sábado, 30 de mayo de 2015

EL HIJO OCULTO: CAPITULO 1




Pedro Alfonso se movió en su asiento. El avión estaba comenzando a descender y no antes de tiempo, cierta parte de su cuerpo reaccionaba ante la idea de que la encantadora Paula Chaves estuviera esperándolo en Londres. Él había pensado pasar tres semanas en nueva York, pero había acortado su estancia un día y había reorganizado su agenda para que al día siguiente pudiera trabajar desde su despacho de Londres y así poder estar junto a ella.


El sábado por la noche tenía que estar en Grecia para celebrar el cumpleaños de su padre y con el nivel de frustración que sentía había decidido que pasar sólo una noche con Paula no sería suficiente... Tras un par de llamadas telefónicas el Jet de la empresa de los Alfonso lo estaba esperando en el aeropuerto Kennedy. Por una vez, la diferencia horaria entre los dos continentes era una Bendición.


Tenía el ceño fruncido. ¿Cuándo había cambiado su agenda por una mujer? Nunca... La respuesta hizo que se sintiera un poco incómodo y no pudo evitar pensar en la primera vez que vio a Paula...


Al salir del ascensor en la planta baja del hotel en el que se hospedaba mientras valoraba la posibilidad de comprar el establecimiento, Pedro se fijó en la chica que estaba cruzando el vestíbulo y se detuvo un instante para observar su silueta femenina.


Su rubia melena ondulada caía sobre sus hombros. Su perfil era exquisito, y la falda negra y la blusa blanca que llevaba no servían para ocultar su silueta mientras caminaba sobre el suelo de mármol luciendo unas piernas que harían volar la imaginación de cualquier hombre.


Él la siguió con la mirada hasta que se metió detrás de la recepción y se dirigió con una sonrisa al siguiente cliente. Su sonrisa hizo que a él se le cortara la respiración. Se había sentido atraído por ella al instante, y su cuerpo había reaccionado. En aquel momento no salía con ninguna mujer y decidió que aquella chica era para él, sin contemplar la posibilidad del fracaso ni un instante.


Se acercó a la recepción y le preguntó si podría recomendarle un buen restaurante. Ella echó la cabeza un poco hacia atrás y él se percató de que de cerca era aún más guapa. Era una mujer con el rostro ovalado, la tez clara, los labios sensuales y los ojos azules y brillantes. Él sonrió y, cuando le sostuvo la mirada, ella se sonrojó. Más tarde, él se enteraría de por qué.


Paula, en griego, quería decir radiante. Y ella era así, bella, con un cuerpo perfecto y una mente ágil.


Pedro le pidió que saliera a cenar con él esa noche. 


Sorprendentemente, ella rechazó la invitación diciéndole que no tenía permitido salir con los clientes, pero él consiguió que le contara que sólo trabajaba allí los fines de semana para incrementar sus ingresos mientras estudiaba política e historia en la universidad.


Él dejó la habitación que tenía en el hotel y regresó al día siguiente para volver a pedirle que cenara con él. Ella aceptó.


Nunca había conocido a una mujer capaz de rechazar sus invitaciones, y tener que esperar un mes para conseguir acostarse con ella había Sido una experiencia completamente nueva.


Principalmente, porque Paula compartía la casa con otros tres estudiantes, dos chicas, Kay y Liz, y un chico llamado John, y no tenía privacidad. Pero también se negó a cenar con Pedro en la suite que él mantenía en uno de los hoteles de su familia. Paula se excusó diciéndole que no se sentiría cómoda si la gente de la cadena de hoteles en la que trabajaba pensara que era una de esas mujeres que acompañaban a los hombres en su habitación durante unas horas.


Le faltaban unas cuantas semanas para cumplir los veintiún años y a Pedro le preocupaba un poco que fuera tan joven. No estaba seguro de si sus temores eran pura modestia o de si, como la mayor parte de las mujeres, ella buscaba algo más de lo que él estaba preparado para ofrecerle.


Fue pura coincidencia que, una noche, al entrar en el Empire casino después de que Paula lo dejara con un fuerte sentimiento de frustración, él se encontrara con un antiguo compañero de las partidas de póquer y obtuviera la solución a su problema. Al hombre acababan de eliminarlo del torneo World Serious Poker que se celebraba en el casino y mientras se tomaban una copa le contó que iba a viajar a los estados unidos y necesitaba a alguien que le cuidara su apartamento de Londres y a su gato, Marty, mientras él estaba fuera. Pedro se lo contó a Paula y le preguntó si estaba interesada en el trabajo. Le presentó a su amigo, y cuando el gato ronroneó y se restregó contra sus tobillos, ella aceptó.


Finalmente, Pedro consiguió algo más que un beso de buenas noches. Pero incluso así ¡lo hizo esperar unos días más!


Paula lo sorprendió. Era virgen, la primera con la que él estaba, y sorprendentemente, la amante más apasionada y receptiva que había tenido nunca...


Eso había sucedido doce meses atrás. Era la primera vez en sus treinta años de vida que mantenía una amante tanto tiempo.


Hacía mucho que se había dado cuenta de que su principal atractivo para las mujeres era el dinero, y teniendo en cuenta que su padre se había casado por cuarta vez, no era nada sorprendente.


Pedro no le importaba. A los veinticinco años se había convertido en un multimillonario, primero jugando al póquer por internet cuando iba a la universidad y después jugando en bolsa. Básicamente, era otra manera de apostar, pero al menos sacaba mayor partido de su mente privilegiada. Pedro había terminado montando su propia empresa, P.A. Investments.


Además de mantener su empresa, su padre le había pedido que se uniera a la empresa familiar y enseguida se estaba encargando de la gestión de Alfonso Corporation, una empresa especializada en hoteles y en la industria del ocio. La empresa tenía mucho éxito, pero la relación de Pedro con su padre era cada vez peor.


Si su padre le había enseñado algo a Pedro, era que el matrimonio no era para él y que lo mejor era mantener su vida sexual apartada del negocio y de la familia. Ninguna relación le había durado más de ocho meses, hasta que conoció a Paula. Él no creía en el matrimonio y desde un principio se lo había dejado claro a Paula. Ella se había reído al oír sus palabras y le había dicho que el matrimonio era lo último que tenía en mente. Estaba dispuesta a iniciar su carrera profesional y a viajar por el mundo.


En la primera cita, cuando ella le preguntó a qué se dedicaba, él sólo le contó que era un hombre de negocios y que trabajaba en sus oficinas de Londres, Atenas y Nueva York. Pero más tarde, su amiga Liz le había dicho que en la prensa se referían a él como el magnate griego, un apodo que él detestaba.


Sin embargo, aquello no pareció impresionar a Paula. 


Durante el tiempo que habían estado juntos, ella nunca había hablado de compromiso, nunca le había pedido nada, y él estaba seguro de que no tenía ningún plan. No tenía de qué preocuparse. Durante un año o dos, mientras continuara la pasión, Paula era suya.


Siete semanas antes ella había finalizado su licenciatura, y la ceremonia de graduación había sido la semana anterior. 


Ella lo había invitado a la ceremonia y le había dicho que su tía también iría. Pedro siempre había tratado de evitar conocer a la familia de las chicas con las que salía, y le había dicho a Paula que haría lo posible por ir. Puesto que ese día estaba en Nueva York, había tenido una buena excusa para no ir.


La mañana de la ceremonia había llamado a Paula para desearle suerte. Ella parecía contenta, sobre todo después de decirle que tenía una sorpresa especial para ella.
«Quizá, después de todo, no sea tan diferente a las demás», pensó con cinismo.


A menudo le compraba regalos, y ella le demostraba que estaba agradecida cuando se hallaban en la cama. Esa vez le había comprado una gargantilla de diamantes, porque se sentía un poco culpable por perderse su graduación. 


Además, llegaba un día antes de lo previsto y sabía que eso agradaría a Paula.


La idea lo hizo sonreír con anticipación masculina...


Cuando el avión aterrizó, Pedro se levantó del asiento, se puso la chaqueta y se ajustó la corbata. Agarró el ordenador portátil y salió del avión despidiéndose de la azafata con una sonrisa.







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