lunes, 1 de noviembre de 2021

SIN ATADURAS: CAPÍTULO 44

 


Cuando Pedro despertó a la mañana siguiente, solo, vio una nota en la mesilla. Mientras leía la lista escrita en la nota, rio, y también se ruborizó. Al parecer, Paula tenía una imaginación realmente fecunda, o un manual de tantrismo guardado en algún sitio. Él estaba totalmente dispuesto a empezar con la lista.


El único problema fue soportar el lento paso del tiempo de aquella jornada de trabajo en el estadio.


Cuando volvió a casa encontró a Paula en el jardín. Pensó que al menos debía contenerse durante cinco minutos, aunque solo fuera para demostrarse que podía. Simuló fijarse en la variedad de verduras que crecían en el huerto, y tuvo que esforzarse para no perder el control cuando Paula le acarició el pecho a modo de saludo.


–Hay suficiente verdura para alimentar a todo el equipo.


Paula sonrió y se encogió de hombros.


–No creo que haya tantas.


Pedro parecía haber centrado toda su atención en el tomate más cercano. Se inclinó para comprobar si estaba maduro.


–Diana… –dijo Paula con suavidad.


–¿Qué te han contado?


–Lo primero que hicieron las demás bailarinas fue advertirme sobre ti.


Pedro se volvió a mirarla.


–Pero has ignorado la advertencia.


Paula se encogió de hombros.


–Supongo que no soy tan vulnerable como debía serlo Diana.


Aparentemente incómodo, Pedro se volvió de nuevo y empezó a recolectar tomates cherry maduros.


–No era precisamente saludable, no. Pero yo no sabía eso cuando empezamos a salir.


–¿Y qué pasó? –Paula se acercó a él y extendió las manos para que fuera dándole los tomates.


Pedro suspiró.


–De acuerdo. Empezamos a salir normalmente, fase que para mí suele durar poco, pero di por zanjada la relación incluso antes de lo habitual. Pero a Diana se le había metido en la cabeza que estábamos hechos el uno para el otro, o algo así. Las cosas se fueron complicando y se fue poniendo más y más histérica. Se presentaba en mi casa en cualquier momento y en acontecimientos oficiales a los que tenía que asistir. Tuve que viajar con el equipo y cuando volví la encontré instalada en mi apartamento. Se había llevado todas sus cosas, y se estaba comportando como… No sé. Las cosas se pusieron directamente peligrosas. Me amenazó con todo tipo de cosas. Llamé a un amigo psiquiatra y me puse en contacto con su familia, pero las cosas se pusieron muy feas. Después de eso decidí dejar de ligar una temporada.


Paula fue a dejar los tomates en la mesa del jardín, alegrándose de que Pedro hubiera sido tan sincero con ella.


–Supongo que sabrás que yo no te voy a hacer lo mismo, ¿no?


–Sí, lo sé.


Pedro apartó la mirada y se produjo un incómodo silencio.


–¿Y qué piensa tu familia de tu carrera? –preguntó Paula finalmente–. Supongo que no les decepcionará que te hayas hecho médico.


–Mi padre no quería que hiciera medicina. A fin de cuentas, estás mirando a Pedro Alfonso sexto, el primero en traicionar a su familia y abandonar la granja; mi familia es granjera.


–¿Y las cosas fueron mal? –preguntó–. ¿Te desheredaron?


–Durante una temporada. Pero yo no pensaba echarme atrás. No estaba dispuesto a aceptar que mi vida fuera dictada por las expectativas que otros tuvieran sobre mí.


De manera que la libertad también era importante para él. Paula fue a aclararse las manos en el grifo que había al fondo del garaje.


–¿Y cómo te libraste? –preguntó cuando Pedro se acercó para hacer lo mismo.


–Hui a la ciudad. No fue la mejor idea pero no tenía otra opción. No es fácil ir contra los deseos de tu familia cuando te han estado metiendo en la cabeza desde pequeño que algún día todo será tuyo y bla, bla bla.


–¿Fueron a por ti?


Pedro negó con la cabeza.


–Tenía diecisiete años y estuvimos sin comunicarnos durante un año. No fue tan malo –Pedro sonrió al ver la expresión preocupada de Paula–. Tenía amigos. Estudié, jugué al rugby. También me mantuve en contacto con mi hermana, que estaba en un internado. Lo cierto es que lo que más echaba de menos eran los corderos que criaba, y a mi perro.


–¿Tenías corderos?


–Me quedaba con los huérfanos de cada temporada –explicó Pedro tras beber un poco de agua antes de cerrar el grifo.


Paula no quiso preguntar si se los comían en navidad.


–No, no me los comía –dijo Pedro, como si acabara de leer su mente–. El caso es que mamá empezó a enfadarse más y más con papa y al final tuvieron una gran bronca.


–Hurra por tu mamá.


–Consiguió que nos viéramos. Le dije a mi padre lo que pensaba hacer con mi vida y que si quería formar parte de ello tenía que aceptarlo.


–¿Y lo hizo?


–Con el tiempo.


–¿Y tu hermana? ¿También tenía tu padre organizado su futuro?


–Lo irónico del asunto es que a ella le encanta ser granjera. Pero es una chica.


–¿Y las chicas no pueden ser granjeras? –preguntó Paula de inmediato con el ceño fruncido.


–Nunca. No existen las granjeras –bromeó Pedro–. El caso es que mi padre tenía delante de las narices una heredera dispuesta a ocuparse de la granja y no la veía. Animé a mi hermana a hacer lo que quería y le dije que la apoyaría.


Paula sintió un poco de lástima por la madre de Pedro. Debió ser duro tener dos hijos que sintieron la necesidad de escapar de casa.


–Mi hermana hizo un grado en agricultura y sacó las mejores notas de su promoción. Deberías haber visto lo orgulloso que se sintió mi padre cuando se graduó. Ahora trabajan juntos en las granjas, todo el mundo es feliz y el gran conflicto familiar quedó en el pasado.


Paula captó un matiz ligeramente irónico en el tono de Pedro e intuyó que aún le quedaban cicatrices de lo sucedido.


–¿Y mereció la pena?


–Claro. Ahora nadie me dice lo que tengo que hacer –replicó Pedro con firmeza–. Y supongo que ese es el motivo por el que me gusta trabajar con el equipo y ayudar a los jóvenes jugadores a alcanzar sus metas. Todo el mundo debería ser libre para seguir sus propios sueños –miró a Paula con expresión repentinamente avergonzada–. Eso ha sonado muy cursi, ¿no?


–No, claro que no. Seguro que a tu hermana le encantó contar con tu apoyo.


Pedro rio.


–En realidad fui totalmente egoísta. Solo quería seguir en la facultad de medicina y vivir la vida en la ciudad. Me interesaba que mi hermana y mi padre resolvieran sus diferencias. Ahora están encantados con mi trabajo porque les consigo buenas entradas para los partidos.


–Supongo que podrían permitirse comprar las entradas si quisieran, ¿no?


Pedro se puso repentinamente serio.


–Sí. Hay mucho dinero. Y yo vuelvo a estar en el testamento; soy accionista del negocio. El clan Alfonso ha aterrizado finalmente en el siglo XXI. Ese es el motivo por el que lo tengo fácil con las mujeres; conocen el valor de mi apellido.


Paula se quedó momentáneamente paralizada y luego rompió a reír.


–No eso por lo que tienes éxito, Pedro –dijo, divertida.



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