miércoles, 26 de octubre de 2016

PELIGROSO CASAMIENTO: CAPITULO 1







Paula Chaves se quedó mirando una vez más su reflejo en el espejo y sintió una oleada de emoción. Un velo de encaje francés le caía por los hombros y su cabello rubio, recogido en un moño alto, estaba coronado por un exquisito tocado. 


El cuerpo ajustado del vestido tenía perlas que lo adornaban y la falda de seda con vuelo era digna de los sueños de Cenicienta.


Aspiró profundamente el aire para tranquilizarse. Era el día de su boda. El día que llevaba esperando toda su vida.


Siempre había soñado con una boda así. Una ermita de cuento de hadas situada en lo alto de una colina... Y un novio guapo que la amara y la protegiera para siempre. 


Aunque era mucho mayor que ella, David Crane era al mismo tiempo amable y compasivo. Paula lo respetaba tanto personal como profesionalmente. Cierto que no se le aceleraba el corazón al verlo, pero la vida era mucho más que eso. David la entendía, respetaba su trabajo y, lo que era todavía más importante: su padre confiaba en él.


Su padre. Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas. Si al menos se encontrara lo suficientemente bien como para estar allí... Pero no era así. Había insistido en que no retrasara la boda por él. A cambió le había pedido a su viejo amigo Roberto Gardner que fuera su padrino y la llevara hasta el altar. Paula sonrió al recordarlo. Ella también quería a Roberto. Si su padre no podía llevarla al altar, no se le ocurría nadie mejor que pudiera hacerlo.


El sonido de la puerta del vestidor al abrirse la sacó de sus pensamientos. Se dio la vuelta para ver quién había violado la estricta ley que impedía que nadie viera a la novia antes de que sonara la marcha nupcial.


-Tío Roberto -dijo sonriendo a su pesar-. ¿Qué...?


El hombre entró en la estrecha habitación medio tambaleándose y la agarró de los hombros.


-Debes huir, Pau. Corre lo más rápido que puedas y vete lejos.


-No entiendo -respondió ella asustada-. ¿Le ha ocurrido algo a mi padre?


Roberto negó con la cabeza.


-Escúchame bien -dijo con voz grave-. ¡Corre!


Sólo entonces Pau se dio cuenta de lo pálido que estaba. 


Unas gotas de sudor le perlaban la frente.


-¿Qué ocurre? ¡Dime qué está pasando!


-Se trata de Crane -dijo apretando los dientes, como si le costara trabajo hablar-. No debes creer nada de lo que te diga.


Roberto emitió un extraño gemido que hizo que el resto de sus palabras resultaran ininteligibles.


-¿Qué estás diciendo?


No podía haber dicho lo que le había parecido entender. Ella conocía a David. Nunca mentía, y a ella menos que nadie. 


Roberto trató de seguir hablando, pero se tambaleó como si estuviera demasiado débil para mantenerse en pie. Pau lo sujetó.


-Por favor, dime qué ocurre.


-El proyecto Kessler. Algo... No va bien -murmuró-. Crane ha mentido. Tu vida corre grave peligro. Hay... Cosas que no sabes.


Entonces le fallaron las rodillas y cayó en brazos de Pau.


-¡Oh, Dios mío!


La joven se tambaleó bajo su peso pero consiguió tenderlo en el suelo. Estaba inconsciente. Pau comenzó a agitarlo, pero entonces le llamó la atención la mancha carmesí que tenía en el vestido.


Sangre.


Ahora, con las solapas del esmoquin abierto, pudo ver que Roberto estaba sangrando. Se quedó mirando su figura inmóvil completamente desconcertada. Tenía en el pecho un pequeño agujero por el que se le estaba derramando el fluido vital.


Le habían disparado.


Obligándose a sí misma a reaccionar, Pau comprobó si tenía pulso. A ella le latía el corazón a toda prisa. Los dedos le temblaban de miedo. No había pulso.


Tenía que conseguir ayuda.


-Está aquí.


Paula alzó la cabeza al distinguir el sonido de la voz de David. Ni siquiera se había dado cuenta de que había entrado. Iba seguido por tres de sus amigos. ¿Habría ocurrido algo fuera y ella no se había enterado? Gracias a Dios que David estaba allí. Él ayudaría.


-¡Roberto necesita una ambulancia! -gritó con las lágrimas resbalándole por las mejillas-. Por favor, que se den prisa -rogó.


-Sacadlo de aquí -ordenó David.


Dos de sus amigos agarraron el cuerpo inerte de Roberto y se dirigieron hacia la puerta.


-¿Qué están haciendo? -preguntó Pau sintiendo cómo un nuevo terror se abría paso en su pecho-. ¿Adónde se lo llevan? Alguien debería intentar reanimarlo. No está...


David se limitó a mirarla. Sus ojos no reflejaban ninguna emoción.


Pau se puso de pie. Le temblaban las rodillas. Aquella situación parecía surrealista. Como una pesadilla. Aquello no podía estar ocurriendo.


-¿No me has oído? -le espetó a su prometido-. Necesita ayuda. ¡Se está muriendo!


David se ajustó la chaqueta de su elegante esmoquin y luego se giró hacia el hombre que tenía al lado.


-Mátala.







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