domingo, 21 de junio de 2015

EN SU CAMA: CAPITULO 17




A la mañana siguiente Paula puso en marcha su Volkswagen escarabajo, pero igual que le había pasado la mañana anterior, no pasó nada. El día anterior había pensado que le faltaba batería, y por eso la había cargado durante la noche.


Aparentemente se había equivocado.


—Vamos, chico —insistió mientras daba unos golpes suaves en el salpicadero.


Lo intentó de nuevo, pero no arrancó.


Se arrellanó en el asiento con un largo suspiro. Su hermana ya se había ido a trabajar, de modo que no podría pedirle que la llevara. Si llamaba a Rafael, seguramente se montaría en el próximo avión.


No podía volver a llamar a Eduardo.


De modo que se montó en el autobús y decidió no preocuparse sobre su coche hasta que pudiera arreglarlo. 


Cuando se metía en el ascensor del edificio donde estaba la empresa de Pedro, no eran más que las ocho y un minuto, pero el corazón le latía aceleradamente. Detestaba llegar tarde, y en cuanto se abrieron las puertas, salió corriendo del ascensor.


—Lo siento —dijo sin aliento a Eva, que estaba allí quitándose el suéter, claramente recién llegada.


—No tienes por qué preocuparte, llegas bien —Eva sonrió—. Y como llevas en la mano una bolsa de Donuts Delicia, ahora eres mi mejor amiga.


Paula se echó a reír.


—Es para hacerle chantaje a tu hijo, pero he traído suficientes para todos. Estoy empeñada en verlo sonreír hoy.


—Eso me encantaría verlo. En este momento está haciendo gimnasia. En el cuarto piso hay un gimnasio y a veces va a hacer deporte por la mañana. Entre eso y los donuts, tal vez funcione.


Eva encendió el equipo de música y puso un disco de rock suave, abrió las cortinas para poder disfrutar de las preciosas vistas y encendió las luces del pasillo que llevaba a los despachos.


Aparentemente no había una recepcionista porque no había suficientes llamadas para ello; y por eso las dos se turnaban para contestar las llamadas. Como sabía que lo primero que le gustaba a Pedro era conocer sus mensajes, se sentó a la mesa para comprobar su contestador.


—No es fácil conocerlo —le dijo Eva, que estaba detrás de ella en ese momento—. Y sin embargo parece como si tú lo hubieras calado.


—Bueno, sí, pasamos juntos lo que se podría llamar un rato concentrado esa noche que nos encerraron juntos en un cuarto en casa de Eduardo —le recordó Paula.


—Resulta gracioso cómo las horas nocturnas pueden afectar a una persona —dijo Eva—; lo mucho que puedes llegar a compartir, lo mucho que puedes llegar a entregarte.


Paula tuvo que sonreír con pesar al oír lo que decía Eva. Tal vez no hubiera compartido muchas palabras, pero se habían tocado y besado lo suficiente como para hacerla sentirse extremadamente abierta. Y vulnerable.


Y a ella no le gustaba sentirse así. En absoluto.


—¿Es eso lo que ha pasado, Paula?


Ella suspiró.


—En cierto modo sí. Y ahora, a la luz del día, vernos aquí en la empresa resulta un poco… extraño. A veces muy extraño.


—Además, con su manera de ser Pedro consigue que todo sea lo más extraño posible, ¿verdad? —dijo Eva con comprensión—. Lo quiero, lo quiero con toda el alma, y aun así a veces me gustaría pegarle por no permitir que nadie lo vea como en realidad es. Él también tiene miedo de poder terminar como su padre. Y por eso es tan celoso de su privacidad.


—De eso me he dado cuenta.


—Eso no lo ha sacado de mí, de eso estoy segura. En realidad, no sé por qué es así. Seguramente será de trabajar para el gobierno como agente haciendo… bueno, no estoy ni segura de lo que hacía, si quieres que te diga la verdad. Sólo me alegro de que ya no lo haga.


Paula dejó de hacer lo que estaba haciendo y la miró.


—¿Quieres decir que estaba… en la CIA?


—Estaba —dijo Eva—. ¿No te lo ha dicho?


—No. Pero eso explica muchas cosas. ¿Por qué lo dejó?


A Eva le llevó un rato contestar.


—Digamos que su última misión estuvo a punto de matarlo. Literalmente. Después de eso se volvió receloso. Y supongo que estaba descontento. En cualquier caso, le llevó mucho tiempo recuperarse, y de algún modo creo que sigue recuperándose —le puso la mano a Paula en la muñeca—. Vas a ser paciente con él, ¿verdad, Paula? ¿Paciente, amable y compasiva?


—Siento lo que ha pasado, pero creo que te equivocas si…


—A ti te gusta —dijo Eva—. Te importa; de eso me doy cuenta.


—Apenas lo conozco —respondió Paula, que como no quería hablar más del tema se afanó en afilar un lápiz.


Eva entendió el mensaje y la dejó sola. Paula miró el afilalápices, con el pensamiento muy lejos de lo que estaba haciendo. Pedro había sido agente de la CIA, donde parecía que había sufrido. Y por eso se había vuelto una persona recelosa. De ese modo necesitaba paciencia, amabilidad y compasión por parte de los demás.


Ella tenía esas cosas, pero no estaba segura de que Eva supiera de verdad lo que le estaba pidiendo. Pedro no quería nada de ella aparte de la relación laboral.


Momentos después, Eva le pasó un montón de trabajo y le sonrió.


—¿Me vas a ofrecer un donut o vas a torturarme con ese olor tan rico toda la mañana?


Paula sacó los donuts. Se llevó los papeles que le había dado Eva y un donut a su mesa y empezó a trabajar. Pasado un rato, Eva asomó la cabeza a la habitación y dijo que iba a hacer unos recados.


Paula entró en el cuarto donde estaba el fax y la fotocopiadora y empezó a hacer unas copias que necesitaba para uno de los clientes de Pedro. Pasado un rato, el sonido de la copiadora y los movimientos mecánicos de quitar y colocar otra hoja le resultaron hipnóticos. De modo que, cuando alguien entró de pronto por detrás de ella, Paula pegó un brinco y se le cayeron los papeles al suelo. 


Entonces se dio la vuelta y se pegó a la máquina copiadora.


—Eh, que sólo soy yo.


Pedro estaba allí, todo de negro, por supuesto, con unas zapatillas negras, unos vaqueros negros y una camiseta negra que le ceñía el pecho. Sin duda tenía un cuerpo sorprendente, aunque Paula sólo registró aquel pensamiento de pasada, ya que había estado a punto de darle un ataque al corazón y no podía hablar.


—¿Pau?


Se dijo que debía recuperar la compostura antes de que él se enfadara por comportarse como un bebé.


—Lo siento. Estoy bien —se inclinó a recoger los papeles que se habían caído.


—¿Estás segura? —se agachó a su lado y empezó a ayudarla.


—No, ya lo tengo yo —metió todos los papeles en la carpeta, pensando que ya lo arreglaría cuando estuviera sola y pudiera respirar otra vez—. Estoy bien, de verdad.


—De acuerdo —él la miró con cuidado—. Voy a darme una ducha en el baño de mi despacho —hizo una pausa—. No ha sido mi intención asustarte.


—Sólo es que pensaba que estaba sola, eso es todo. Eva dijo que estabas haciendo ejercicio.


Desde luego se le veía todo acalorado, sudoroso y jadeante; todas las cualidades de un superhéroe.


¿Cómo era posible que hubiera visto alguna vez otro lado de él, un lado suave y amable, incluso por un momento? No. 


Tenía que habérselo imaginado, porque ese hombre con esos ojos que lo traspasaban todo, ese cuerpo duro como una roca y esa voz baja y ronca no tenía un lado suave…


Él la agarró, haciendo que dejara de pensar. Le puso la mano en el hombro y se lo apretó con suavidad.


—No pasa nada, ya sabes, sólo es por el shock del trauma —se puso de pie y tiró de ella—. Yo… sé por lo que estás pasando.


¡Oh, maldición! Lo sabía. Lo sabía porque algo terrible le había ocurrido en su última misión, algo mucho peor que haber sido retenido en casa de Eduardo. Era grande, duro y fuerte, y sin embargo, lo entendía y quería que ella lo supiera.


Las palabras de Eva le volvieron a la mente. Le había pedido que fuera amable, compasiva y paciente con él; y sin embargo era él quien se lo estaba ofreciendo. Se quedó mirando los papeles, que de pronto se volvieron algo borrosos.


Él le quitó el montón de papeles con un suspiro y lo dejó sobre la copiadora. Le puso las manos en las caderas esa vez.


—De verdad que estoy bien —susurró ella, deseando que fuera así.


—Sí.


Ella se acercó un poco más, necesitando el contacto, necesitada de tantas cosas más…


—No —le dijo en voz baja y ronca mientras intentaba apartarla—. Estoy todo sudado.


—Me da lo mismo —dijo ella.


—Pau…


Pero la estrechó un poco más entre sus brazos, esperando a que ella levantara la cabeza.


—¿Sabes una cosa? —susurró ella—. Creo que he mentido. No creo que esté tan bien —cerró los ojos y vio a Pedro en la cocina de Eduardo con un arma—. No dejo de acordarme.


—Lo siento —la miró, y cuando le vio los cardenales de la garganta frunció la boca de ese modo tan sexy que tenía de hacerlo—. Lo siento de veras.


Notó una especie de cosquilleo en su interior. Un anhelo.


—A lo mejor deberías volver a enseñarme los dientes.


—Yo no te enseño los dientes —le dijo él haciendo una mueca—. Jamás ha sido mi intención, de todos modos. No contigo.


Oh, no, estaba consiguiendo que se derritiera por dentro otra vez, con ese modo de mirarla, como si fuera algo de lo que necesitaba huir y hacia lo que necesitaba correr al mismo tiempo… Sin pedirle permiso, los brazos de Paula le rodearon el cuello, y lo agarró con tanta fuerza como si no fuera a soltarlo. El pecho de él le rozó el suyo, lo mismo que los muslos. Y sus cuerpos enteros.


Todas y cada una de las zonas erógenas de su cuerpo despertaron al unísono.


Él le apretó las caderas, y al momento siguiente dejó caer las manos y se retiró.


E hizo bien, porque así Paula se acordó de por qué estaba allí. Por motivos de trabajo. Sólo por trabajo.


No quería sentir aquello por él. Quería que se alejara de ella antes de que se olvidara de la humillante experiencia que había vivido con él en casa de Eduardo e hiciera algo estúpido.


Como besarlo por tercera vez.


La siguiente vez que se besaran sería él quien lo iniciaría. 


Porque ella ya sabía que, si a él se le ocurría besarla, sucumbiría y le dejaría besarla. Le permitiría que la besara hasta hacerle perder la conciencia, hasta que los dos la perdieran.



Y entonces él se marcharía. Fingiría que no había ocurrido.


No tenía que ser un exagente de la CIA para saberlo.


Pero Pedro no la besó.










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