sábado, 10 de diciembre de 2016

ENAMORAME: CAPITULO 19





Tomo asiento dispuesto a esperar a Pau mientras se cambia para la famosa fiesta.


Se encuentra un tanto reticente a ir, y en parte la entiendo. 


Supuestamente su ex esposo va a estar también, junto a la que fue su amiga.


«Hijos de puta»


Entiendo la situación y comprendo que debe de ser de lo más incómodo, pero como le dije, yo estaré allí para apoyarla… «En todos los sentidos que lo necesite»


Busco mi teléfono móvil para poder responder unos cuantos mails que tengo sin ver y ocupar el tiempo muerto mientras la mujer de mis más dulces sueños y pesadillas se apronta.


Mi boca cae abierta del asombro cuando la veo desprender su pequeña falda de mezclilla y la deja caer al suelo.


«Puta, dolorosa y automática erección»


Luego retira por sobre su cabeza la preciosa blusa de seda roja que usa, la cual es de lo más provocativa, ya que tiene el cuello amplio permitiendo de esa forma admirar uno de sus bellos hombros.


Queda de espaldas a mí usando únicamente ropa interior… ¡de color negro!


Con parsimonia camina hasta el guarda ropa y pasado unos minutos regresa con dos perchas y vestidos colgados de ella.


Uno es de color negro con un hombro descubierto y el otro de un furioso tono rojizo, con pequeñas manguitas y cuello Mao.


Pero mis ojos no pueden apartarse de ella, de la sensualidad que desprende con tanta naturalidad. ¿Me pregunto si es consciente de ello? Su cuerpo me grita que la tome y mi corazón que la ame hasta el final de los días. Compré todos los números de la lotería y no pienso irme sin el gran premio final… «Paula Chaves»


Se detiene frente a mí con los dos vestidos colgados esperando mi opinión.


Con mi mirada clavada en sus dos hermosas esmeradas manifiesto:
—El negro.


—El negro será —. Revela con una perfecta ceja en alto y sin rodeo voltea lentamente, desprende su sostén y lo deja caer a un lado de sus pies.


Estoy frenético, aferrándome al apoya brazos de la silla con tanta fuerza que no dudo lo rompa en cualquier momento y a punto de darme un ataque de locura.


Pero tendré que controlarme porque debemos de llegar a una fiesta. Por lo que habré de reservar el postre para cuando regresemos.


Una vez que el vestido se amolda a su cuerpo, Pau sube sobre unos sensuales y altísimos zapatos de tacón color rojo y camina hasta donde me encuentro.


—¿Me permite caballero?


—Suyo, señora —. Respondo con galantería poniéndome de pie.


Ella ocupa el lugar frente al espejo del tocador y con una admirable gracia toma una buclera la enchufa y comienza a modelar su sedoso cabello.


Observo mi reloj y puedo ver que tan solo han pasado siete minutos. Pero disfruto atormentarla, adoro sus respuestas cuando la pongo bajo presión.


—Le quedan 8 minutos, señorita Pau.


—Con cinco, me es más que suficiente.


«Ella y su boquita rápida»


Se aplica algo de maquillaje y deja que su rojizo cabello caiga en cascadas con las recientes ondas que acaba de marcar. Brillo de labios, el cual nuevamente despierta a mi palpitante amigo, que se encuentra aullando debajo de mis pantalones. Y yo estoy que muero de amor.


—¿Lista?—pregunto y me encuentro maravillado por la velocidad de esta mujer en aprontarse. Otro punto a su favor, detesto la impuntualidad de las mujeres cuando deben aprontarse y esto solo confirma que la señorita Pau es perfecta para mí.


—Casi—responde—pero falta lo más importante.


¿Joyas?... «pienso» ¡pero no!


Toma un frasco de perfume y realizando un grácil movimiento con su cabello, despeja su cuello del mismo y se aplica una cautivante fragancia, luego un toque más sobre sus muñecas, deja nuevamente el frasco sobre la mesa.


—Ahora si…—exclama sonriente y da una vueltita sobre si misma—¡lista!


No puedo con mi genio y la tomo en brazos. La apretó contra mi cuerpo e instintivamente mis manos viajan hasta su trasero. Lo estrujo, lo masajeo y mi nariz recorre su cuello aspirando su cálido aroma.


—Eres la mujer más hermosa del mundo —. Sonríe y se sonroja a la vez. Me estas volviendo loco mi amor —. ¡Vamos! —susurro en su oído y la tomo de la mano para salir de la habitación.


Pero antes de salir freno y pregunto:
—¿Recordó guardar algunas almendras y Gatorade en su bolso?


—¿Almendras? —pregunta descolocada entrecerrando sus ojos.


—Exacto… porque tengo pensado hacerla sudar unas 500 calorías luego de la fiesta.


«Oh» exclama y para mi sorpresa soy recompensado con un fogoso beso. Limpia mis labios de su rastro de rouge y bajamos.


Saludamos a los niños y nos marchamos a la fiesta en el auto familiar, que conduce José, mi chofer. Tengo por regla general, no conducir si tomo, aunque solo sea una copa de vino… la conducta, ante todo.


José es más que un chofer, es una especie de conserje. 


Conduce el coche para llevar y traer a los niños al colegio, se encarga de la jardinería y de paso vigila la casa durante las horas en que yo no me encuentro en ella. Soy un tanto maniático y no me gusta que las mujeres queden solas con mis hijos.


La noche está preciosa y es perfecta, sobre todo por la compañía que tengo a mi lado. Últimamente no he parado de pensar y planear locuras que jamás habían pasado por mi mente. Sé que es pronto para algo tan radical, pero también sé de memoria, que el tiempo no asegura nada. Lo que tenga que ser… será.


Llegamos al lujoso hotel donde se celebrará la ceremonia y noto que Pau cambia su comportamiento por completo. La noto inquieta y con la mirada perdida. Por tal motivo pienso que es el momento ideal para darle mi sorpresa.


Introduzco mi mano dentro del bolsillo interior de mi saco hasta dar con la caja.


José detiene el coche y baja para abrir nuestras puertas, pero con mi mano le indico que me dé un minuto de tiempo. 


El comprende al instante y aguarda fuera del auto mis instrucciones.


—Pau… esto es para usted.


Ella voltea sorprendida y observa con los ojos muy abiertos el pequeño estuche de terciopelo azul que tengo en la palma de mi mano. Observa mi mano y luego mis ojos


—¿Para mí? —susurra con temor.


—Hace poco rompí el único y feo anillo que lucía su hermosa y delicada mano… por tal razón, me tomé el atrevimiento de comprar otro, para resarcir mi arrebato.


Frente a su asustada mirada abro la delicada caja, revelando la sortija que mandé hacer especialmente para ella.


Cubre su boca con ambas manos y los ojos se le llenan de lágrimas.


—¡No llores mi amor! —susurro aproximando mis labios a los suyos —no ahora cielo, por favor acepta mi regalo y prométeme que permitirás que te cuide por el resto de mis días y que jamás te marcharás de nuestro lado.


Entre lágrimas suelta una pequeña sonrisa y salta sobre mi regazo rodeando mi cuello con sus brazos.


—Jamás me marcharé de tu lado… amo mucho a esos pilluelos como para no verlos más.


—Ohh… —respondo con un fingido tono de indignación —¿Eso quiere decir que te quedarás únicamente por Sara y Felipe? —hago un pequeño mohín con mis labios y ella comienza a negar con la cabeza.


—No, no digas eso Pedro, últimamente me he hecho adicta a ti… pero temo que me rompas el corazón y luego ya no poder rearmarme nuevamente.


Para mi horror y sorpresa mi boca se desconecta de mi cerebro y parece tener vida propia cuando suelta un sincero


—Te amo —aunque rápidamente retomo el control —¡Vamos, hermosa! Entremos a la fiesta, luego que termine, aclararé cada una de tus dudas. Pero te aseguro que nadie… nadie jamás, produjo tantas sensaciones en mí. Nadie. —repito.








viernes, 9 de diciembre de 2016

ENAMORAME: CAPITULO 18




Tomar un queso Brie y abrirlo a la mitad. Rellenarlo con una mezcla de miel, mix de frutos secos picados groseramente, alguna fruta abrillantada y una pizca de romero.


Rellenamos nuestro queso y como si fuera un sándwich. 


Tomamos una tapa de masa hojaldre y lo metemos dentro y lo “envolvemos” intentando sellar de la mejor forma todos los extremos.


Se cuece en horno a 200 grados hasta que dore. También podemos usar queso Camembert si se desea un gusto más intenso. Si se acompaña con un rico vino tinto ¡mejor!


—¡Listo! Mami, Concepción a merendar —guiño mi ojo y muevo el trasero al ritmo de la música. Mi madre camina hasta nosotras con la botella de vino y nos disponemos a pasar un rato de chicas.


Es sábado y la tarde se presenta muy calurosa, estoy usando una pequeña solera rosa y mis sandalias nude, son de las pocas cosas que pude recuperar de mis pertenencias antes que ellos cambiaran la cerradura de la que era mi casa.


Los niños se encuentran en un cumpleaños y Alfonso padre e hijo en un partido de futbol. Luego de eliminar mi alianza de compromiso ayer a la tarde, prácticamente no lo volví a ver.


Últimamente Concepción se ha vuelto mi confidente y amiga… la única. Sabe de mis encontronazos con el jefe y me entiende gracias a Dios. Se muestra de acuerdo que es buen padre y guapo hasta el infierno, pero también reconoce que es un conquistador innato, que donde pone el ojo, pone la bala«Nunca mejor dicho»


Aunque también admite verlo con especial atención hacia mí, lo que solo alimenta mis falsas y estúpidas esperanzas.


—Hijita… mmm… ¡qué bueno está esto por Dios! —intenta balbucear mi madre mientras prueba el queso Brie y se quema a la vez. —Retiro el corcho de la botella con tanta facilidad que hace largar la risa a Concepción.


—¡Borrachina!—grita.


—Je… son años de experiencia—. Me regodeo y mi madre niega con la cabeza y se lo que debe estar pensando… “no te eduqué para ser una alcohólica”


¡Vamos que una copita los fines de semana no es nada…! y si a eso le sumamos que es buena para el corazón, el resultado sería un gran… ¡Salud!


—Arturo me invitó a cenar mañana—suelta mi madre sin anestesia y automáticamente da un largo trago a su copa.


Mi boca cae abierta de asombro y giro para mirarla.


—¡Mamá!


—Y acepté.


—¡Ma… es el padre de mi jefe! Y hace apenas un día que lo conoces.


—También es un hombre muy dulce y guapo.


—No es una buena idea.


—Tuvimos sexo anoche.


El zumbido que siento en mis oídos hace que me entre la duda si en verdad mi señora madre ha dicho eso o solo lo imaginé.


—¿Qué tú qué?


—¡Fue maravilloso!


—¡Maaaaaa!


Concepción vuelve a cargar nuestras copas de vino, mientras intenta disimular una sonrisa. Al parecer la charla le parece cómica y seguramente lo sea. Aunque nada me parece menos gracioso que esto. Si ya era un enorme error haberme enredado en las sabanas de mi jefe, con esto solo terminamos de hundirnos en el barro.


Mi madre prosigue:
—Luego de que tu padre muriera «que Dios lo tenga en su gloria» yo nunca…


Levanto la mano para intentar silenciar su bocota y el exceso de información que estoy recibiendo. Termino mi copa de un largo trago y froto mis ojos.


—Mamá, no puedo creer que hayas hecho eso… ¿te has vuelto loca? Esta es la casa de mi jefe y por si aún no te has dado cuenta ¡mi trabajo! Que viva aquí y que Pedro amablemente te permita quedar, no quiere decir que puedas hacer cualquier cosa.


Ella toma mi mano entre las suyas y sonríe con dulzura.


—Tienes razón, hija, y lo lamento. Pero ese hombre tiene un fuerte poder sobre mí. Desde que lo conocí, supe que en sus brazos nada malo podría ocurrir


Dejo salir el aire de mis pulmones y aflojo la tensión de mis hombros… cómo no entenderla, si yo misma me siento de esa forma cuando Pedro me estruja contra su pecho. Su aroma, la forma en que traza pequeños círculos en mi nuca cuando me besa, ¿Cómo no entenderla si yo también estoy prendada de igual forma bajo el hechizo Alfonso? Pienso.


—Me alegro mucho por ti mami… de veras, tu felicidad es la mía también. Pero le contaré de esto a mis hermanas —y pongo mi mejor cara de niña consentida y chismosa.


Sonríe y levanta su copa.


Las tres nos miramos y brindamos.


—¡Salud! por el amor —grita Concepción y se pone de pie para bailar la pegadiza melodía que suena por la casa.


“Una mordidita, una mordidita de tu boquita”


Nos encontramos bailando y cantando como las tres chifladas cuando padre e hijo llegan a casa.


Soy la última en verlos. Me encuentro enfrascada en mi tarea de armar tres copas de mousse de chocolate mientras meneo el trasero cuando la música cesa.


—Señor Alfonso—saluda aterrada mi amiga mientras deja su copa rápidamente en la mesa.


—Buenas tardes señoritas—mi jefe clava sus hermosos ojos en mí —por lo que veo la están pasando bien.


De reojo veo a mi madre y a Alfonso padre sonreírse mutuamente.


—Muy bien —respondo —¿Gustan comer una copa de postre?—pregunto apartando mis ojos de los suyos, temiendo pueda carbonizarme con su intensa mirada café.


—Señorita Pau, ya es casi la hora en que debo ir por los niños a la fiesta de cumpleaños. ¿Le gustaría acompañarme a buscarlos?... con mucho gusto probaré ese delicioso postre cuando regresemos.


—Me encantaría acompañarlo —respondo sincera, abriendo mi corazón bajo el hechizo que me envuelve cuando Pedro Alfonso está frente a mí.


Camina hasta la puerta de la cocina y permanece de pie a un lado, con ella abierta, permitiendo que salga antes.


—Bonita solera—susurra en mi oído cuando paso junto a él para salir, provocando que se me erice todo el vello de la nuca.


«Bastardo»


Una vez en el coche enciende el aire y pone música. 


Agradezco ese gesto, porque es probable que con el calor que me da tener a este hombre junto a mí, quedaría
pegada a los hermosos asientos de cuero negro.


Para mi sorpresa y horror coloca una muy familiar melodía… una que conozco de memoria «Mambo Italiano versión salsa»


Mi boca se abre, pero las palabras se niegan a salir de ella. 


Lo observo y él me regala una sonrisa matadora.


—¿Me estuvo espiando señor Alfonso? —increpo, intentando contener la gran satisfacción que ese dominante gesto provoca en mí. No responde, pero una gran risotada escapa de su cuerpo y yo lentamente me deshago.


—¿Sí o no? —vuelvo a preguntar.


—Tal vez —responde con descaro.


—¡No! “Tal vez” no señor. Si le pregunto ¿sí o no? Debe responder de esa forma a mi pregunta.


—Parece toda una abogada señorita Pau —se está divirtiendo a costillas mía y yo amo que eso ocurra.


—Aprendí del mejor, señor Alfonso —y ahora soy yo la descarada que intenta provocar una reacción.


Y lo consigo.


Detiene el coche y en pocos segundos se quita su cinturón de seguridad y lo tengo pegado a mí.


Toma mi cara entre sus manos y automáticamente dejo de respirar. Presiona su frente contra la mía y cierra los ojos.


—¿Es usted consciente de todo lo que produce en mí?  Porque desde que llegó a mi vida, no hago otra cosa que pensar en usted Pau. Y una y otra vez pienso que, si un día se va de nuestras vidas, moriré de tristeza y soledad.


—Pedro, yo… —no puedo hablar, las lágrimas comienzan a salir sin permiso y la emoción me ahoga. Si esto, no es una declaración de amor… yo no me llamo Pau Chaves.


—¿Qué Pau?... Hábleme por favor, necesito escuchar lo que siente, nunca sé lo que está pensando o los planes que tiene. Necesito saber que todo va a estar bien y que no saldrá huyendo de mi lado.


Pedro, yo… tengo miedo.


—¡No, mi amor!... no me digas eso que muero de amor. No te das cuenta que, desde que llegaste a mi vida me volvió el alma al cuerpo. Yo cuidaré de ti de ahora en adelante. No temas vida… ya estoy aquí.


Las lágrimas que no paran y la emoción que me estruja el pecho. Hasta que sin filtro lo suelto.


—Renuncio.


—¿Qué?


—Que renuncio, Pedro —limpio mi cara con la franela que encuentro en la guantera y comienzo a forcejear con el cinturón de seguridad para salir del auto y huir.


«¡Mierda que no se desprende!»


Su gran y pesada mano se posa sobre la mía con fuerza y sus ojos lanzan rayos de furia.


—Abro mi corazón como un idiota y tú… ¡tú! —grita mientras me apunta con su dedo —como una cobarde solo dices “renuncio” —sisea entre dientes imitando mi tono de voz.


Coloca nuevamente su cinto de seguridad y en un furioso silencio pone en marcha el automóvil. Llegamos por los niños como un matrimonio peleado y volvemos a casa sin dirigirnos la palabra entre nosotros dos.


Son poco más de las seis de la tarde cuando regresamos y al parecer mi madre ya se ha ido a la peluquería a peinarse para la boda de mi prima, informa Arturo, quien lee el periódico tranquilamente en el jardín.


Pedro enciende la televisión y coloca una película para los niños y yo me quedo en la cocina pensando qué hacer de cena.


El momento es de lo más incómodo. Siento que no tengo donde huir… después de todo no es mi casa, y únicamente me queda mi dormitorio. Por esa razón decido ir al gimnasio, con suerte hoy sábado estará mi profe de danza y la música exorcizará mi mal humor.


Busco el recipiente de frutos secos y como antes de cada clase, peso unos 30 gramos de ellos para comer y tener una fuente rica de energía. Subo a mi recámara y me visto con una malla deportiva, corta de color, un top alicrado negro y mi musculosa amarilla, más holgada. Bajo dando saltitos por la escalera y paso a darles unos besos a los niños antes de marcharme. Tengo por costumbre contarles a ellos donde voy y cuando regreso. Creo que la pérdida de su mamá siendo tan pequeños, debe haber causado esa sensación de abandono, y siempre que estoy por salir se desesperan por querer saber a dónde voy, a qué hora regreso… o lo más triste de todo… «si regreso» como más de una vez me preguntó Felipe.


—Amores, voy al gimnasio y en una hora regreso —susurro frente a ellos mientras beso sus cuellitos.


Ambos asienten con sus cabecitas.


Están comestibles con sus caritas pintadas desde que llegamos del cumpleaños. Sara tiene una corona rosa pintada en la frente y Felipe la nariz negra y bigotes de gato.


Vuelvo a la cocina por mis frutos secos. Pero para mi sorpresa mi jefe se encuentra en ella. No me di cuenta que se encontraba allí y no puedo evitar pensar que me está siguiendo. Intento ignorarlo, pero eso no es una tarea sencilla para mí. De pie, tomo el recipiente y mientras miro al jardín, ingiero mi colación. Pedro no puede contener su lengua por más tiempo y suelta algo de su encanto.


—¿Se marcha señorita Pau?


«Otra vez soy “señorita Pau”» y en parte lo entiendo. El hombre abrió su corazón y yo como un manojo de miedo e inseguridades me eché para atrás.


—Voy a entrenar señor —siseo el “señor” marcando adrede un fingido tono de respeto.


—Las nueces, ¿es porque piensa gastar mucha energía con su compañero de baile?


—Tal vez —respondo arrogante, ya que lentamente comienza a molestarme su soberbia.


En silencio tomo mi bolso de deporte, las llaves de mi coche y sin mirar atrás me marcho.


Sé que esto, traerá cola. No creo que a don Alfonso le agrade que lo desafíe, pero sinceramente no me importa. La verdad es que me aterra sentirme enamorada de este hombre, tal como lo estoy. Esta especie de amor adolescente que provoca en mí, en el que todo el tiempo busco una excusa para hablarle, o donde medito cada una de mis recetas para que ame mi comida, o lo peor y más humillante de todo… cuando intento salir de mi recámara como quién no quiere la cosa en el preciso momento que escucho el sonido de su puerta abrirse.


«Patético»


Pero el miedo que me produce sufrir, sumado a la inseguridad que dejó Ricardo en mí cuando me abandonó como a un perro, hicieron que la Pau de antes, medite un pelín más sus futuros movimientos.


La clase es de lo más reconfortante. Resulta que para ser sábado a la tarde encontré a mucha gente en el gimnasio y no solo pude hacer un rato de musculación, sino que también bailamos una coreografía de salsa y merengue.


Eran poco más de las 8 de la tarde cuando regresé a casa.


Subí directo a mi habitación por una ducha, no sin antes saludar a los pequeños polluelos que clamaban por mi llegada.


Estaba de albornoz y secando el pelo con una toalla, cuando mi madre entró a mi dormitorio luciendo un impecable vestido negro largo, drapeado en el pecho y con un finísimo cinturón de pedrería. Su cabello castaño se encuentra recogido en un perfecto moño y su make up es en tonos beige, dándole frescura y elegancia.


—¡Woow, mami! Qué guapa… —sonrío pícaramente y agrego —si yo fuera Arturo te secuestraría para que nadie más pueda apreciar tanta belleza.


Hace un movimiento muy característico suyo con la mano indicando “hija, no digas tonterías” y toma asiento en mi cama.


—Vamos hija… no digas locuras. Vístete deprisa que tus hermanas pasaran por nosotras en una hora —. Indica.


—Mamá… creí que había dejado clara mi posición con respecto a la fiesta. Yo no iré.


—Qué tontería, hija. Tú tienes que ir, para que Ricardo pueda verte y de esa forma arrepentirse sobre su estúpida decisión.


—No me interesa su arrepentimiento. Porque no pienso volver con él.


—Soy consciente que no volverás con Ricardo, porque puedo ver que te has enamorado de Pedro. Pero sería interesante una vendetta para ese desgraciado hijita.


Lentamente mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas y antes que ella lo note, entro al baño con la excusa de colocar crema en mis piernas. Ya se nota lo colada que me encuentro por este hombre, pero el miedo puede conmigo. 


Creo que tendré que iniciar terapia para abordar mi supuestamente superado tema.


Abro mi Victoria Secret de Vainilla y Coco, retiro mi bata y comienzo a untarme el cuerpo con ella lentamente.


—Te entiendo, hija, y no forzaré tu decisión —escucho proveniente de mi recamara —. Lo más sabio es dar vuelta la página de ese mal capítulo de tu vida y seguir adelante con tu vida. Seguro el destino te tiene preparado algo bueno.


—¡Exacto! —grito para hacerme oír — que te diviertas mucho mami, y si en la pista de baile le puedes dar un buen pisotón a Samantha… ¡genial!


Mami sale de mi dormitorio tras darme un besito en la mejilla y yo me visto rápidamente con una minifalda de jean, una remera de hombro caído roja y chatitas al tono.


Bajo a la cocina para comenzar a preparar la cena. Coloco mi delantal y lavo mis manos mientras pienso qué preparar. 


Ahora si… ¡lista!


Abro el refri y encuentro unas pechugas de pollo y un pote de crema de leche. «Perfecto» Cena: Tarta de pollo.


En cuanto termino de colocar la tarta en el horno, una presencia capta mi atención.


Volteo y allí está él.


«Mi jefe»


El hombre más bello de la faz de la tierra y con el que iría hasta el mismísimo infierno si me lo pidiera.


Digamos que encontrarlo de pie en la entrada de la cocina ya fue perturbador. Pero si a eso le sumamos, que se encontraba de pie en la entrada de la cocina, usando un perfecto, elegante y caliente esmoquin negro, hace que mi conexión cerebro-boca entre en cortocircuito inmediato


—Señor Alfonso —atino a decir.«Algo es algo, al menos no estoy muda por completo» —¿no va a cenar en casa?


«El hijo de puta tiene una cita»


No llores Pau… por favor no llores frente a él. Estúpida y soñadora Pau Chaves.


—En efecto señorita Pau… tengo una cita. Pero por lo que puedo apreciar, ella aún no se encuentra lista.


Termina la frase mirándome de arriba abajo y retoma.


—Aunque admito que ese atuendo se ve de lo más apetecible, no creo que sea el apropiado para usar en una boda.


«¡Caigo de culo y no me levanto!»


¿Pretende ir a la boda conmigo?


—Le agradezco mucho la deferencia señor, pero yo no voy a ir.


—Claro que usted irá, señorita. Así que, de buena manera, le imploro suba a su recamara y se apronte en unos… —estira el brazo para mirar la hora en su costosísimo reloj —…20 minutos como máximo. De lo contrario, la tomare en mi hombro, la subiré a su dormitorio y yo mismo la desnudaré. Aunque corremos el riesgo de nunca llegar a la fiesta si tomamos esa opción —. Termina la frase dando un largo e intimidante paso en mi dirección y yo reculo dos.


—Señor… ¿usted no entiende?


—Claro que entiendo. Entiendo que usted es una cobarde, que tiene tanto miedo, como un niño pequeño de encontrar un monstruo debajo de su cama a la noche. Pero déjeme decirle algo: si no enfrenta sus fantasmas, no podrá dormir tranquila jamás. Tiene que mirar debajo de la cama de una buena vez. Y yo estaré ahí para apoyarla.


—¿Para apoyarme mientras miro debajo de mi cama? —pregunto pícaramente.


—No se pase de lista, señorita Pau, y no juegue con fuego si no se quiere volverse a quemar.


Sonrío satisfecha de haber vuelto a quebrar el hielo. Porque luego de esta tarde, quedé con un gusto amargo en la boca.


—Nuevamente le agradezco, pero, yo no…


«Intentar decir que no iría a la fiesta y que Alfonso en dos pasos me tomara a cuestas como un cavernícola fue un todo»


Subió conmigo a cuestas los dos tramos de escaleras y se metió puertas adentro de mi dormitorio.


Una vez dentro, con cuidado me bajó y luego rodeando mi cuerpo con sus brazos, planto las manos sobre mi trasero y lentamente comenzó a enrollar mi pequeña falda.


—¡Desnúdese ya!


—Pero no entiende que… —. Fin. Me partió la boca de un beso.


Fue uno de esos besos demandantes y tiernos a la vez, de esos que mojan, de los que te dan seguridad y te dejan con ganas de más.


«De mucho más»


Repentinamente me suelta, dejándome con una sensación de vacío enorme. Desprende los tres botones de su saco y toma asiento en la silla de mi tocador.


Vuelve a mirar el reloj y adopta una postura de negocios.


—Tiene 15 minutos.


—¿No eran 20? —pregunto con mis brazos en jarra y mis manos en la cintura.


—Si continúa perdiendo el tiempo, en breve serán 10. ¡Dese prisa!


Busca en uno de los bolsillos su celular y se enfrasca en escribir algo en él. No hay que ser una científica para darse cuenta que no tiene intenciones de salir mientras yo me cambio.


«¿Quiere jugar?»


Juguemos entonces…