.


–Los padres de Pedro murieron en un accidente de avión y su hermana en una avalancha en la nieve. ¿Cómo es él?


Paula titubeó, sin estar segura de cómo describirlo.


–Es normal –dijo Paula, despacio, y se miró el reloj–. Tengo que irme enseguida. Bueno, ¿qué vais a hacer hoy, chicas?


–Koalas –respondió Sol.


La niña tenía la piel clara, como su madre, y grandes ojos azules.


Y era la viva imagen de la salud.


–¿Vais a comprar un koala? –preguntó Paula, fingiendo sorpresa.


–No, mami –le explicó la niña con cariño–. ¡Vamos a verlos en el zoo? ¿A que sí, abuela!


–Y a otros muchos animales, tesoro –confirmó su abuela–. ¡Lo estoy deseando!


Paula respiró hondo, pensando en lo mucho que le gustaría
acompañarlas.


–A veces, no sé cómo darte las gracias –le murmuró Paula a su madre.


–No es necesario –aseguró Maria–. Ya lo sabes. 


Paula parpadeó y se puso en pie, lista para irse a arreglar para el trabajo.


El piso en el que vivía con Sol y con Maria estaba en un barrio del centro de Sídney. Era cómodo y estaba cerca de todas partes, del centro histórico, de los parques y de la zona comercial y de ocio.


La casa tenía tres dormitorios y un pequeño estudio. Habían
convertido el estudio en una habitación para Sol y el tercer
dormitorio en un taller para Maria. Se parecía a la cueva de Aladino, pensaba Paula en ocasiones. Había pilas de ropas y telas de colores y tejidos maravillosos, además de una selección de botones, cuentas, lentejuelas, lazos y plumas de todos los colores.


Maria tenía una clientela fija para quienes creaba sus diseños.


Pero las dos personas para las que más le gustaba coser eran su hija y su nieta. Por eso, aunque Paula apenas se gastaba dinero en comprar cosas para ella, nadie lo hubiera dicho a juzgar por su forma de vestir.


Ese día, Paula decidió que sería una tontería seguir escondiendo la originalidad y belleza de su vestuario. Para ir a trabajar, se puso unos pantalones negros ajustados y una blusa blanca y negra con medias mangas, con un cinturón en la cintura. Los zapatos eran negros, con plataformas de corcho. Escogió, también, un brazalete negro y plateado.


Cuando iba a recogerse el pelo delante del espejo, se lo pensó mejor. No tenía sentido hacerlo, después de que él la hubiera visto con el pelo suelto. Además, se puso las lentillas.


En el autobús de camino a la oficina, sin embargo, Paula no estaba pensando en su propio aspecto. Sólo podía pensar en Pedro Alfonso.


La noche anterior, no había podido dormir bien, reviviendo
continuamente lo que había pasado.


Tenía que reconocer que él había sido… No había sido nada crítico, ¿no era así? Ella había metido la pata hasta el fondo, eso no podía negarse. No sólo en la fiesta, sino en su vida, con lo de Sol. Y eso podía invitar fácilmente al criticismo…


¿Qué pensaría él en realidad?, se preguntó Paula y, de inmediato, se dijo que a ella qué le importaba. Después de su fracaso estrepitoso con el padre de Sol, lo único que le había preocupado había sido su hija y había dejado de estar interesada en los hombres.


Sin haberse dado cuenta, incluso había perfeccionado una
técnica para espantarlos. Se había convertido en una dama de hielo, pensó con ironía.


El precio que había tenido que pagar había sido muy alto. No sólo por la batalla para mantenerse a flote económicamente, sino porque se sentía culpable por tener que recurrir a su madre. Además, tenía la sensación de estar haciéndose vieja antes de tiempo y había creído que no volvería a tener la oportunidad de soltarse el pelo y disfrutar de la compañía masculina a causa de la amargura que impregnaba su alma.


Pero ¿por qué estaba pensando en un hombre por primera vez en años?


En ese momento, Paula revivió la imagen de Pedro Alfonso y tuvo que reconocer que le resultaba fascinante, pues sentía por él una mezcla de amor odio… Aunque, por supuesto, no podía ser amor. Sin embargo, justo cuando tenía deseos de tirarle un ladrillo a la cabeza por su arrogancia y su egoísmo, él hacía algo que le obligaba a cambiar de opinión. Como había sucedido la noche anterior. Pedro Alfonso no la había juzgado. La había escuchado con atención.


Había algo más que su aspecto imponente, sin duda. Ese hombre tenía un intelecto que funcionaba a la velocidad del rayo. Y tenía algo que la hacía sentir viva, aunque estuviera enfadada.


¿Pero qué importaba?, se dijo Paula, mirando por la ventana con aire ausente. En breve, dejarían de verse. Y, aunque siguiera trabajando para él, siempre estaría el obstáculo de Portia Pengelly. O, si no era Portia, de quienquiera que fuera su última conquista.


Diez minutos después, Paula llamó al ascensor para subir a las oficinas de Alfonso Corporation. Cuando se abrieron las puertas y subió, se encontró de pronto sola con su jefe, mientras las puertas se cerraban sin hacer ruido.


–Señorita Chaves –saludó él.


–Señor Alfonso.


Él la miró de arriba abajo, fijándose en su moderno atuendo, su pelo suelto y los labios pintados.


–No pareces la ladrona de casas de anoche –comentó él con una sonrisa.


Paula le lanzó una mirada asesina, bajó las pestañas y no dijo nada.


–Parece que ya estás recuperada, ¿no es así?


–Sí –contestó ella y se lo pensó un momento antes de añadir–: Gracias. Fue usted… –dijo y se interrumpió, sin saber qué palabra podría aplicársele–. Gracias.


–De nada.


El ascensor llegó a su destino y las puertas se abrieron. Sin embargo, por alguna extraña razón, ninguno de los dos se movió.


Aunque no era tan raro, caviló Paula. Se parecía mucho a la sensación que había tenido en el coche la noche anterior, cuando se había visto atrapada en una burbuja de atracción hacia Pedro Alfonso.


Ese día, llevaba un traje diferente, gris, con una camisa azul pálido y una corbata plateada y azul marino. Pero estaba tan bien cortado y le quedaba tan bien como el otro. Los zapatos negros que llevaba relucían.


Pero no era cuestión de las ropas, reconoció Paula. Era el revés.


Eso, añadido al aura de frescura que lo envolvía, recién duchado y afeitado, con el pelo recién peinado y sus ojos intensos…


Todo en él despertaba los sentidos de Paula, haciéndola desear tener contacto físico con él: una caricia, la mezcla de sus alientos mientras se besaban…


Entonces, ambos se miraron a los ojos y ella se dio cuenta de que Pedro Alfonso tenía la mandíbula tensa… Adivinó que él estaba luchando contra un impulso similar al suyo… 


Por la forma en que la había mirado la noche anterior, sabía que su jefe ya no la consideraba un mueble de oficina. Pero pensar que él pudiera sentir la misma atracción… era una sensación emocionante.


Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse, sacándolos de su ensimismamiento. Pedro Alfonso apretó un botón para que volvieran a abrirse e hizo un gesto para que ella saliera primero.


Eso hizo Paula, murmurándole las gracias. Ambos saludaron a Monica Swanson al llegar.


–Dame diez minutos, Paula. Luego, tráeme la agenda. Y café, Monica –ordenó Pedro Alfonso antes de meterse en su despacho.


–¿Cómo te fue anoche? –inquirió Monica a Paula–. Por cierto, ¡la señorita Pengelly ha llamado ya tres veces!


–Oh, cielos –repuso Paula con una mueca.


–El jefe necesita una esposa de verdad, no una de esas estrellas de cine. Además, es tan mala actriz que no sé cómo se ha hecho famosa.


Paula parpadeó pero, por suerte, el sonido del teléfono hizo que Monica se interrumpiera.


Ocho minutos después, Paula se mentalizó para presentarse ante su jefe con la agenda del día.


Se había servido un vaso de agua fría pero, en vez de bebérselo, había mojado el pañuelo para refrescarse las muñecas y la frente.


«Debo de estar loca», se dijo Paula. «Y él debe de estar loco sólo por considerar tener algo conmigo». O, tal vez, lo que pasaba era que Pedro Alfonso estaba buscando una sustituta para Portia…


Con tono estrictamente profesional, repasaron los compromisos del día uno por uno.


–De acuerdo. ¿Tienes preparados los informes para repartirlos en la reunión?


Ella asintió.


–Quiero que asistas. Habrá mucho papeleo que repartir y recoger. Y necesito que me lleves y me recojas de la comida con los Browich. No hay aparcamiento por allí.


–Bien –murmuró ella y titubeó un momento.


–¿Algún problema?


–¿Quiere que conduzca su coche?


–¿Por qué no?


–Si le soy sincera, señor, me sentiría fatal si le hiciera algún
arañazo.


Pedro Alfonso se apoyó en el respaldo de su sillón.


–No lo había pensado. A mí me pasaría lo mismo, si te soy sincero –replicó él con una sonrisa–. Pues pide un coche del parque móvil que tenemos abajo.


–Creo que será mejor así.


Pedro Alfonso esbozó una sonrisa y Paula pensó que iba a decir algo gracioso pero, al instante, su expresión se tornó seria y la miró con gesto indiferente. Como si, de pronto, su empleada le sobrara.


Sin poder evitar sentirse incómoda, Paula se dio cuenta de algo.


Aunque ella misma había pensado que sería una locura pensar en tener nada parecido a una relación con su jefe, lo cierto era que ansiaba sentirse tratada como… ¿Como qué? ¿Como una amiga?


Ella se aclaró la garganta.


–¿A qué hora quiere que salgamos?


–A las doce y media –respondió él y le dio la espalda.






LA CHICA QUE EL NUNCA NOTO: CAPITULO 4




QUIÉN es él?


La pregunta quedó en el aire, mientras Paula miraba a su alrededor, sentada en un cómodo sofá de terciopelo color canela. Delante, tenía una mesita baja de madera, con un bonsái. Más allá, sobre la chimenea, un hermoso cuadro original de la escuela Heidelberg.


Había dos sillones a juego y otros muebles preciosos sobre los suelos de madera. Las ventanas daban a una elegante piscina con una fuente, altos cipreses y, a lo lejos, a las luces de la bahía de Sídney.


No era tan espectacular como la residencia de su tía abuela,
pensó ella, pero era lujosa y elegante hasta decir basta.


Su propietario estaba sentado en un sillón delante de ella.


Se había quitado la chaqueta y la corbata, se había abierto los primeros botones de la camisa. Y había servido dos copas de coñac.


Paula se había limpiado como había podido en el baño de invitados.


Se había quitado las medias rotas, se había lavado la herida de la rodilla y se había puesto una tirita.


No había podido encontrar uno de los zapatos… hasta que lo habían hallado en un cubo de agua que, al parecer, el jardinero había dejado allí.


Hasta el momento, la única explicación que Paula había dado había sido que había visto a alguien en la fiesta con quien no quería encontrarse, que había intentado escapar y que le había salido el tiro por la culata.


–¿Él? –replicó ella pasados unos minutos–. ¿Qué le hace pensar que es un hombre?


–Vamos, Paula. ¡Si tu historia es verdadera, no puedo imaginarme que una mujer te provocara una reacción así! De todas maneras, te vi posar los ojos en un hombre y ponerte pálida antes de que… desaparecieras. Y, por cierto, con ello me pusiste en una situación un tanto embarazosa –añadió con tono seco.


–¿Le acosaron? –preguntó ella, abriendo mucho los ojos.


–No –negó él, mirándola con rencor–. Pero hice que Narelle te buscara en los baños. Se preocupó mucho.


–¿Y luego?


–No encontramos rastro de ti –explicó él, encogiéndose de
hombros–. Así que imaginamos que habías pedido un taxi y te habías ido.


–Mientras, yo estaba escondida en el patio de servicio –comentó Paula con un suspiro–. De acuerdo, era un hombre. Nosotros… fuimos pareja, pero no salió bien y yo… no quería encontrármelo –balbuceó.


–Lo entiendo –repuso él, frunciendo el ceño–. ¿Pero por qué no me dijiste eso sin más? Podías haber salido por la puerta principal.


–Me sentía un poco confusa –confesó ella.


–¿Un poco? Yo diría más bien histérica… y eso no tiene sentido. Te expusiste a que Narelle pensara que querías llevarte algo de su casa. Yo también podía haberlo pensado, si te digo la verdad. Podíamos haber llamado a la policía –señaló él–. Y me extraña que te comportes como una histérica, no pensé que fueras de esa manera…


Eso era porque él no conocía las circunstancias, pensó Paula, dándole otro trago al coñac.


–Los asuntos del corazón pueden ser… diferentes –explicó ella en voz baja–. Puedo ser un ejemplo de calma en unas ocasiones, pero en otras…


–¿Así que no eres una dama de hielo, después de todo? –observó él y, cuando Paula no dijo nada, añadió–: Acabo de recordar algo. Eres madre soltera, ¿no?


Paula lo miró de pronto con ojos fríos como el hielo.


–No lo digo para criticarte –se explicó él–. Sólo lo comento porque ahora entiendo por qué trabajas en empleos temporales nada más.


–Sí –afirmó ella y se relajó un poco.


–Háblame de ello.


Sujetando el vaso entre las manos, Paula se sintió inundada de calidez, como siempre le ocurría cuando pensaba en el milagro de su vida.


–Tiene casi cuatro años, se llama Sol… y es preciosa –señaló ella, sonriendo.


–¿Quién la cuida cuando estás trabajando?


–Mi madre. Vivimos juntas. Mi padre murió.


–¿Y lo lleváis bien así?


–Sí. Sol adora a mi madre y mi madre… bueno, a veces,
también necesita que la cuiden –admitió Paula, pensativa–. En ocasiones, discutimos, pero nos llevamos bien.


–¿Y el padre de Sol?


Paula se sobresaltó ante la pregunta. Se puso tensa y tragó saliva.


–Señor Alfonso, eso no es asunto suyo.


Pedro la observó con atención, percatándose del cambio. Era obvio que el padre de Sol era un tema peliagudo para ella.


–Señorita Chaves, la forma en que escaló mi muro y cómo se recorrió entera la casa de mi tía abuela sí es asunto mío. Hay muchas cosas valiosas en ambas casas –le espetó él y la miró a los ojos–. Y todavía no he quedado satisfecho con la explicación.


–No… no entiendo a qué se refiere. No tenía ni idea de que ésta fuera su casa. Ni sabía que íbamos a ir a casa de su tía abuela esta noche –repuso ella con furor–. ¡Sólo una idiota decidiría dejarse llevar por el calor del momento para robar en ambas!


–O una madre soltera con dificultades económicas –puntualizó él y, cuando ella no fue capaz de articular una respuesta, añadió–: Una madre soltera con un gusto muy caro para la ropa, por cierto.


Paula cerró los ojos, furiosa consigo misma por haber sido tan tonta.


–No son caras. Mi madre las hace. ¡De acuerdo! –exclamó ella y echó la cabeza hacia atrás con decisión–. El hombre de la fiesta era el padre de Sol. Por eso me puse así. Llevaba años sin verlo y sin hablar con él.


–¿Lo has intentado?


–Sabía que lo nuestro había terminado –contestó Paula, meneando la cabeza–. Descubrí que yo sólo había sido una aventura para él. No me quedó otra elección que retirarme. Aunque, entonces, yo no…


–¿No sabías que estabas embarazada? –le interrumpió él con un toque cínico.


–Oh, sí lo sabía –replicó ella, ignorando su tono de voz. Tomó un sorbo más de coñac para tragarse las lágrimas.


–¿No se lo dijiste a él? –inquirió Pedro, frunciendo el ceño.


–Sí se lo dije. Me contestó que debía abortar. Me ofreció… ayuda para hacerlo y, también… me dijo que iba a empezar una nueva vida con otra mujer y que se iba a mudar a otro estado. Yo le dije que no se preocupara, que podría arreglármelas. Y me fui. Fue la última vez que lo vi.


–¿No sabe que tuviste a la niña?


–No.


–¿No piensas decírselo?


–¡No! –exclamó ella, nerviosa, y dejó el vaso sobre la mesa–. Cuando Sol nació lo único que pensé fue que era mía. Él ni siquiera había querido que naciera, así que ¿por qué iba a compartirla? Sigo pensando lo mismo, pero… Un día, voy a tener que verlo desde el punto de vista de Sol –admitió–. Cuando sea mayor, puede que quiera saber quién es su padre.


–¿Pero no quieres que él lo sepa mientras tanto? Por eso, has tomado unas medidas evasivas tan extremas esta noche –comentó él–. ¿Crees que puede haber cambiado de opinión respecto a tener una hija?


–No lo sé –respondió ella con un pesado suspiro–. Pero Sol es tan encantadora, que nadie puede resistirse a ella. Se parece a su padre algunas veces. Hace poco leí un artículo sobre él en la prensa económica. Se está abriendo camino en los negocios y lleva cuatro años casado. No tienen hijos. Puede que sea una paranoica, pero temo que quieran quitarme a Sol.


–Paula –dijo él, incorporándose en su asiento–. Tú eres su madre. No pueden… a menos que no seas capaz de mantenerla.


–Tal vez, legalmente, no. Pero hay otras maneras. Cuando crezca, es posible que Sol prefiera lo que ellos pueden ofrecerle. Ellos son ricos. Yo sólo… sobrevivo –admitió ella, con lágrimas en los ojos.


–¿Has superado vuestro fracaso, Paula?


Un completo silencio cayó sobre ellos, interrumpido sólo por la bocina de un barco en la bahía.


–No lo he olvidado ni lo he perdonado –reconoció ella, con los ojos perdidos en la lejanía–. Ni me he perdonado a mí misma por haber sido tan ingenua.


–Deberías hacerlo. Son cosas que pasan. Son lecciones de la vida.


Entonces, Paula observó con sorpresa un brillo de comprensión en los ojos de él.


Ella se humedeció los labios y tomó aliento para recuperar la
calma. El que Pedro Alfonso no la estuviera juzgando la hizo emocionarse.


Bajó la vista, luchando por contener las lágrimas.


De pronto, se dio cuenta, sin embargo, de que acababa de contarle todos sus problemas a un extraño, con la complicación añadida de que era su jefe.


Con una respiración temblorosa, Paula se enderezó.


–Lo siento –admitió ella–. Si quiere despedirme, lo comprendo. Al menos, ¿me cree ahora?


–Sí –afirmó Pedro Alfonso sin titubear–. Eh… no, no quiero despedirte. Te llevaré a tu casa –señaló, apuró el vaso de coñac y se puso en pie.


–No hace falta, tomaré un taxi –replicó ella, levantándose.


–¿Con un solo zapato? –preguntó él arqueando una ceja–. El otro está echado a perder.


–Yo…


–No discutas –sugirió él y se puso la chaqueta.
-Después de ti –señaló, indicándole que lo precedería para salir.


Paula se esforzó por caminar con toda la dignidad posible, a pesar de no llevar zapatos.








martes, 15 de agosto de 2017

LA CHICA QUE EL NUNCA NOTO: CAPITULO 3




Paula miró a su alrededor. Unas cuantas parejas había empezado a bailar y ella sintió la irresistible llamada de los tambores africanos.


Deseó ser libre, tener una pareja con quien bailar, hablar, compartir los problemas… Alguien que le ayudara a sobrellevar su carga.


Necesitaba a alguien que le ayudara a vivir la vida.


Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había
bailado, desde que se había soltado el pelo… que había olvidado lo que se sentía.


Como impulsada por un resorte, levantó la vista hacia su
acompañante, que la estaba mirando con gesto interrogativo. Por un instante, Paula creyó que iba a pedirle que bailara con él. Y se imaginó en la pista de baile, meciéndose entre sus brazos.


¿Habría él adivinado la dirección de sus pensamientos? Y si así era, ¿cómo?, se preguntó Paula. Al parecer, su jefe estaba empezando a darse cuenta de que era un ser humano y no sólo un robot…


Ella apartó la vista, alarmada. No quería tener vínculos con ningún hombre. No quería pasar por eso de nuevo. Estaba furiosa por haberle tenido que demostrar a Pedro Alfonso que era algo más que un mueble de oficina…


–¿Quién es Armando? –preguntó Paula, soltando lo primero que se le pasó por la cabeza para romper el flujo de sus pensamientos.


–Mi sobrino.


–¿Es amante de los animales?


–Mucho.


Paula Chaves esperó un momento, pero fue evidente que Pedro Alfonso no parecía dispuesto a seguir hablando de su sobrino.


Entonces, ella miró hacia la multitud y, de repente, una alta
figura llamó su atención. Era un hombre… alguien que en el pasado lo había sido todo para ella. Al verlo, se giró de forma abrupta y le tendió la copa a su jefe.


–Disculpe, pero tengo que ir al baño –explicó ella y desapareció dentro.


Sin saber cómo, Paula se había perdido dentro de la mansión de Narelle Hastings. Había encontrado el baño y había pasado diez minutos intentando calmarse. Sin embargo, su turbación había sido tanta que no había podido pensar con claridad. Había salido, decidida a irse de la fiesta y se había topado con Narelle despidiéndose de algunos invitados. Entonces, había dado media vuelta y había atravesado varios pasillos, hasta llegar a la cocina. Por suerte, había estado vacía, pero ella sabía que en cualquier momento podían llegar los camareros.


Bueno, se iría por la puerta trasera, se dijo.


Al principio, le pareció una solución prometedora. La cocina daba a un patio de servicio, con la puerta al final del muro. ¡Excelente! Lo malo fue que se encontró la salida cerrada con llave.


Paula tomó aliento, temblorosa, dándose cuenta de que podía meterse en una situación muy embarazosa si la encontraban allí.


¿Cómo diablos iba a explicarles a Pedro Alfonso y, sobre todo, a su tía abuela que estaba dando vueltas por la casa a su merced?


De pronto, escuchó voces provenientes de la cocina. Dudó tener el valor necesario para volver a entrar y sopesó sus opciones. No era buena idea intentar saltar el muro que daba a la calle, pues podía caerle a alguien encima. Pero la casa de al lado, en cuya entrada de vehículos había aparcado Pedro Alfonso, se suponía que estaba vacía. Su
jefe le había dicho que el dueño no estaba. Eso hacía que el muro que lindaba con ella fuera mejor opción. Lo único que tenía que hacer era trepar por el muro y, una vez en el jardín contiguo, salir por la cancela que había visto desde la calle. 


Pero… ¿cómo iba a hacer eso?


La puerta de la cocina se abrió y ella se ocultó en unas sombras, tensa. Un criado sacó una bolsa de basura y la dejó en un cubo verde, cerrando la puerta tras él.


El cubo le dio una idea a Paula. Podía pegarlo al muro, subirse encima de él y, así, saltar a la casa de al lado.
Igual que todo lo demás que le había sucedido en aquel día interminable, no era muy buena idea. Para empezar, justo cuando iba a ponerse en acción, salieron más criados de la cocina llevando más bolsas de basura. Eso le hizo reconsiderar el plan.


¿Y si conseguía saltar al otro lado y alguien se daba cuenta de que el cubo había sido movido de sitio?


Sin embargo, no podía seguir escondida en el patio trasero
mucho tiempo más. Mirándose el reloj, se dio cuenta de que ya llevaba allí veinte minutos.


Paula se mordió el labio y apretó los puños, esforzándose por mantener la calma, casi segura de que iba a tener que entrar en la cocina de nuevo. Pero algo decidió la suerte por ella. Una voz dentro de la cocina avisó a los demás de que iba a cerrar con llave la puerta. Y ella oyó la cerradura.


Paula cerró los ojos un instante, antes de salir corriendo a por el cubo, ponerlo contra el muro y quitarse los zapatos. Se puso el bolso al hombro, tiró los zapatos al otro lado, se levantó la falta y subió al cubo.


Trepar desde casa de Narelle era fácil, gracias a su invento, pero lo difícil iba a ser bajar a la casa adyacente. 


Descolgándose por la pared, intentó adivinar qué altura tenía.


Cuando sólo le quedaba un palmo para llegar al suelo, saltó. 


Pero perdió el equilibrio y se cayó. Justo cuando estaba incorporándose y examinándose las medias rotas y el rasguño en la rodilla, las puertas del paso de carruajes comenzaron a abrirse, acompañadas por el sonido del motor de un coche.


Paula se puso en pie y se quedó mirando las luces de los faros del lujoso coche que atravesaba las puertas y se paraba delante de ella.


La ventanilla del conductor, que quedaba a su lado, se abrió. 


Ella inclinó la cabeza y, al ver al hombre que había detrás del volante, comprendió…


–Ah. Ya entiendo. Ésta es su casa –señaló ella–. ¡Por eso, sabía que no habría problema con que aparcara en el camino de entrada!


–Elemental, Paula –repuso él, llamándola por su nombre de pila por primera vez–. Lo que es un misterio para mí es qué diablos estás haciendo aquí.