martes, 22 de enero de 2019

AL CAER LA NOCHE: CAPITULO 65




Pedro se dirigía hacia la casa de los Mitchell cuando recibió la llamada del policía que había estado patrullando la zona.


—¿Qué has encontrado? —le preguntó inmediatamente.


—La ventana del dormitorio parece haber sido forzada desde fuera. Y hay huellas recientes en la parte de atrás de la casa.


—De modo que el tipo ha aparcado allí y ha ido directamente a buscarla.


—Sí, también hay huellas de neumáticos cerca de la casa. De un vehículo grande.  Probablemente una furgoneta o una camioneta.


—Es posible que tenga que volver a enviarte al escenario del crimen.


—Como quieras, siempre y cuando no tenga que volver a tratar con los familiares de la víctima.


—Supongo que estarán muy afectados.


—La señora Mitchell está histérica. Y su marido lívido. Al parecer, había desconectado la alarma de su casa antes de salir a pasear al perro y no había vuelto a conectarla. Te culpa de todo a ti. Dice que los llamaste para decirles que el tipo que había amenazado a su hija estaba encarcelado.


Un error. Y esperaba que no fuera fatal. Pero Joaquin Smith había admitido que había embestido al coche de Tamara. Y también que había amenazado con matarla si lo implicaba en los asesinatos.


—Y otra cosa… —añadió el policía.


—Dispara.


—No hay muchas huellas, pero parece que el tipo podría haber llevado un peso encima durante una parte del camino. Un peso que después ha arrastrado.


—Y que podría ser un cadáver.


—Eso es lo que yo he supuesto.


—En tres minutos estaré allí.


—Entonces llegarás justo después que Mateo.


Pedro pisó el acelerador y giró en la siguiente esquina. Los Mitchell no habían querido que custodiara su casa un policía. El señor Mitchell era cazador, tenía la casa llena de armas y había insistido en que sabía cuidarse solo.


La policía no le había dicho que iban a vigilar su casa de cualquier modo. Una vigilancia que se había suspendido dos horas atrás.


Antes de la muerte de Sally, Prentice era una ciudad tranquila. Y era imposible que toda la población hubiera cambiado de repente. Un hecho como la desaparición de Tamara tenía que estar relacionado con el asesino. Con aquel monstruo obsesionado con Paula.


Pedro llamó al periódico. El teléfono sonó una docena de veces antes de que contestaran. Pedro se identificó y preguntó por Paula.


—Se ha ido a casa hace una hora, detective.


—¿Cómo se ha ido de allí?


—Se ha llevado mi coche.


—Gracias. Llamaré a su casa.


Y llamó. Pero después de seis timbrazos, se conectó el contestador. Nada especialmente preocupante. Era tarde. Probablemente Paula estaba dormida. Pero aun así no podía desprenderse de su inquietud.


Volvió a llamar. No contestó. Pedro giró el coche en una intersección. Mateo iba a tener que manejar solo a los Mitchell hasta que él estuviera seguro de que Paula estaba a salvo.




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