viernes, 3 de mayo de 2019

AMORES ENREDOS Y UNA BODA: CAPITULO FINAL




Las urgentes necesidades de su hija le dejaron a Paula poco tiempo para meditar. Pedro no intentó detenerla, simplemente se quedó quieto, con una expresión de angustia en el rostro. Al fin, cuando se decidió a seguirla, Paula ya había vuelto a poner a la niña en la cuna. Ella se irguió y se llevó un dedo a los labios.


—Vamos, tenemos que hablar —dijo él con brevedad.


Paula se dio cuenta, por el movimiento de los ojos de Pedro, que no se había abrochado bien la ropa después de alimentar a la niña. Como pudo, se cerró la camisa y lo siguió a la otra habitación.


—¿No es un poco tarde para que me intentes ocultar tu cuerpo, Paula? — preguntó Pedro con sequedad, con los ojos puestos en las sedosas curvas de sus senos henchidos.


—Supongo que sí —admitió ella, dejando la camisa a medio abrochar.


—Tienes razón. No podemos seguir así.


Paula había estado temiendo que llegara el momento: Pedro ya había tenido bastante. Prepararse para oír sus palabras fue lo más difícil que había hecho en su vida.


—Estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo civilizado.


—¡Civilizado! —gruñó él de una manera que la sobresaltó—. ¿Quién quiere un acuerdo civilizado?


—¿No lo quieres así? Ya conozco tu idea del matrimonio, pero a mí no me vale.


—Ahora deberíamos estar disfrutando de lo mejores momentos de nuestras vidas. Dime lo que quieres. Venga, dime lo que quieres —insistió cuando vio que una lágrima recorría la mejilla de Paula.


—Te quiero a ti y a Raquel —dijo apretando los puños, arrepintiéndose inmediatamente de lo que había dicho—. No, no. Olvídate de lo que he dicho.


Paula se dio la vuelta, pero Pedro la agarró por un hombro y la obligó a mirarlo.


—¡Dilo otra vez!


—No hagas esto más difícil de lo que ya es —suplicó Paula.


—¿Más difícil para ti? ¿Sabes el infierno por el que he pasado? —preguntó, señalando la cama con la cabeza—. Todas las noches, sin poder tocarte… ¡Maldita seas! ¡No me atormentes con comentarios como ése y te des la vuelta!


—No te estoy atormentando, Pedro —protestó Paula, sorprendida por la reacción—. Lo siento, pero estoy enamorada de ti. ¿Entiendes ahora por qué no me puedo casar contigo?


Pedro se quedó completamente quieto y Paula pudo apreciar cómo un temblor le recorría todo el cuerpo.


—Puede que sea un poco bruto —dijo en el tono de voz más extraño que Paula había oído alguna vez—, pero no, no lo entiendo. Tal vez me lo podrías explicar.


—No puedo ser práctica y sensata —le gritó con los ojos llenos de angustia —. Estaría celosa y… yo no sería la esposa que tú buscas.


—¿Quieres decir que te enfurecerías si yo estuviera con otra mujer? ¿Qué reaccionarías irracionalmente? ¿Como yo, cuando me imaginé que estabas con Simón Hay o, si se da el caso, con cualquier otro que no fuera yo?


Paula parpadeó con rapidez e hizo que una de las lentillas le saliera disparada del ojo.


— ¡Oh no! —Gruñó con frustración—. ¡Ahora no!


— ¿Qué pasa?


—He perdido una de mis lentillas —se lamentó, palpando la superficie más cercana, que resultó ser el pecho de Pedro—. No veo nada.


—No me importa que la busques por ahí —dijo él suavemente, presionando una de las manos de Paula contra su tórax.


La suave contracción de los músculos debajo de las yemas de los dedos de Paula hizo que ella jadeara y que levantara los ojos miopes hacia él.


Paula pudo comprobar que aquella exploración le resultaba a él muy estimulante cuando se apretó más contra ella. Sintió que todo su ser se derretía.


— ¿Es éste el momento adecuado para decirte que te amo? —preguntó.


—Desde luego —respondió él, con el triunfo reflejado en los ojos.


Se besaron largo tiempo. Pedro exploró con fruición la cálida humedad de la
boca de Paula y le acarició el pelo mientras emitía unos gemidos fieros y hambrientos. 


Cuando por fin sus bocas se separaron, ella lo miró con sumisión.


—No me lo creo —susurró—. Tú me odias.


—Ojalá la vida fuera tan sencilla, mi querida Paula —respondió él recorriéndole la barbilla con un dedo.


Paula dio un suspiro y sonrió. Aquello no era exactamente un juramento de amor eterno, pero se sentía muy alegre.


—Con una sonrisa como ésa nunca hubiese resistido las pasadas semanas — admitió.


Mientras hablaba le fue desabrochando con una mano los botones de la camisa que antes Paula no había podido abrocharse. Luego, le soltó el sujetador, que se abría por delante, y dejó al descubierto la sedosa plenitud de los senos.


—Dulce clemencia —musitó—. ¿Puedo tocarlos? ¿O te duelen todavía? — preguntó, bebiéndose la dulce fragancia del cabello de ella.


—Están sensibles, pero no me duelen —respondió con suavidad, mientras Pedro le chupaba las puntas de los dedos—. ¿Me puedes explicar lo que está ocurriendo?


—Yo no quería ir a Londres o verme involucrado en los problemas internos de la maldita agencia. Y sobre todo, no quería enamorarme de una malvada bruja de pelo rojizo con un ridículo sombrero.


—Era un sombrero muy caro —dijo Paula sonriendo.


—Tengo muchos prejuicios en lo que se refiere al amor a primera vista. Pero tú me dejaste anonadado, aunque me sobrepuse. He comprobado por mí mismo lo que significa el amor ciego. Siempre había evitado ponerme en esa situación y he caído víctima de mis propios deseos. Aquella noche en el hotel recibí el primer golpe. Y ni siquiera pude defenderme. Cuando me desperté, sólo pensé en cómo iba a hacer para que aceptaras que me había metido en la cama contigo bajo una identidad falsa. La noche anterior estaba demasiado agotado por el largo vuelo para decirte que yo era el temido sobrino. Pero al final, nada de eso fue un problema, ya que no estabas ni en la cama, ni en la habitación ni en el hotel.


—Pensaba que te sentirías aliviado cuando vieras que me había ido — explicó ella con ansiedad—. Me pareció lo más sensato, ya que no podía actuar como si aquello no hubiese significado nada para mí…


—Así que te escapaste…


Ella asintió, preguntándose lo diferentes que habrían sido aquellos meses si se hubiera quedado.


—Pensé que te morirías de miedo si me encontrabas allí a la mañana siguiente, hablando con efusión de lo maravilloso que había sido.


—Me gusta bastante que me lo digan.


—Tú me resultabas odioso.


—¡Y con razón! —exclamó Pedro con los ojos brillantes—. Había sido lo suficientemente estúpido como para romper mis reglas y enamorarme de un cuerpo sexy y un par de ojos inocentes. Quería creer todo lo peor de ti. Quería ver cómo te arrastrabas. Pero me gustó que no lo hicieras —admitió, acariciándole un pecho mientras gemía de placer al ver que era más grande que su mano—. Me gustaron muchas cosas de ti.


—Lo ocultaste muy bien. Pero yo también lo pasé muy mal, si eso te ayuda. Me asusté tanto cuando supe que estaba embarazada…


—No, no me ayuda. Cuando pienso en ti, sola, embarazada de nuestra hija…


—Me habría gustado decírtelo. Pero pensé que creerías que era sólo otra de mis tretas. Estaba segura de que, si aceptabas la situación, sería sólo porque te sentirías obligado. Y no era eso lo que yo quería.


—Me imagino que no puedo echarte la culpa por pensar que yo te rechazaría. Quise matar a Hay cuando pensé que el bebé era suyo. Y cuando supe que era mío… me odié a mí mismo por haber permitido que pasaras por todo tú sola.


—No puedes echarte la culpa —protestó ella.


Pedro miró con cariño la cara indignada y sonrió.


—Me acostumbraría muy fácilmente a tenerte a mi lado —confesó.


—Nunca me lo hubiese creído. Siempre estabas con Jazmin.


—En parte era inevitable. Pero no tanto como te hice creer. Por cierto, no la engañé. La dije que estaba enamorado de ti. Pero pensé que darte celos estaría justificado, teniendo en cuenta lo que te necesitaba.


—¡Eres una rata sin corazón!


—La noche antes de que Raquel naciera, estuve conduciendo toda la noche. Aparqué en algún lugar alejado de la mano de Dios. No podía estar seguro de que no iba a tocarte cuando estuviésemos juntos y me dejaste muy claro que querías que fuera así. Pensé que me resultaría más fácil cuando naciera nuestro hijo, pero fue peor. ¡Me ibas alejando más y más! —dijo, mirándola con reproche.


—Pensé que era a Raquel, y no a mí, a quien querías. Necesitaba que me amaras.


—Resulta muy irónico si te paras a pensar en todo esto. Nos hemos alejado uno del otro. Si hubiésemos dicho lo que sentíamos, nos habríamos ahorrado meses de angustia. Quería hablar de lo de Simón Hay contigo tan pronto como Maria me lo dijo, pero estabas tan dedicada a nuestra hija, que decidí esperar a que no estuvieses tan cansada.


— ¿Y cuándo hubiese sido eso? ¿Dentro de dieciocho años?


—Me han dicho que es entonces cuando empiezan los problemas.


—Sobre el legado de Oliver… —dijo Paula, intentando no distraerse por los movimientos eróticos de sus manos.


— ¿Qué? —preguntó él de mala gana.


—No pareces muy interesado.


—Hace mucho tiempo desde que logré convencerme a mí mismo de que no eras más que una egoísta. Cuando supe que tuviste que superar tus fuertes convicciones morales para acostarte conmigo, me dije que al menos sentías una fuerte atracción sexual por mí. Estoy seguro de que Oliver tenía sus propias razones para darte el dinero, pero no me quitan el sueño. He estado más ocupado en convencerte de que me deseabas tanto como yo a ti.


—Él fue un antiguo amante de mi madre antes y después de que se casara. También intentó que mi madre dejara a mi padre y contribuyó a que finalmente rompieran su matrimonio. Creo que el dinero fue su manera de compensarme.


—Viejo egoísta —murmuró Pedro—. Debes esperar lo mismo cuando mi madre te conceda audiencia. Me muero de ganas de presumir de ti en Tolondra y Raquel podrá conocer a su primo.
Tamara había tenido un niño ocho semanas antes de que naciera Raquel.


—Tu madre fue muy amable al enviarnos una tarjeta —dijo Paula cuidadosamente. Sabía que tenía que tener cuidado al hablar de la madre de
Pedro y de la relación de éste con ella.


—Se morirá antes de admitir que es abuela —dijo sonriendo—. No te pongas tan seria. Dejé de permitir que las carencias de mi madre me afectaran cuando me enamoré de ti. Fuiste una revelación. Cuanto más intentaba alejarte de mis pensamientos, más te recordaba. Espero que no te importe que hayamos sido padres antes de la boda.


— ¿No te estás adelantando un poco a los acontecimientos? —se burló ella, feliz.


—He sido increíblemente paciente y no voy a seguir siéndolo —avisó, besándola—. Te vas a casar conmigo.


—No creo que sea una buena idea que trabajemos juntos y que estemos casados. ¿Sigue la oferta en pie?


—Me parece recordar que me dijiste que no trabajarías para mí, pero que te dignarías a trabajar conmigo. Me parece bien. Dime cuándo estás lista y buscaremos a alguien que cuide de Raquel. Tengo una política de maternidad muy flexible.


—Hablaste de paciencia —dijo Paula, con una ligera sonrisa en los labios.


—Sí —respondió Pedro.


Paula sentía que le palpitaba el cuerpo.


—Me siento un poco impaciente —replicó insinuante, mirándolo con los ojos medio cerrados.


—He leído en alguna parte que los padres deberían tomarse tiempo para relajarse y descansar de vez en cuando.


—Me parece un buen consejo. No quiero parecer impaciente, pero los bebés no duermen durante mucho tiempo. Al menos, la nuestra no.


—Eres una pícara juguetona —replicó Pedro, tomándola en brazos para tumbarla en la cama.


—Podría serlo, si tú me enseñas —dijo ella cuando él se tumbó a su lado—. Con un poco de ayuda…


Y Pedro, como pudo comprobar, podría ser muy generoso con sus consejos…



Fin


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